Antes, votar como española residente en el extranjero no era tan complicado, o nunca me lo pareció. Te mandaban directamente los papeles, una vez estabas empadronado en el consulado o embajada pertinente. En las últimas elecciones vengo observando un cúmulo de papeleos que no quiero interpretar como piedras en el camino para que nos cansemos y dejemos de votar. ¿Por qué si no, una vez empadronada, tengo que volver a solicitar cada vez el voto? Ya no me mandan los papeles automáticamente, sino que dos meses antes de las elecciones me escriben del censo electoral de Madrid, pidiéndome que rellene los papeles y mande fotocopia del pasaporte o carné de identidad. En las municipales sobreleí ese requisito y me volvieron a escribir diciendo que no podían mandarme los papeles para votar por no haber adjuntado dicha fotocopia. Volví a mandarlo, y me remitieron los papeles de voto. Y esta vez, habiendo mandado fotocopia del pasaporte para las elecciones municipales de mayo, me la vuelven a pedir un par de meses después. No entiendo para qué quieren tanta fotocopia de mi carné y si verdadaramente tienen que asegurarse tantas veces y gastar tanto en gastos de envío, cuando se podían evitar un paso por lo menos.
La semana pasada me llegó el sobre beis por correo certificado que he tenido sobre la mesa una semana hasta que por fin hoy he mandado mi voto. No sé si por vivir fuera estas elecciones se me han echado encima, ya que no fue hasta anoche cuando me di cuenta de que faltaba una semana. Me seguía pareciendo que el 20-N quedaba lejos, cuando no es el caso. Y mi voto está en camino. Para votar por correo puedes mandar los documentos por correo certificado directamente a España, o remitirlos al consulado hasta cierto plazo y ellos los envían. Esta vez he optado por esto último, y el plazo de remitirlos era el 15 de noviembre (llega fijo, pues en Alemania las cartas recogidas antes de las seis de la tarde llegan a su destinatario al día siguiente, y esto es Alemania, recuerden). Y el procedimiento de voto siempre hay un detalle que me parece curioso: puedo mandar el voto por correo certificado y reclamar luego los gastos del envío. Yo, confiada como soy, los he mandado siempre por correo normal, pues no me entra en la cabeza que no puedan llegar o que algún funcionario cabreado que vote a otro partido que yo, tire mi voto a la papelera. Esta opción existe también en el caso de voto certificado, pues a algunos el cabreo no se lo quita nadie. Pero lo que jamás he hecho tampoco ha sido reclamar los gastos de envío. No considero una afrenta tener que pagar un envío para votar, y si no reclamo es por evitar tanta burocracia y papeleo y gasto inutil, pues en España habrá otra persona encargada de devolver a cada uno lo que cueste el envío certificado: solo de pensarlo me estreso. Al enviar el voto al consulado me he gastado 1,45 € en el franqueo normal, no certificado, y cuento con la garantía de que mi voto estará a tiempo para estas elecciones, que si bien están anunciadas desde hace tiempo, se me han echado encima. No porque no las desee, pues es evidente que debe haber cambios, aunque supongo que muchos las estarán deseando muchísimo más. Yo no creo que vayan a cambiar mucho las cosas, dada la situación mundial, pero bienvenidos sean los que tengan la varita mágica para mejorar el mundo. Pero que la encuentren. Me gustaría tener fe en que lo van a solucionar todo y ojalá lo hagan, por el bien común, que es de lo que se trata, pero sigo siendo agnóstica, pues tampoco dieron con ella cuando estuvieron en el poder y se les fue de las manos en forma de ladrillo y enriquecimiento personal de muchos. Recuerdo que por mucho que en España estén mal las cosas, desde fuera la imagen que da el país no es la que se tiene desde dentro, y aquí se ven los esfuerzos que está realizando España. Lo malo es que empezaron tarde con los deberes, y eso va a pasar factura, con un buen cate. De momento, salvo votar, no tengo más que decir.
lunes, 14 de noviembre de 2011
domingo, 13 de noviembre de 2011
La verdadera globalización
Ayer tuve el placer por segundo año consecutivo de acudir al Mercado de los Pueblos, una feria de artesanía de todo el mundo que organiza una vez al año el Museo de Etnografía de Hamburgo. Estos días se ha celebrado su 25 edición, y yo no supe de su existencia hasta el año pasado. Es probable que lo visite ya siempre, pues ese museo me dice mucho más así, con arte en vivo y personas de esos pueblos, ya que la etnografía es más que objetos expuestos en vitrinas y paneles de museo. Se oía mucho español por todas las salas, pues Latinoamérica estaba muy representada, aunque sea por el espacio que ocupan en el mundo. Y en un puesto vi unas postales muy bonitas en tela con la inscripción "Bésame mucho" y parte del estribillo y hablé con la que las hace. Le compré una, de la gracia que me hizo pues justo estos días he preparado la canción para cantarla en mis clases, no por un ataque de cursilería, sino porque una alumna me la ha pedido, y como no quiero imponerles siempre yo las canciones, decidí cumplirle el deseo, y la cantaremos próximamente, porque como he investigado estos días, es una de las canciones más cantadas en habla hispana. Fue escrita en 1940 por la compositora mexicana Consuelo Velázquez cuando tenía 16 años, y sin haber recibido un beso de amor (aunque a saber...). Y no es una canción ligada a un cantante concreto sino que ha muchos la han cantado. No sé por qué yo la asocio a Los Panchos, y ésa es la que les voy a meter en mis clases, aunque haya versiones de los Beatles, Plácido Domingo y muchos más, pues Los Panchos son globales en el mundo latino.
Pero ahí estaba la canción, sobre la mesa, ahí estaba mi lengua, por todo el museo, y anteriormente en un restaurante de Hamburgo en el que comí con mi hija. El camarero, muy joven, nos oyó hablar español y se dirigió a nosotras con un acento de lo más nativo: se había críado en Mallorca, me dijo, y fue a un colegio español, como niño alemán que era, y hasta me habló en catalán. El mallorquín no lo hablaba, me dijo. Me habló de las dificultades que supuso para él cuando impusieron la enseñanza en catalán, y que las clases de inglés eran surrealistas para él: había que traducir del inglés al catalán, y él lo hacía al castellano y luego al alemán. Ahora está estudiando en Hamburgo, de donde es su madre, porque está haciendo uno de esos aprendizajes de los que hay aquí miles y de los que en España no hay ninguno, por desgracia. Me habló asustado de la situación de sus amigos españoles, buscando trabajo y sin alternativas. Pero él lo tenía muy claro: cuando acabe el aprendizaje en Alemania volverá a España, me contó, no necesariamente a Mallorca, pero aquí no se quiere quedar. No le gusta la antipatía de la gente y el vivir tan cerrados a los otros como hacen.
Y la tarde anterior, en el primer día de frío mortal de este invierno (ya estamos con heladas por las noches y de día como máximo a 4°C) por fin hice lo que debería haber hecho hace 21 años: comprarme unas botas para la nieve, pero es que he tardado todos estos años en encontrar unas que me gusten (me encanta el "es que", y siempre explico en mis clases que hay una especie de disculpa tonta en esa expresión). Pero "es que" no hay calzado más antiestético que botas para la nieve, y nada más antihumano que la nieve. Pero las vi en el escaparate, y entré. La vendedora estaba también convencida de que eran las ideales, y cuando le digo que soy española y que me ha costado decidirme a comprarme unas botas así, de repente se me pone a hablar en español: "anda, yo también". Es hija de españoles, nacida aquí, y hablaba perfectamente. Y a continuación me mostró toda orgullosa toda la ropa y bolsos que trae de España para su tienda.
Pensamos que la globalización son las tiendas de Zara o Camper por el mundo, pero en realidad es otra cosa: es darte cuenta de que todos somos seres globales hoy día, en cuanto salimos de las fronteras y proyectamos lo que llevamos dentro a cualquiera, de que una muchachita mexicana consiguió en 1940 un éxito global, y de que hablar español es algo verdaderamente maravilloso. Te une, cuando menos te lo esperas, con gente por todo el mundo, y están en todas partes.
Pero ahí estaba la canción, sobre la mesa, ahí estaba mi lengua, por todo el museo, y anteriormente en un restaurante de Hamburgo en el que comí con mi hija. El camarero, muy joven, nos oyó hablar español y se dirigió a nosotras con un acento de lo más nativo: se había críado en Mallorca, me dijo, y fue a un colegio español, como niño alemán que era, y hasta me habló en catalán. El mallorquín no lo hablaba, me dijo. Me habló de las dificultades que supuso para él cuando impusieron la enseñanza en catalán, y que las clases de inglés eran surrealistas para él: había que traducir del inglés al catalán, y él lo hacía al castellano y luego al alemán. Ahora está estudiando en Hamburgo, de donde es su madre, porque está haciendo uno de esos aprendizajes de los que hay aquí miles y de los que en España no hay ninguno, por desgracia. Me habló asustado de la situación de sus amigos españoles, buscando trabajo y sin alternativas. Pero él lo tenía muy claro: cuando acabe el aprendizaje en Alemania volverá a España, me contó, no necesariamente a Mallorca, pero aquí no se quiere quedar. No le gusta la antipatía de la gente y el vivir tan cerrados a los otros como hacen.
Y la tarde anterior, en el primer día de frío mortal de este invierno (ya estamos con heladas por las noches y de día como máximo a 4°C) por fin hice lo que debería haber hecho hace 21 años: comprarme unas botas para la nieve, pero es que he tardado todos estos años en encontrar unas que me gusten (me encanta el "es que", y siempre explico en mis clases que hay una especie de disculpa tonta en esa expresión). Pero "es que" no hay calzado más antiestético que botas para la nieve, y nada más antihumano que la nieve. Pero las vi en el escaparate, y entré. La vendedora estaba también convencida de que eran las ideales, y cuando le digo que soy española y que me ha costado decidirme a comprarme unas botas así, de repente se me pone a hablar en español: "anda, yo también". Es hija de españoles, nacida aquí, y hablaba perfectamente. Y a continuación me mostró toda orgullosa toda la ropa y bolsos que trae de España para su tienda.
Pensamos que la globalización son las tiendas de Zara o Camper por el mundo, pero en realidad es otra cosa: es darte cuenta de que todos somos seres globales hoy día, en cuanto salimos de las fronteras y proyectamos lo que llevamos dentro a cualquiera, de que una muchachita mexicana consiguió en 1940 un éxito global, y de que hablar español es algo verdaderamente maravilloso. Te une, cuando menos te lo esperas, con gente por todo el mundo, y están en todas partes.
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viernes, 11 de noviembre de 2011
¿Cómo está el mundo?
Esta semana he empezado todas mis clases con esta pregunta, no porque yo no sepa cómo está, que me asusta en realidad y mucho, pero sí para explicarles a mis alumnos de nuevo la diferencia entre "ser" y "estar: que no es lo mismo preguntar "¿Cómo es el mundo?" a "¿Cómo está el mundo?" Que con ambas preguntas se ve claramente la diferencia entre ambos verbos, que en alemán son solo uno. Y yo, en cinco cursos distintos, esperaba que me fuesen a contestar con cien mil asuntos por los que confirmar que el mundo está de pena. Y sí, salieron cosillas, como que hay una crisis económica, crisis políticas en varios países, que si Irán y la bomba atómica, pero poco más. Miraban la frase de "cómo está el mundo" con sus interrogaciones en la pizarra con cara de interrogarse ellos que a qué venía esa encerrona por mi parte. Quizá es porque aunque a mí no me lo parezca, el mundo está "como siempre", que fue la respuesta de uno, como diciendo "¡cómo va a estar!".
A mí me parece que está peor que nunca, entre la crisis económica y más, pongo como ejemplos Libia, Siria, Grecia, Italia....y puedo seguir nombrando, pasando a continuación a todas las miserias humanas, como que Iñaki Urdangarín tenga un millón de euros que no puede explicar. ¿De verdad que lo necesitan? Que la ciudadanía tenga que aceptar que un deportista llegue a ser un hombre de negocios de "tanto" éxito y que le lluevan los contratos por ser quién es, pasa dentro de lo admisible por ser quienes son, pero que le pillen como corrupto es el peor escaparate que le podían plantar a la Casa Real en tiempos de crisis, de indignados y de tantos mileuristas que no llegan a fin de mes.
Entonces si que será cierto que estamos como siempre, ni más ni menos. Viendo imágenes en la tele estos días de la serie sobre los Borgia, que no estoy siguiendo, he tratado de imaginar lo sórdido que era el mundo entonces. Pero tampoco hemos avanzado mucho si los principitos de hoy día siguen beneficiándose de ser quiénes son. Anoche, en la televisión alemana, retransmitieron en directo los premios Bambi, otorgados por la editorial Burda en diversas categorías, desde música o televisión a labores humanitarias. El premio de honor se lo dieron a Helmut Schmidt, el excanciller socialdemócrata que sigue siendo una persona muy respetada y que a sus 93 años puede opinar de todo por esa lucided tan analítica que parece faltarles a muchos políticos. En su discurso de agradecimiento por el premio dijo que saldremos de ésta porque no estamos peor de lo que hemos estado en otras épocas. Hizo alusión a los momentos más amargos de su carrera política: cuando no se doblegó ante el chantaje de la RAF, la organización terrorista que trató de hacer un jaque mate a su gobierno con el secuestro y asesinato de Hanns Martin Schleyer, el presidente de la patronal en 1977, para posteriormente recordar que Alemania tiene un deber moral hacia los otros europeos. No sé por qué creí oír una alusión a la guerra y otros momentos duros. Y que ahora toca esto: ayudar.
Efectivamente en cualquier época el mundo está de pena, y quizá mi pregunta en clase era un diagnóstico conocido, y en vez de interrogaciones, lo debí poner en signos de admiración, y no hubiese extrañado tanto.
A mí me parece que está peor que nunca, entre la crisis económica y más, pongo como ejemplos Libia, Siria, Grecia, Italia....y puedo seguir nombrando, pasando a continuación a todas las miserias humanas, como que Iñaki Urdangarín tenga un millón de euros que no puede explicar. ¿De verdad que lo necesitan? Que la ciudadanía tenga que aceptar que un deportista llegue a ser un hombre de negocios de "tanto" éxito y que le lluevan los contratos por ser quién es, pasa dentro de lo admisible por ser quienes son, pero que le pillen como corrupto es el peor escaparate que le podían plantar a la Casa Real en tiempos de crisis, de indignados y de tantos mileuristas que no llegan a fin de mes.
Entonces si que será cierto que estamos como siempre, ni más ni menos. Viendo imágenes en la tele estos días de la serie sobre los Borgia, que no estoy siguiendo, he tratado de imaginar lo sórdido que era el mundo entonces. Pero tampoco hemos avanzado mucho si los principitos de hoy día siguen beneficiándose de ser quiénes son. Anoche, en la televisión alemana, retransmitieron en directo los premios Bambi, otorgados por la editorial Burda en diversas categorías, desde música o televisión a labores humanitarias. El premio de honor se lo dieron a Helmut Schmidt, el excanciller socialdemócrata que sigue siendo una persona muy respetada y que a sus 93 años puede opinar de todo por esa lucided tan analítica que parece faltarles a muchos políticos. En su discurso de agradecimiento por el premio dijo que saldremos de ésta porque no estamos peor de lo que hemos estado en otras épocas. Hizo alusión a los momentos más amargos de su carrera política: cuando no se doblegó ante el chantaje de la RAF, la organización terrorista que trató de hacer un jaque mate a su gobierno con el secuestro y asesinato de Hanns Martin Schleyer, el presidente de la patronal en 1977, para posteriormente recordar que Alemania tiene un deber moral hacia los otros europeos. No sé por qué creí oír una alusión a la guerra y otros momentos duros. Y que ahora toca esto: ayudar.
Efectivamente en cualquier época el mundo está de pena, y quizá mi pregunta en clase era un diagnóstico conocido, y en vez de interrogaciones, lo debí poner en signos de admiración, y no hubiese extrañado tanto.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011
El verdadero amor al arte
Hace poco estuve en un museo en Holanda que me gustó mucho, y que posee tantos cuadros de van Gogh como no creí recordar del mismo Museo van Gogh de Amsterdam, y que se puede disfrutar sin los tropeles de turistas de éste último. El Museo Kröller-Müller, emplazado en un parque nacional en la provincia de Gelderland, el Hoge Veluwe, era la colección privada del Helene Kröller-Müller, hija de un empresario rico alemán que se casó con el director de la sucursal holandesa de la empresa de su padre, por lo que se fue a vivir a Holanda. Allí empezó a estudiar arte y a adquirir obras que fueron formando durante su vida una impresionante colección, sobre todo de van Goghs, pero también de pinturas de otras épocas, y de esculturas. En época de crisis, en los años 20 y 30, temiendo perder su colección la donó en su totalidad al estado holandés con la condición de hacer un museo para exhibirla. El edificio, diseñado por Henry van der Velde, abrió sus puertas en 1938, muriendo ella un año después.
Coleccionar arte teniendo los medios para hacerlo no es ningún arte, valga la redundancia. Y por eso las Titas Cerveras de este mundo lo tienen muy fácil. Pero sorprendente me parece la historia de una exposición que está teniendo lugar ahora mismo en Hamburgo y que no he visto, pero a la que me acercaré, por rendirle honores. La exposición se titula "La colección del bedel. Wilhelm Werner". Más de una vez me he preguntado en un museo si los vigilantes de las salas acaban aburriéndose de ver los mismos cuadros o si los acaban amando. La muestra responde quizá a esta pregunta, y de una manera contundente. El carpintero Wilhelm Werner, nacido en 1886, empezó a trabajar en 1914 en la pinacoteca de Hamburgo, donde trabajó hasta que se jubiló en 1952, habiendo ascendido a bedel. Debido a esto, además de construir marcos, tenía la responsabilidad de colgar los cuadros para las exposiciones, lo que le permitió tratar personalmente a los pintores. Debió desarrollar tal pasión por el arte, sobre todo de un grupo llamado "Sezession", cuyas obras fueron expuestas en los años 20 en el museo, que empezó a coleccionar como quien no quiere la cosa, sobre todo obras de estos últimos. Tras su muerte, su legado consistió en más de 500 cuadros. Al parecer muchas de las obras eran regalos de los artistas a los que ayudaba en sus exposiciones. Pero los honores se los ganó en los años más oscuros del museo. Cuando los funcionarios nazis del museo fueron a sacar los cuadros considerados "degenerados", como los nazis consideraban la obra de muchos artistas, Werner sacó siete obras de una pintora judía, Anita Rée, que se suicidó en 1933. Escondió estos cuadros en el sótano de su piso de bedel, y los salvó así del expolio o destrucción. Al pasar la guerra, los cuadros volvieron a la colección del museo. Por si fuera poco, además, junto con otro compañero, apagó fuegos del tejado del museo, originados por las bombas incendiarias, salvando así el tejado de graves daños.
A mí me ha sorprendido mucho la historia, y solo lo que significa es más que motivo para ir a ver la exposición: porque entiendo la pasión que puede desatar el arte, y porque hay personas, que sin grandes riquezas logran grandes milagros. Me parece muy noble que el museo al que Werner dedicó su vida le rinda homenaje, ya que seguramente se trate de uno de los coleccionistas de arte más singulares que existan.
Coleccionar arte teniendo los medios para hacerlo no es ningún arte, valga la redundancia. Y por eso las Titas Cerveras de este mundo lo tienen muy fácil. Pero sorprendente me parece la historia de una exposición que está teniendo lugar ahora mismo en Hamburgo y que no he visto, pero a la que me acercaré, por rendirle honores. La exposición se titula "La colección del bedel. Wilhelm Werner". Más de una vez me he preguntado en un museo si los vigilantes de las salas acaban aburriéndose de ver los mismos cuadros o si los acaban amando. La muestra responde quizá a esta pregunta, y de una manera contundente. El carpintero Wilhelm Werner, nacido en 1886, empezó a trabajar en 1914 en la pinacoteca de Hamburgo, donde trabajó hasta que se jubiló en 1952, habiendo ascendido a bedel. Debido a esto, además de construir marcos, tenía la responsabilidad de colgar los cuadros para las exposiciones, lo que le permitió tratar personalmente a los pintores. Debió desarrollar tal pasión por el arte, sobre todo de un grupo llamado "Sezession", cuyas obras fueron expuestas en los años 20 en el museo, que empezó a coleccionar como quien no quiere la cosa, sobre todo obras de estos últimos. Tras su muerte, su legado consistió en más de 500 cuadros. Al parecer muchas de las obras eran regalos de los artistas a los que ayudaba en sus exposiciones. Pero los honores se los ganó en los años más oscuros del museo. Cuando los funcionarios nazis del museo fueron a sacar los cuadros considerados "degenerados", como los nazis consideraban la obra de muchos artistas, Werner sacó siete obras de una pintora judía, Anita Rée, que se suicidó en 1933. Escondió estos cuadros en el sótano de su piso de bedel, y los salvó así del expolio o destrucción. Al pasar la guerra, los cuadros volvieron a la colección del museo. Por si fuera poco, además, junto con otro compañero, apagó fuegos del tejado del museo, originados por las bombas incendiarias, salvando así el tejado de graves daños.
A mí me ha sorprendido mucho la historia, y solo lo que significa es más que motivo para ir a ver la exposición: porque entiendo la pasión que puede desatar el arte, y porque hay personas, que sin grandes riquezas logran grandes milagros. Me parece muy noble que el museo al que Werner dedicó su vida le rinda homenaje, ya que seguramente se trate de uno de los coleccionistas de arte más singulares que existan.
martes, 8 de noviembre de 2011
Paredes contra la intolerancia
Ruido y silencio. Imposible tener ambos. O la pregunta es qué es el silencio y qué el ruido. Que hagan esa pregunta en Hamburgo o en Madrid, y las respuestas serán muy diferentes. Noticia curiosa la que leí el otro día en el periódico local: en un barrio muy residencial cerca de mi casa han puesto hierba artificial nueva en el campo de fútbol del polideportivo y apenas lo han podido disfrutar, pues enseguida ha estallado la guerra porque los vecinos se sienten invadidos en su silencio. Desde que han arreglado el campo con la nueva hierba, ha aumentado el uso del mismo, dicen. El litigio ha llegado a la decisión de la ciudad poner ahora unas paredes antirruido que cuestan más de 300.000 € y que paga el distrito correspondiente, que además es el mío, o sea, yo también. Oficialmente el campo se puede utilizar desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde, y los domingos hay partidos. Es cierto que todo esto produce "ruido" constante, pero también este campo existe desde 1937, y no muchas de las casas de alrededor. Como conozco lo que me rodea, sé que a la mayoría de la gente aquí le gustaría tener silencio absoluto. Hay ruido molesto, pero el producido por niños jugando al aire libre no entra para mí en esta categoría, que al entrar en estos ámbitos debería ser medido no en decibelios sino en intolerancia, que es aquí cero hacia los chavales. Lo malo es que ellos, que crecen con tanta imposición, se vuelven así de intolerantes, pues entonces les toca a ellos que les devuelvan la hipoteca que pagaron en su infancia: ya que yo no he podido hacer ruido y jugar fuera a gusto cuando era crío, ahora que me compro mi casa de 300 m² para mí solo, espero oír el silencio, y nada más. Aseguro que en estos barrios del extrarradio de Hamburgo se oye el silencio, y la pega es que la gente se vuelve muy intolerante. Por supuesto que España, donde el ruido adquiere formas irrespetuosas en todo momento, no me parece el ejemplo ideal. Allí no entiendo que en piscinas al aire libre haya que poner música, o que en algunos bares esté la tele y la música a la vez puestas. En general me parece que hay una necesidad constante de oír algo en España, y si no viene tu vecino y te lo arregla, y en España se aguanta demasiado. Pero lo de aquí es muy grave: si no se va a poder utilizar un polideportivo y tenemos que vallarlo y aislarlo de egoístas huraños con paredes de seis metros de altura, me pregunto si no sería más barato llevar a esta gente a vivir en medio del bosque y regalarles un cachito, ya que tenemos tantos. Unas cabañas en el bosque, y el siguiente vecino a medio kilómetro. El litigio está siendo sonado, con abogados que están ganando dinero con todo esto, cartas para un lado u otro, y lo malo, como ponía en el periódico, es que esto podría poducir "contagio" a otros barrios con polideportivos o lugares parecidos al lado, como ocurrió no hace tanto con una guardería a la que se opusieron los vecino de la calle en la que la iban a abrir. Si esto sienta precedente, como por desgracia ocurre en este país, seguirán más casos similiares. El ruido es gratis y de todos, pero el silencio no es parcela de unos cuantos que se creen es su derecho de vivir solos en el mundo, y más en ciudad. A lo mejor en vez de poner vallas alrededor del polideportivo, deberían poner vallas de seis metros de altura alrededor y aislar a esta gente de los demás en una cuarentena indefinida. Por el peligro que suponen.
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lunes, 7 de noviembre de 2011
Grandes y pequeñas batallas
Tras tres maravillosos días despiojando la casa y las cabezas, hoy me han certificado una gran destreza quitando piojos. El "certificado" de estar limpia de piojos que mi hija presentará mañana en el cole me lo he ganado con mi esfuerzo y tesón y la médica me ha hecho reír cuando me ha dicho que nunca había tenido a nadie tan eficiente como yo, que normalmente tiene que ver dos o tres veces a los niños hasta certificar que no tienen ni una liendre; y me he sentido "piojinator". Y ni una liendre había, ni en las cabezas de mis hijas ni en la mía. Varias personas me han confirmado que en España los niños con piojos no dejan de ir a clase. Aquí no es el caso, y es muy normal ver cartelitos o recibir información rogando controlar las cabezas porque haya piojos "confesos" en la clase. No suelen dar nombres y apellidos, pero se sabe quiénes son. Concluido el asunto, es el momento de hacer balance: además de haberme hecho experta, la ventaja es que mis hijas ahora saben cómo se llaman desde los piojos a las liendres o las liendreras, vocabulario en español que desconocían, y han aprendido que los piojos no son tan espectaculares como pensaba mi hija pequeña, que se los imaginaba como gusanos-termitas, que se comen todo a dos carrillos.
Y tras un fin de semana sin descansar, he empezado la semana con tal sensación de agotamiento que será dura de combatir, teniendo en cuenta que acaba de empezar. Será el momento de hacer algo que nos encanta hacer a todos, y a las mujeres quizá más, de darnos algún caprichito, como premio. Necesito algo glamuroso, después de ver piojos y liendres por todas partes. Aquí ya ha empezado la temporada navideña en las tiendas, y es fácil comprar cosas con mucho brillo, y ya empiezan a vender atuendos festivos de cara a las fiestas. Las encuestas dicen que los alemanes quieren gastar menos en regalos que la Navidad pasada. No sé si nos animan a ser austeros, porque otros años antes de la temporada daban como resultado a la misma encuesta que los alemanes gastarían más esas Navidades. También el gobierno quiere bajar los impuestos, algo que nadie se cree aquí que sea posible, ni como regalo de Papá Noel. Pero a juzgar por la oferta navideña de las tiendas, tampoco parece que la gente vaya a apretarse el cinturón. Merkel también quiere subir el salario mínimo, algo por lo que la patronal dio gritos de alarma el otro día, y se dijo que la canciller daba un giro a la izquierda. Quizá deba resarcirse internamente de su papel ingrato fuera del país, de llamar constantemente la atención a Papandreus y otros. ¿O es que se acercan jornadas electorales dentro de los partidos, el momento de elegir candidatos, y están todos a ver quién da más? Lo que sí que está claro es que por mucho glamour que pongamos a estas Navidades, el año ha sido pésimo para muchos países, y ahora mismo no nos creemos nada. Y por mucho que yo me orgullezca de haber combatido todos los pijos, vendrán otras batallas, y aquí ni aplica lo de "al séptimo día descansó". No hay que bajar la guardia. Liendres y piojos hay siempre, en algún lugar.
Y tras un fin de semana sin descansar, he empezado la semana con tal sensación de agotamiento que será dura de combatir, teniendo en cuenta que acaba de empezar. Será el momento de hacer algo que nos encanta hacer a todos, y a las mujeres quizá más, de darnos algún caprichito, como premio. Necesito algo glamuroso, después de ver piojos y liendres por todas partes. Aquí ya ha empezado la temporada navideña en las tiendas, y es fácil comprar cosas con mucho brillo, y ya empiezan a vender atuendos festivos de cara a las fiestas. Las encuestas dicen que los alemanes quieren gastar menos en regalos que la Navidad pasada. No sé si nos animan a ser austeros, porque otros años antes de la temporada daban como resultado a la misma encuesta que los alemanes gastarían más esas Navidades. También el gobierno quiere bajar los impuestos, algo que nadie se cree aquí que sea posible, ni como regalo de Papá Noel. Pero a juzgar por la oferta navideña de las tiendas, tampoco parece que la gente vaya a apretarse el cinturón. Merkel también quiere subir el salario mínimo, algo por lo que la patronal dio gritos de alarma el otro día, y se dijo que la canciller daba un giro a la izquierda. Quizá deba resarcirse internamente de su papel ingrato fuera del país, de llamar constantemente la atención a Papandreus y otros. ¿O es que se acercan jornadas electorales dentro de los partidos, el momento de elegir candidatos, y están todos a ver quién da más? Lo que sí que está claro es que por mucho glamour que pongamos a estas Navidades, el año ha sido pésimo para muchos países, y ahora mismo no nos creemos nada. Y por mucho que yo me orgullezca de haber combatido todos los pijos, vendrán otras batallas, y aquí ni aplica lo de "al séptimo día descansó". No hay que bajar la guardia. Liendres y piojos hay siempre, en algún lugar.
sábado, 5 de noviembre de 2011
Bichitos
Hay semanas pesadas, pero hay otras pesadísimas. Ésta ha sido una de las últimas, ya que ha terminado con piojos, algo inédito hasta ahora. Ayer por la mañana me llamó mi hija a las seis y media al baño y me enseñó un pelo que se le quedó en las manos mientras se peinaba y sobre el que caminaba un bicho, tan tranquilo. No sé si bajaba o si subia, pero iba tan a gusto por el pelo. Por la hora y el sueño que yo tenía me pareció surrealista la imagen, pero el resto de la mañana la recordé y más cuando empecé a notar picores en el pelo. De repente recordé cómo al dar clase el otro día sentí tal picor que pensé que mis alumnos pensarían que tendría la sarna, de como me rasqué. Y cuando me vi las liendres al rebuscar ante un espejo, me fui directa a la farmacia. Y empezó la operación "desinfección". Tuve piojos de niña una vez, y se me quedó grabado ese caminar en la cabeza que siento ahora desde ayer. He lavado todo, y ayer nos acostamos mis hijas y yo con una loción en la cabeza que hoy por la mañana ha dado sus frutos: piojos muertos y liendres en las tres cabezas.
He pasado por muchas epidemias de piojos en guarderías y colegios, y siempre nos habíamos librado. Pero alguna vez tenía que tocarnos y yo no me libro tampoco. Aquí en Alemania hay obligación de anunciarlo al colegio, y hasta que el médico no dé permiso al crío de poder ir a clase, no puedes mandar a tu hijo, y si te pillan te la puedes cargar. El caso es que los piojos los ha cogido mi hija mayor de alguien que no ha dicho que los tiene, y ahora me debato entre anunciarlo a bombo y platillo en ambos colegios y que nos señalen con el dedo, o hacerme la loca y mandar a mis hijas como si no hubiesen tenido nada, como han hecho otros. El problema de esto último es que al no controlar la gente las cabezas de sus hijos, ésto podría convertirse en una epidemia, y mis hijas se podrían contagiar otra vez y yo tener que lavar todo de nuevo, y llevo dos días terribles. Pero si lo digo, a saber los días que no podrán ir al colegio, a pesar de no ser peligro para nadie.
El mundo se cae a pedazos y yo estoy obsesionada por unos bichitos. Ayer una conocida mía me decía lo mismo pues venía de hacerle un examen a su perro. El perro aprobó, y me comentaba que cuando vio a esa cola de perros con sus dueños se preguntó lo mismo que yo: que el mundo está de pena, y allí estaba toda esa gente durante horas con sus perros, para que puedan ir por la calle sin correa y se lleven su diploma a casa. Para eso tienen que atender al "ven aquí", y demás órdenes, y si no suspenso para el perro. Ella me preguntaba si en España es igual, y le dije que no: que en España cada uno va con su perro por la calle como quiere, y que si el perro muerde a alguien, que entonces se aclaran las cosas. Más bien deberían examinar en España sobre retirar la caca de los perros, examinando a los dueños en una situación real.
Se puede institucionalizar todo, y seguro que hay especialistas en piojos, como me voy a hacer yo tras ésta. Alguien me hablaba de unos peines hay en España que los electrocutan, y yo dije que eso probablemente está prohibido aquí, por maltrato animal. Pero de la manera que sea no va a quedar ninguno, palabra de honor. De ésta no me he librado yo tampoco, como de casi ninguna, y por eso pienso desde ayer en una de las frases de mi madre "El que con niños se acuesta, cagado se levanta". Qué gran verdad.
He pasado por muchas epidemias de piojos en guarderías y colegios, y siempre nos habíamos librado. Pero alguna vez tenía que tocarnos y yo no me libro tampoco. Aquí en Alemania hay obligación de anunciarlo al colegio, y hasta que el médico no dé permiso al crío de poder ir a clase, no puedes mandar a tu hijo, y si te pillan te la puedes cargar. El caso es que los piojos los ha cogido mi hija mayor de alguien que no ha dicho que los tiene, y ahora me debato entre anunciarlo a bombo y platillo en ambos colegios y que nos señalen con el dedo, o hacerme la loca y mandar a mis hijas como si no hubiesen tenido nada, como han hecho otros. El problema de esto último es que al no controlar la gente las cabezas de sus hijos, ésto podría convertirse en una epidemia, y mis hijas se podrían contagiar otra vez y yo tener que lavar todo de nuevo, y llevo dos días terribles. Pero si lo digo, a saber los días que no podrán ir al colegio, a pesar de no ser peligro para nadie.
El mundo se cae a pedazos y yo estoy obsesionada por unos bichitos. Ayer una conocida mía me decía lo mismo pues venía de hacerle un examen a su perro. El perro aprobó, y me comentaba que cuando vio a esa cola de perros con sus dueños se preguntó lo mismo que yo: que el mundo está de pena, y allí estaba toda esa gente durante horas con sus perros, para que puedan ir por la calle sin correa y se lleven su diploma a casa. Para eso tienen que atender al "ven aquí", y demás órdenes, y si no suspenso para el perro. Ella me preguntaba si en España es igual, y le dije que no: que en España cada uno va con su perro por la calle como quiere, y que si el perro muerde a alguien, que entonces se aclaran las cosas. Más bien deberían examinar en España sobre retirar la caca de los perros, examinando a los dueños en una situación real.
Se puede institucionalizar todo, y seguro que hay especialistas en piojos, como me voy a hacer yo tras ésta. Alguien me hablaba de unos peines hay en España que los electrocutan, y yo dije que eso probablemente está prohibido aquí, por maltrato animal. Pero de la manera que sea no va a quedar ninguno, palabra de honor. De ésta no me he librado yo tampoco, como de casi ninguna, y por eso pienso desde ayer en una de las frases de mi madre "El que con niños se acuesta, cagado se levanta". Qué gran verdad.
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