Ya mencioné una vez que la familia real la ha liado pero bien, pues aparecen en los métodos para aprender español y entre el yerno que no está, y el que sigue estando pero que oficialmente tampoco, han fastidiado montones de libros. Ahora encima utilizando una guía que tengo sobre Madrid, para un proyecto que estoy realizando, veo un apartado que dice que el rey es muy querido por los españoles, y menciona a las hijas, a sus maridos, al príncipe, al matrimonio ejemplar de los reyes, y más cosas que ahora me producen risa. Otro libro para tirar a la basura. Ellos solitos se han cargado su imagen, pues en el extranjero ya no aparecerá tampoco ninguna guía con esa información tan positiva.
Pero la página esa no me amarga mi labor. Voy a dar un curso sobre Madrid y alrededores próximamente, y por suerte el centro de España no se visita ni por la familia real, ni por el Palacio de la Zarzuela, ni por nada unido a esa panda de aprovechados. Llevo una semana recorriendo Madrid con la mente y a través del teclado, y como voy pronto, llegaré ávida de patear MI ciudad. No sé por qué muchos alemanes, cuando les digo que soy de Madrid, me dicen que les gusta más Barcelona. Lo entiendo y lo respeto, les digo siempre. Algunos lo dicen sin ni siquiera haber visitado Madrid, o haber estado más que de paso. Pero los que conocen bien la capital, dicen a menudo que les gusta más Madrid. Maldita manía de comparar todo. Yo nunca lo hago. Cada ciudad es única, y por eso entiendo que algunos prefieran Barcelona: el mar, el ambientillo mediterráneo, Gaudí (o Gaudi, como dicen los alemanes), apreciadísimo en el extrajero. Pero sinceramente, la última vez que estuve en Barcelona salí espantada del gentío de las Ramblas, el Barrio Gótico olía a orina y la zona del Mercado de la Boquería estaba muy deteriorada. No digo que Madrid esté perfecta, pero al menos no se vende como ciudad que lo tiene todo. Nosotros no tenemos playa, eso está claro, ni otro idioma (ojalá), pero tenemos una ciudad tan infernal, ruidosa y sucia, que a la vez nos lleva al cielo en sus rincones con encanto.
Llevo días paseando mentalmente por el Madrid de los Austrias, por esas plazas con encanto. Me encantan esas calles con los carteles de azulejos antiguos. Me encanta la zona de tabernas de la Latina. Me encanta la Plaza de Santa Ana, con todo el jaleo que tiene. Me encanta pasear de día por Madrid, pasear de noche. Me encanta ir por Chueca, por la calle Fuencarral. Me encanta el Retiro, y cuanto más lleno mejor. Me encanta cogerme el 27, autobús municipal, desde Atocha a plaza de Castilla y pasar por el Paseo del Prado, por Recoletos, la Castellana y ver Madrides tan diferentes: el del arte, el burgués, y el de la modernidad, que culminó en las Torres Kio y el hundimiento de la banca. Me encanta la Gran Vía: bajarme del metro en Callao, como hacía cuando era jovencita, y mirar hacia abajo, con la Plaza de España abajo, y mirar hacia la derecha, hacia el edificio de telefónica. Me encanta el barrio de las Letras. Me encanta atravesar la Plaza Mayor siempre que estoy cerca, aunque no tenga que ir.
Por eso una panda de indeseables no van a acabar con el atractivo de nuestras ciudades ni de nuestro país. Yo voy a promocionar el turismo a Madrid y alrededores, y si me dejan continuaré con otras regiones: Extremadura, el norte de España, Castilla, ... De momento sigo viajando con la mente, que es muy fácil.
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domingo, 24 de febrero de 2013
miércoles, 17 de octubre de 2012
Cultura + cultura + cultura
En los tiempos que corren celebro todo acto de ensalzación de la cultura, de la índole que sea, ya que parece que solo existe la economía, la prima de riesgo y los recortes. En época en la que cierran librerías, supone una buena noticia que se abran algunas. Mi prima me recomendó una llamada La Central, en Madrid, cerca de Callao, a la que no pude ir ya. Pero el hecho de que abran un lugar así es remarcable, con sus varias plantas y cafetería incluida. Luego leí sobre la apertura en el antiguo Matadero de Madrid de una Casa de la Lectura, un punto de encuentro en el que intercambiar libros y en el que realizarán actos en torno a la lectura, otra buena noticia. No se olviden tampoco de los museos. Aprovechen los días gratis, y acudan en tropel. Todas las ciudades ofrecen alguno especial y exposiciones estupendas. Si bien me decepcionó algo la semana pasada la recien abierta en el Thyssen de Madrid sobre Gauguin, recomiendo que vayan. Tengo que matizar el por qué de la decepción. La exposición es sublime, por contener cuadros muy conocidos, y de diversos pintores. Pero ahí está mi chasco: yo pensé, como todo el mundo seguramente, que era una monográfica sobre Gauguin, como la de Antonio López que hubo el año pasado, y resultó haber varias salas con un solo cuadro de Gauguin o ninguno, y el resto, eso sí, maravillosísimos Kirchner, Noldes, algún Matisse, Klee, y uno muy conocido de Rousseau. Pero como soy algo tiquismiquis con estas cosas; en vez de llamarse "Gauguin y el viaje a lo exótico", debería ser algo así como "El viaje a lo exótico a través de Gauguin y su influencia en posteriores épocas", y entonces me hubiesen quedado las cosas más claras antes de ir. Pero sabiendo eso, que los menos cuadros de la exposición son de Gauguin, acudan en tropel.
No se pierdan la última película de Fernando Trueba, "El artista y la modelo", una oda al arte y el proceso creativo. Película delicada y poética como pocas en el cine español, que en mi opinión se pierde a veces en el mismo tipo de personajes, salvo si lo hace Almodóvar, que puede y debe. La película es un homenaje al hermano del director, el escultor Máximo Trueba, que falleció a los 42 años en un accidente de tráfico. Curiosamente fue profesor mío de instituto, y simplemente por afinidad, tuve que ver la película. Vayan a verla. Solamente por oír al estupendo actor de 82 años, Jean Rochefort, que ya me gustó mucho en "El marido de la peluquera", diciendo que las dos cosas mejores del mundo son las mujeres y el aceite de oliva, merece la pena ir. Da gusto escuchar su explicación de por qué. La película es una reflexión sobre el arte y su proeceso creativo, su dificultad, y su pasión. Casi nada en momentos en los que no queda dinero ni para el arte ni para nada. Nos volveremos todos más pobres, pero no se olviden del placer que supone coger un libro, mirar un cuadro o ver una película. Al final económicamente vamos a estar igual, pero el placer es insuperable.
No se pierdan la última película de Fernando Trueba, "El artista y la modelo", una oda al arte y el proceso creativo. Película delicada y poética como pocas en el cine español, que en mi opinión se pierde a veces en el mismo tipo de personajes, salvo si lo hace Almodóvar, que puede y debe. La película es un homenaje al hermano del director, el escultor Máximo Trueba, que falleció a los 42 años en un accidente de tráfico. Curiosamente fue profesor mío de instituto, y simplemente por afinidad, tuve que ver la película. Vayan a verla. Solamente por oír al estupendo actor de 82 años, Jean Rochefort, que ya me gustó mucho en "El marido de la peluquera", diciendo que las dos cosas mejores del mundo son las mujeres y el aceite de oliva, merece la pena ir. Da gusto escuchar su explicación de por qué. La película es una reflexión sobre el arte y su proeceso creativo, su dificultad, y su pasión. Casi nada en momentos en los que no queda dinero ni para el arte ni para nada. Nos volveremos todos más pobres, pero no se olviden del placer que supone coger un libro, mirar un cuadro o ver una película. Al final económicamente vamos a estar igual, pero el placer es insuperable.
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domingo, 5 de agosto de 2012
Emociones en el cine
Más de una vez he comentado que mi cine favorito es el francés. Y si no lo he dicho, aquí queda para siempre, pues lo reitero con plena seguridad de que no voy a cambiar de opinión. Para mí, ir a ver películas francesas, es un placer ya de antemano, y no me suelen decepcionar. Este semana me he empapado de cine francés, y he salido ambas veces feliz de la sala, y a la vez muy conmovida y sorprendida positivamente. Y es que las películas francesas suelen tratar de personas y problemas reales, tienen a la vez ese humor fino dialéctico y por contra, ese silencio que tanto me gusta en las películas. No necesito efectos especiales, sino personas, miradas, o diálogos electrizantes, o todo junto.
Ayer vi Le prénom, que no sé cómo la traducirán cuando la estrenen en España, pero sería 'El nombre de pila'. Una vez presentados al comienzo de la película de una manera humorística los personajes principales con su vida actual y cómo llegaron hasta ahí, la trama se desarrolla en casa de un matrimonio, que invita al hermano de la mujer, al mejor amigo de ésta, y en plena pelea desatada luego llega la mujer embarazada del hermano. La bronca viene porque el futuro padre cuenta cuál es el nombre que han elegido: Adolph. La discusión se centra primero en la desgracia que supondrá para el niño tener ese nombre, que está manchado por la historia, pues por mucho que lo escriban con ph, la referecia será a Hitler, por mucho que Adolph sea también el nombre de uno de los personajes clave de la literatura francesa. Lo que empieza con un análisis de todos los nombres que en realidad no se podrían dar por estar manchados por la historia, acaba en ataques personales de todos contra todos, y más de una confesión que acabará en drama. La película sorprende en todo momento, y si no cuento más es precisamente por eso, porque van saliendo cosas inesperadas, y la fuerza reside precisamente en eso. Parece una obra de teatro, y tiene esa dinámica. No la vi en francés, sino en alemán, y si algo me sorprendió es que las discusiones en alemán hablando tan rápido parecían innaturales. La lengua alemana se habla más pausadamente y debió ser toda una ardua tarea para los que la sincronizaron el meter en ese espacio de tiempo tantas palabras alemanas, pero yo observé varias veces las bocas disparando tanto en alemán, y me sonaba raro. Por eso supongo que la traducción al español será mucho más viable y real. Pero aún así de no haberla visto en su versión original (probablemente no hubiese entendido ni la mitad, con tanta rapidez), resulta sorprendente y fresca, y muestra como detrás de toda la fachada que llevamos todos como escaparate, se esconde rabia, frustaciones, dolor, descontento. Lo que parece un tema normal de una tarde en familia, hace terminar la reunión en un gran fiasco.
Y hoy (por fin) he visto Intocable, esa película francesa que ha sido la segunda más taquillera en Francia hasta ahora, después de Bienvenidos al norte, otra joya del cine francés. Hoy por fin fui, y sola, pues todos a los que he preguntado la habían visto ya, por lo mucho que he tardado en ir, y sorprendentemente, o no por lo buena que es, la siguen echando desde enero. Revindico el ir al cine solo. No pasa absolutamente nada, nadie le come a uno, y hay cantidad de gente que lo hace; pruébenlo; es mejor que quedarse sin ver ciertas películas. Volviendo a la película, supongo que muchos la habrán visto ya, por lo que no voy a dar muchos detalles. La mezcla entre ese millonario tetrapléjico y ese improvisado cuidador negro de la banlieue parisina, al que el paciente le da el trabajo porque no le muestra ningún tipo de compasión. A través de él recobrará la alegría de disfrutar de las pequeñas cosas. A mí me parece sublime verle reír en la silla de ruedas tanto a lo largo de la película, y verle lleno de emoción en muchos momentos. De la misma manera, el cuidador se ganará el cariño de todos en la casa, a pesar de los prejucios iniciales de todos y de sus formas bruscas en muchos casos, pero por su sinceridad y frescura en todo momento. Yo me he emocionado varias veces a lo largo de la película, y lo hago ahora mientras escribo esto. Que llore yo en el cine no es nada difícil, pero la película es una reflexión sobre la vida, sobre los que lo tienen todo, pero no tienen nada, y los que no tienen nada, pero pueden darlo todo. Y a su vez es una película que lo tiene todo: humor y tristeza, ternura y dureza, fragilidad y prepotencia. He visto pocas películas en las que las lágrimas y las risas estaban tan cerca las unas de las otras. Como la vida misma.
Por cierto que la de ayer también me emocionó, pero porque me encuentro en una fase de mi vida en la que como dije alguna vez, muchas películas, muchas canciones y muchos libros parecen hablar de mí. No es egocentrismo, lo aseguro. Pero eso es lo bueno del cine, y si es francés, será más fácil aún. No se pierdan ninguna de las dos.
Ayer vi Le prénom, que no sé cómo la traducirán cuando la estrenen en España, pero sería 'El nombre de pila'. Una vez presentados al comienzo de la película de una manera humorística los personajes principales con su vida actual y cómo llegaron hasta ahí, la trama se desarrolla en casa de un matrimonio, que invita al hermano de la mujer, al mejor amigo de ésta, y en plena pelea desatada luego llega la mujer embarazada del hermano. La bronca viene porque el futuro padre cuenta cuál es el nombre que han elegido: Adolph. La discusión se centra primero en la desgracia que supondrá para el niño tener ese nombre, que está manchado por la historia, pues por mucho que lo escriban con ph, la referecia será a Hitler, por mucho que Adolph sea también el nombre de uno de los personajes clave de la literatura francesa. Lo que empieza con un análisis de todos los nombres que en realidad no se podrían dar por estar manchados por la historia, acaba en ataques personales de todos contra todos, y más de una confesión que acabará en drama. La película sorprende en todo momento, y si no cuento más es precisamente por eso, porque van saliendo cosas inesperadas, y la fuerza reside precisamente en eso. Parece una obra de teatro, y tiene esa dinámica. No la vi en francés, sino en alemán, y si algo me sorprendió es que las discusiones en alemán hablando tan rápido parecían innaturales. La lengua alemana se habla más pausadamente y debió ser toda una ardua tarea para los que la sincronizaron el meter en ese espacio de tiempo tantas palabras alemanas, pero yo observé varias veces las bocas disparando tanto en alemán, y me sonaba raro. Por eso supongo que la traducción al español será mucho más viable y real. Pero aún así de no haberla visto en su versión original (probablemente no hubiese entendido ni la mitad, con tanta rapidez), resulta sorprendente y fresca, y muestra como detrás de toda la fachada que llevamos todos como escaparate, se esconde rabia, frustaciones, dolor, descontento. Lo que parece un tema normal de una tarde en familia, hace terminar la reunión en un gran fiasco.
Y hoy (por fin) he visto Intocable, esa película francesa que ha sido la segunda más taquillera en Francia hasta ahora, después de Bienvenidos al norte, otra joya del cine francés. Hoy por fin fui, y sola, pues todos a los que he preguntado la habían visto ya, por lo mucho que he tardado en ir, y sorprendentemente, o no por lo buena que es, la siguen echando desde enero. Revindico el ir al cine solo. No pasa absolutamente nada, nadie le come a uno, y hay cantidad de gente que lo hace; pruébenlo; es mejor que quedarse sin ver ciertas películas. Volviendo a la película, supongo que muchos la habrán visto ya, por lo que no voy a dar muchos detalles. La mezcla entre ese millonario tetrapléjico y ese improvisado cuidador negro de la banlieue parisina, al que el paciente le da el trabajo porque no le muestra ningún tipo de compasión. A través de él recobrará la alegría de disfrutar de las pequeñas cosas. A mí me parece sublime verle reír en la silla de ruedas tanto a lo largo de la película, y verle lleno de emoción en muchos momentos. De la misma manera, el cuidador se ganará el cariño de todos en la casa, a pesar de los prejucios iniciales de todos y de sus formas bruscas en muchos casos, pero por su sinceridad y frescura en todo momento. Yo me he emocionado varias veces a lo largo de la película, y lo hago ahora mientras escribo esto. Que llore yo en el cine no es nada difícil, pero la película es una reflexión sobre la vida, sobre los que lo tienen todo, pero no tienen nada, y los que no tienen nada, pero pueden darlo todo. Y a su vez es una película que lo tiene todo: humor y tristeza, ternura y dureza, fragilidad y prepotencia. He visto pocas películas en las que las lágrimas y las risas estaban tan cerca las unas de las otras. Como la vida misma.
Por cierto que la de ayer también me emocionó, pero porque me encuentro en una fase de mi vida en la que como dije alguna vez, muchas películas, muchas canciones y muchos libros parecen hablar de mí. No es egocentrismo, lo aseguro. Pero eso es lo bueno del cine, y si es francés, será más fácil aún. No se pierdan ninguna de las dos.
jueves, 26 de julio de 2012
A las ricas fresas
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sábado, 30 de junio de 2012
El arte de amar el arte
Hoy he sentido pena de la baronesa Tita Cervera. Hay que tener mala suerte y tener todo ese capital en cuadros y no tener calderilla para tomarse un café. O tener mansiones aquí y allá y luego no pegar ojo por las noches en esas casas lujosas por no tener liquidez. Ya quisieran muchos tener los problemas de esa señora. Todo esto pensaba hoy yo en la hora y pico que me he perdido en el Museo Thyssen de Madrid, viendo la colección permanente, de ella y de él. He estado en muchos museos de pintura en diversas ciudades, pero en pocos me viene la sensación que tengo en éste, de emoción porque es tan completo de todas las épocas. Solo con el expresionismo alemán que tienen, una de mis épocas favoritas de la pintura, podrían montar un museo, o la pintura holandesa del Siglo de Oro, por no hablar de cuadros que a mí me quitan el hipo, como el de Ghirlandaio de Giovanna Tornabuoni.
Normalmente acudo a las exposiciones temporales pero no al museo en sí, que he visto bastantes veces. Pero es un verdadero placer "obligarme" a ver sus salas cada par de años. Las exposiciones temporales son normalmente un imán al público, y como lo fue el verano pasado la de Antonio López, lo es éste la de Edward Hopper. Tras el baño de las colecciones permanentes del museo, me ha encantado el juego de luces y sombras de los cuadros de este pintor norteamericano del siglo XX, esas imágenes tan de la costa este de EE.UU., que no conozco. No se la pierdan. De ésta exposición me acordaré siempre como de una que vi hace unos cuantos años que era sobre el retrato en el siglo XX y que recuerdo porque fue una que me hizo entender la pasión de muchos por la pintura, desde los artistas a los que coleccionan arte, o a los que como yo son capaces de estar en la cola, como he hecho más de una vez, para ver pintura.
Hoy he vuelto a sentir ese placer de nuevo, ya que gracias a esos museos, podemos ver obras que jamás veríamos. Por eso he sentido muchísima pena por la baronesa. Debe ser terrible ser tan altruista que no te quede ni calderilla para el tinte o para llevar a tus hijas al McDonalds.
Normalmente acudo a las exposiciones temporales pero no al museo en sí, que he visto bastantes veces. Pero es un verdadero placer "obligarme" a ver sus salas cada par de años. Las exposiciones temporales son normalmente un imán al público, y como lo fue el verano pasado la de Antonio López, lo es éste la de Edward Hopper. Tras el baño de las colecciones permanentes del museo, me ha encantado el juego de luces y sombras de los cuadros de este pintor norteamericano del siglo XX, esas imágenes tan de la costa este de EE.UU., que no conozco. No se la pierdan. De ésta exposición me acordaré siempre como de una que vi hace unos cuantos años que era sobre el retrato en el siglo XX y que recuerdo porque fue una que me hizo entender la pasión de muchos por la pintura, desde los artistas a los que coleccionan arte, o a los que como yo son capaces de estar en la cola, como he hecho más de una vez, para ver pintura.
Hoy he vuelto a sentir ese placer de nuevo, ya que gracias a esos museos, podemos ver obras que jamás veríamos. Por eso he sentido muchísima pena por la baronesa. Debe ser terrible ser tan altruista que no te quede ni calderilla para el tinte o para llevar a tus hijas al McDonalds.
domingo, 10 de junio de 2012
Aligerados
Sé que voy a parecer una exagerada, pero estoy convencida de que deberíamos mudarnos cada dos años de casa, pues si no lo haces acumulas y acumulas cosas como si te fuese en ello la vida. Seguimos adquiriendo cosas que en realidad no reemplazan a otras si no que se les añaden, y los años pasan y nos convertimos en coleccionistas de inutilidades sin darnos cuenta.
Hoy he sacado bolsas de cosas que no uso de mi habitación y me he quedado nueva. El armario sobre todo parece nuevo y aunque sea una tarea que solemos postergar, el resultado nos hace sentir más ligeros por quitarnos todo eso que incluso nos impide ver lo importante. Por qué nos empeñamos en conservar ropa demasiado usada, que ya no nos ponemos hace mucho pero que guardamos por lo muchísimo que nos la pusimos y nos da cosa tirarla. Luego existen aquellas compras que no debimos hacer, cosas rebajadas que compramos justo por eso, pero que tampoco son de nuestro gusto, y por eso no nos las hemos puesto casi. Y luego las cosas que sí que nos gustaron un tiempo, pero ya no, así que fuera también. Pero lo mejor es lo que he sacado que era tres tallas más grande, lo menos, de lo que uso ahora y mi hija no se lo podía creer, pero una falda sobre todo hablaba mundos de una época gorda mía, la verdad sea dicha. Qué ciegos estamos a veces, pero si veo fotos de esa época, y veo lo que saqué ya en otro ataque de limpieza y mucho de hoy es obvio. Así que a veces evolucionamos para bien.
Días así liberan de mucho lastre del pasado, nos hacen situarnos en el presente mejor, y a mí hasta me hacen mirar hacia delante. Hoy me siento además con ganas de retomar algo que dejé aparcado con mucha tristeza hace justo un año y ocho meses, por una lesión fuerte. Siento que ha llegado el momento de volverme a calzar las zapatillas. Sé que no va a ser lo mismo que antes, pero está bien así. Correré con lo mucho que he aprendido en todo este tiempo de pausa, en el que salvo el correr, nada ha parado. Deséenme suerte, unas buenas rodillas, y sobre todo una buena cabeza.
Hoy he sacado bolsas de cosas que no uso de mi habitación y me he quedado nueva. El armario sobre todo parece nuevo y aunque sea una tarea que solemos postergar, el resultado nos hace sentir más ligeros por quitarnos todo eso que incluso nos impide ver lo importante. Por qué nos empeñamos en conservar ropa demasiado usada, que ya no nos ponemos hace mucho pero que guardamos por lo muchísimo que nos la pusimos y nos da cosa tirarla. Luego existen aquellas compras que no debimos hacer, cosas rebajadas que compramos justo por eso, pero que tampoco son de nuestro gusto, y por eso no nos las hemos puesto casi. Y luego las cosas que sí que nos gustaron un tiempo, pero ya no, así que fuera también. Pero lo mejor es lo que he sacado que era tres tallas más grande, lo menos, de lo que uso ahora y mi hija no se lo podía creer, pero una falda sobre todo hablaba mundos de una época gorda mía, la verdad sea dicha. Qué ciegos estamos a veces, pero si veo fotos de esa época, y veo lo que saqué ya en otro ataque de limpieza y mucho de hoy es obvio. Así que a veces evolucionamos para bien.
Días así liberan de mucho lastre del pasado, nos hacen situarnos en el presente mejor, y a mí hasta me hacen mirar hacia delante. Hoy me siento además con ganas de retomar algo que dejé aparcado con mucha tristeza hace justo un año y ocho meses, por una lesión fuerte. Siento que ha llegado el momento de volverme a calzar las zapatillas. Sé que no va a ser lo mismo que antes, pero está bien así. Correré con lo mucho que he aprendido en todo este tiempo de pausa, en el que salvo el correr, nada ha parado. Deséenme suerte, unas buenas rodillas, y sobre todo una buena cabeza.
martes, 27 de marzo de 2012
Juntos pero no revueltos
Uno de mis pocos placeres invernales es comer Skrei, como se llama aquí al bacalao fresco noruego. Los noruegos distinguen entre el bacalao que vive en la costa, y el de alta mar. Yo, que solo conocía el bacalao en salazón, tardé muchos años en darme cuenta de que el fresco está tan bueno (aquí no se come el salado), aunque el normal fresco no tiene nada que ver con esta variedad noruega de alta mar. De enero a marzo, el bacalao de invierno llega para reproducirse a las Islas Lofoten noruegas, Skrei en noruego significa 'caminante', y este viaje le da su nombre a esta especie, porque viaja del Ártico a desovar 400 km más abajo. Y el hombre lleva siglos entrometiéndose en este proceso, ya desde el siglo XII concretamente, cuando el bacalao en salazón era ya el producto número uno de exportación noruega. Durante años la pesca fue tan abusiva, que se temió por este pescado, y por eso hoy día están prohíbidas las redes grandes convencionales, y se cogen de una manera menos agresiva y con redes mucho más pequeñas, anzuelos individuales, y los suben uno a uno a bordo y los preparan a mano. El sello "Skrei" es como una "Denominación de origen", que garantiza un proceso de pesca y elaboración, y aquí por eso se vende bajo ese nombre, que lo distingue del bacalao fresco normal. Yo, cuando lo veo en las pescaderías entre enero y marzo, aplaudo, de lo que me gusta, y me lo como con tal placer que saboreo esos mares que saben a mar de verdad y que (por suerte) jamás pisaré (yo no me congelo voluntariamente). Y sin embargo hoy me siento "algo" mal al saber que dejan a sus hijos huérfanos, y que a éstos luego las corrientes les empujan hacia el norte a su vez, y volverán para lo mismo que sus desaparecidos padres, otro enero más, y yo y muchos enterados más estaremos esperando.
Hoy me he preparado el que será mi último Skrei de la temporada, y como a mis hijas no les gusta el pescado en general (algo que me subleva, por mucho que haya que cuidar los fondos marinos), me lo he preparado para mí solita, pero para que comiesen algo he hecho una tortilla de patatas. Al ver las dos cosas en la mesa, pensé que era comida fusión: el norte y el sur reunidos en la mesa, aunque juntos pero no revueltos. Y como mi vida es fusión, empiezo a plantearme crear una comida fusión entre la alemana y la española, estilo tex-mex, o la cajún, mezcla de culturas. ¿Qué tal una paella de salchichas, o una tortilla de skrei, del bacalao fresco noruego?, pensaba hoy. Pero de momento la fusión la entiendo como la convergencia de norte y sur en la mesa, con dos placeres inigualables. Lo bueno de la tortilla de patata es que no tiene temporada, y te la puedes hacer en cualquier momento y en cualquier país, al encontrar los ingredientes fácilmente. Yo no sé las que llevo hechas ya en mi vida fuera de España, pues suele gustar mucho a los alemanes. Pero ahora caigo en una comida fusión que no me gusta nada: cuando voy a restaurantes españoles en Alemania y me encuentro platos típicos adaptados hasta paracere irreconocibles. Suelo salir decepcionada, y por eso voy poco. Lo que ponen a menudo como tortilla de patatas es una mezcla más bien de huevos y trozos gigantes de cebollas y algo de patatas, pero predomina la cebolla. Por decisión de uno de mis cursos de español fuimos a tomar unas tapas hace un par de meses, y admito que se me cayó el alma a los pies cuando vi que a las lonchas de jamón serrano le habían echado toneladas de pimienta recién molida encima, o que los boquerones en vinagre eran en escabeche, y ni se parecían, o que como tapas entendían filetes de pavo gigantes y otros tipos de carne de aquí con cantidad de pimienta. Esa adaptación al gusto local acaba por destrozar la comida auténtica de muchos países, o la imagen de ella. Aunque de la misma manera alguien me contó una vez que fue a una boda de chinos que se celebró con comida auténtica, para su pesar. Los novios y las familias eran chinos auténticos y se celebró en un restaurante chino de Hamburgo. Los alemanes no probaron bocado, pues como me contaba esa persona, la comida no se parecía nada a lo que comemos en Europa en los restaurantes chinos, todo picadito, sin huesos. Los platos chinos de verdad llevan de todo: huesos, ternillas, y todo, y que pudieron comprobar que en la mesa había platos con partes animales que jamás se ven en Alemania, donde no existen casquerías, por ejemplo.
Pero lo de la comida fusión lo seguiré desarrollando a mi manera: como hacerme de primero una buena sopa de tomate alemana, que me encanta, con unas croquetas de jamón de segundo, y combinaciones así. Arrejuntamientos improvisados que no maridaje, como se dice tanto hoy día.
Hoy me he preparado el que será mi último Skrei de la temporada, y como a mis hijas no les gusta el pescado en general (algo que me subleva, por mucho que haya que cuidar los fondos marinos), me lo he preparado para mí solita, pero para que comiesen algo he hecho una tortilla de patatas. Al ver las dos cosas en la mesa, pensé que era comida fusión: el norte y el sur reunidos en la mesa, aunque juntos pero no revueltos. Y como mi vida es fusión, empiezo a plantearme crear una comida fusión entre la alemana y la española, estilo tex-mex, o la cajún, mezcla de culturas. ¿Qué tal una paella de salchichas, o una tortilla de skrei, del bacalao fresco noruego?, pensaba hoy. Pero de momento la fusión la entiendo como la convergencia de norte y sur en la mesa, con dos placeres inigualables. Lo bueno de la tortilla de patata es que no tiene temporada, y te la puedes hacer en cualquier momento y en cualquier país, al encontrar los ingredientes fácilmente. Yo no sé las que llevo hechas ya en mi vida fuera de España, pues suele gustar mucho a los alemanes. Pero ahora caigo en una comida fusión que no me gusta nada: cuando voy a restaurantes españoles en Alemania y me encuentro platos típicos adaptados hasta paracere irreconocibles. Suelo salir decepcionada, y por eso voy poco. Lo que ponen a menudo como tortilla de patatas es una mezcla más bien de huevos y trozos gigantes de cebollas y algo de patatas, pero predomina la cebolla. Por decisión de uno de mis cursos de español fuimos a tomar unas tapas hace un par de meses, y admito que se me cayó el alma a los pies cuando vi que a las lonchas de jamón serrano le habían echado toneladas de pimienta recién molida encima, o que los boquerones en vinagre eran en escabeche, y ni se parecían, o que como tapas entendían filetes de pavo gigantes y otros tipos de carne de aquí con cantidad de pimienta. Esa adaptación al gusto local acaba por destrozar la comida auténtica de muchos países, o la imagen de ella. Aunque de la misma manera alguien me contó una vez que fue a una boda de chinos que se celebró con comida auténtica, para su pesar. Los novios y las familias eran chinos auténticos y se celebró en un restaurante chino de Hamburgo. Los alemanes no probaron bocado, pues como me contaba esa persona, la comida no se parecía nada a lo que comemos en Europa en los restaurantes chinos, todo picadito, sin huesos. Los platos chinos de verdad llevan de todo: huesos, ternillas, y todo, y que pudieron comprobar que en la mesa había platos con partes animales que jamás se ven en Alemania, donde no existen casquerías, por ejemplo.
Pero lo de la comida fusión lo seguiré desarrollando a mi manera: como hacerme de primero una buena sopa de tomate alemana, que me encanta, con unas croquetas de jamón de segundo, y combinaciones así. Arrejuntamientos improvisados que no maridaje, como se dice tanto hoy día.
lunes, 12 de marzo de 2012
Al ataque
Hoy han sido divisadas las primeras cigüeñas en Alemania. Y eso significa, dicen los expertos, que la primavera ya está aquí: primero llegan los machos y preparan el nido, y a las dos semanas las hembras con las crías, una vez que está todo listo. Qué sabia es la naturaleza: eso sí que es saber mudarse. Pero si han venido ya las primeras cigüeñas, es porque por fin hoy hemos tenido el primer día primaveral de este año. Como las cigüeñas, yo me he instalado hoy por primera vez en una heladería, fuera, a degustar el primer helado de la temporada al aire libre. Y en eso el norte y el sur de Alemania son iguales, y todo el país, donde el helado es ese pan nuestro de cada día cuyo precio nos importa igual que el de una barra de pan. El otro día el periódico anunciaba que las heladerías alemanas se están preparando para la temporada, y a la vez nos daban la buena nueva: los precios se mantienen estables. Eso significa que la bola de helado cuesta entre 80 cts o 1 euro. Los alemanes consumen de media 8 litros de helado al año. Los sabores favoritos son los clásicos, vainilla y chocolate. Yo cumplo con la media, estoy segura, pero no con los sabores. Hoy había que empezar con los 8 litros, al hacer 15 grados y sol. Qué bien me sientan las primeras cigüeñas, pues pánico me da cuando se van en otoño, el primer helado del año al aire libre, y los rayitos de este sol primaveral que nos devuelve a la vida.
viernes, 10 de febrero de 2012
Mi cocidito hamburgués
Ay lo que me estoy riendo ahora mismo, y no me viene mal. Yo misma me curo en salud, tras mis más bajos momentos, y ayer, antes de meterme en la cama mucho más antes de lo normal, saqué todo lo necesario del congelador para hacerme hoy un buen cocido, puse en remojo los garbanzos, los del alijo, y a descansar la víspera de hacérmelo. Y ya está en marcha, y mientras empieza a cocer la olla, empiezo el post, que es como otro plato de (casi) cada día.
Llevo toda la semana riéndome también con lo que me dijo mi hermana el otro día por teléfono, referente a facebook o blogs. Me dijo muy divertida que ella no tiene experiencias interesantes, ni nada tan curioso que contar como otra gente, y yo me reí, y le dije que eso no es cierto, que a diario vivimos muchas cosas dignas de ser contadas, y que si las ponemos bajo el prisma y la perspectiva adecuada, se convierten en algo especial y gracioso. Lo que unas veces nos hará llorar, otras nos lo tomaremos con guasa y nos reiremos de nosotros mismos. Y a mí hoy, al pensar en mi cocido, se me ha venido a la cabeza la cancion de Manolo Escobar, la del "Cocidito madrileño". Como salvo algo del estribillo, no me sabía la letra, la he buscado, pues todo se puede analizar desde el punto de vista científico, y aquí va tal joya de la cultura española, para los que no se han parado como yo a pensar que nuestro arraigo cultural lo mamamos con las cancioncillas de la radio de nuestra infancia:
A mí me toca ahora echarle los garbanzos, que ya ha cocido la carne, y solo sé que mis hijas, en cuanto entren por la puerta, dirán "huele a casa de la abuela". El único problema de que no hago casi nunca cocido es que cuando me pongo, echo todo el alijo, y me sale cocido para un regimento, y mis hijas acaban protestando cuando se lo saco, tras congelarlo, una vez por semana hasta que se acaba. Pero tienen que mamarlo, como lo hice yo, que por eso me gusta tanto, aunque reconozco que si le ponen a un alemán tal plato, lo mirará con recelo, como yo he hecho a veces con los de más arraigo de aquí, hasta que los he probado y me he acostumbrado a la mezcla. ¡Jo, qué bien huele mi cocido! Benditas las puntas de jamón, imposibles de comprar aquí, que me metió mi madre en algún otro alijo.
Llevo toda la semana riéndome también con lo que me dijo mi hermana el otro día por teléfono, referente a facebook o blogs. Me dijo muy divertida que ella no tiene experiencias interesantes, ni nada tan curioso que contar como otra gente, y yo me reí, y le dije que eso no es cierto, que a diario vivimos muchas cosas dignas de ser contadas, y que si las ponemos bajo el prisma y la perspectiva adecuada, se convierten en algo especial y gracioso. Lo que unas veces nos hará llorar, otras nos lo tomaremos con guasa y nos reiremos de nosotros mismos. Y a mí hoy, al pensar en mi cocido, se me ha venido a la cabeza la cancion de Manolo Escobar, la del "Cocidito madrileño". Como salvo algo del estribillo, no me sabía la letra, la he buscado, pues todo se puede analizar desde el punto de vista científico, y aquí va tal joya de la cultura española, para los que no se han parado como yo a pensar que nuestro arraigo cultural lo mamamos con las cancioncillas de la radio de nuestra infancia:
No me hable usté
de los banquetes que hubo en Roma.
Ni del menú
del hotel Plaza en Nueva York.
Ni del faisán
ni los foagrases de paloma,
ni me hable usté
de la langosta Thermidor.
Porque es que a mí,
sin discusión, me quita el sueño
y es mi alimento y mi placer
la gracia y sal
que al cocidito madrileño
le echa el amor de una mujer.
Estribillo:
Cocidito madrileño,
repicando en la buhardilla,
que me huele a yerbabuena
y a verbena en las Vistillas.
Cocidito madrileño
del ayer y del mañana.
Pesadumbre y alegría
de la madre y de la hermana.
A mirarte con ternura
yo aprendí desde pequeño.
Porque tú eres gloria pura,
porque tú eres gloria pura,
cocidito madrileño.
Digame usté
dónde hay un cuadro con más gracia
con el color
que da la luz del mes de abril,
cuando son dos
y están debajo de una acacia,
y entre los dos
un cocidito de albañil.
Cuando el querer
de la mujer le dice al dueño
de su hermosura y su pasión:
Toma, mi bien,
tu cocidito madrileño,
que dentro va mi corazón.
Estribillo.Olé, me cabe decir. Solo conocía lo del "porque tu eres gloria pura" pero el resto nada. Yo no sé lo que es la langosta Thermidor, pero la primera estrofa es antológica. Y el machismo de la canción genial. Ni Arzak ni ná, el cocido lo hace una mujer, y punto, y con amor hacia su hombre, nada de estrés, ni de malas conciliaciones, pues es su labor. Lo de imaginarte la verbena en las Vistillas, con mi mente fantasiosa, todavía se lo acepto, pero lo de la "pesadumbre" me escama. ¿Se refiere a después, por el efecto que todos conocemos de la legumbre? Pero es que encima, en una segunda lectura me doy cuenta de que la "pesadumbre y alegría" son solo las de la madre y la hermana, y él, hombre, mira con ternura al cocido, no a ellas que se lo preparan. Y el final es sublime, la mujer le hace al "dueño" de su hermosura y pasión (no es ella, claro) el cocido con su corazón. Creo que sería motivo de un estudio literario, el analizar las letras de las canciones de Manolo Escobar, y seguro que existen tales, y animo a todos a pararse a pensar en las letras, qué despiporre, como el "Dónde estará mi carro".
A mí me toca ahora echarle los garbanzos, que ya ha cocido la carne, y solo sé que mis hijas, en cuanto entren por la puerta, dirán "huele a casa de la abuela". El único problema de que no hago casi nunca cocido es que cuando me pongo, echo todo el alijo, y me sale cocido para un regimento, y mis hijas acaban protestando cuando se lo saco, tras congelarlo, una vez por semana hasta que se acaba. Pero tienen que mamarlo, como lo hice yo, que por eso me gusta tanto, aunque reconozco que si le ponen a un alemán tal plato, lo mirará con recelo, como yo he hecho a veces con los de más arraigo de aquí, hasta que los he probado y me he acostumbrado a la mezcla. ¡Jo, qué bien huele mi cocido! Benditas las puntas de jamón, imposibles de comprar aquí, que me metió mi madre en algún otro alijo.
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domingo, 8 de enero de 2012
El alijo
El alijo ha llegado bien. No sé lo que se pensaron los de las aduanas, pero debió parecer un cargamento muy peligroso. Yo no me había dado cuenta de ello hasta esta mañana, pero voy por partes. Anoche regresamos de unos días en Madrid, y por la noche nos dimos cuenta de que a una de las maletas les faltaba el candado. Al abrirla no eché en falta nada a primera vista, pero sí vi que habían revuelto todo. No me hizo gracia, pero no pude aclarar por qué hasta esta mañana, cuando he empezado a sacar las cosas. De repente veo el "alijo" a un lado de la maleta y no debajo de una caja con unas botas, donde lo puse. La caja me la han roto también, para sacar las sustancias de debajo a lo bestia. Supongo que iban con prisa, claro, pero así no se tratan las cosas de las maletas. Claro que si en vez de garbanzos, lentejas y judías pintas hubiese sido droga, supongo que daría igual cómo está la caja de las botas y el resto de la ropa. Estuve a punto de negarme esta vez a traerme la legumbre, pero cualquiera le niega nada a una madre que te dice que las de aquí no son tan "finas" como ésas, y me da las tres bolsas. Pero hoy le he dicho que es la última vez que traigo tal alijo en la maleta, pues si no me han roto la maleta es por poco, si me han robado algo, me daré cuenta próximamente, si echo a faltar algo. Y todo por unas lentejitas o garbanzos de los buenos.
Podría hacer un análisis de lo que han evolucionado las exportaciones a Alemania en las últimas dos décadas haciendo una relación de los artículos que he traído en mi maleta durante años. El producto estrella es el jamón, y ese sigue viniendo, pues aunque aquí lo hay ya, los buenos son demasiado caros aquí o inexistentes. Lomo ibérico también traigo, pues aquí no hay. Y chorizo y salchichón a veces, porque ésos ya se encuentran. El queso manchego lo desterré de la maleta hace tiempo, porque aquí lo hay ya, y en diversas variedades. Todavía me río ahora de la época en la que traía tomate frito Orlando o Solís, porque los tomates fritos aquí no me gustaban. Ahora encuentro éstos en la tienda española, por lo que me ahorro el peso. Durante años traje sardinas en conserva, y otras latas, hasta aceitunas. Dejé de traer conservas también hace mucho, porque aunque no sean las más "finas", las que venden en la tienda española cumplen su función, y ya no vienen de alijo en la maleta. Tampoco traigo ni Cola Cao, como hice alguna vez, ni gel Magno, pues ya lo tienen también. El surtido de la tienda española habrá ido creciendo a las sugerencia de los españoles hartos de traer en su maleta productos que les harían sonrojar de abrir los aduaneros la maleta delante de ellos.
Pero supongo que siempre habrá algo que traer. Legumbre ya no volveré a traer, pues he aprendido la lección. Pero a mi morcillita de Burgos, a las pipas (las de la tienda española son con sal), al lomo, y al jamón no renuncio ... En fin, la de alijos que volarán por el cielo estos y todos los días del año, de un país a otro. De aquí llevo salchichas, mazapán, chocolates, Curryketchup, un concentrado de tomate, y lo que le guste a mi gente en España. No se trata de alterar a los de las aduanas, que estaran curados de espanto, sino de darnos unos momentos de placer, aunque sea por unos minutos. Que el mundo sigue lleno de placeres banales e infinitos.
Podría hacer un análisis de lo que han evolucionado las exportaciones a Alemania en las últimas dos décadas haciendo una relación de los artículos que he traído en mi maleta durante años. El producto estrella es el jamón, y ese sigue viniendo, pues aunque aquí lo hay ya, los buenos son demasiado caros aquí o inexistentes. Lomo ibérico también traigo, pues aquí no hay. Y chorizo y salchichón a veces, porque ésos ya se encuentran. El queso manchego lo desterré de la maleta hace tiempo, porque aquí lo hay ya, y en diversas variedades. Todavía me río ahora de la época en la que traía tomate frito Orlando o Solís, porque los tomates fritos aquí no me gustaban. Ahora encuentro éstos en la tienda española, por lo que me ahorro el peso. Durante años traje sardinas en conserva, y otras latas, hasta aceitunas. Dejé de traer conservas también hace mucho, porque aunque no sean las más "finas", las que venden en la tienda española cumplen su función, y ya no vienen de alijo en la maleta. Tampoco traigo ni Cola Cao, como hice alguna vez, ni gel Magno, pues ya lo tienen también. El surtido de la tienda española habrá ido creciendo a las sugerencia de los españoles hartos de traer en su maleta productos que les harían sonrojar de abrir los aduaneros la maleta delante de ellos.
Pero supongo que siempre habrá algo que traer. Legumbre ya no volveré a traer, pues he aprendido la lección. Pero a mi morcillita de Burgos, a las pipas (las de la tienda española son con sal), al lomo, y al jamón no renuncio ... En fin, la de alijos que volarán por el cielo estos y todos los días del año, de un país a otro. De aquí llevo salchichas, mazapán, chocolates, Curryketchup, un concentrado de tomate, y lo que le guste a mi gente en España. No se trata de alterar a los de las aduanas, que estaran curados de espanto, sino de darnos unos momentos de placer, aunque sea por unos minutos. Que el mundo sigue lleno de placeres banales e infinitos.
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martes, 25 de octubre de 2011
Octubre de oro
Este año me lo creo, no como otros. Existe un término para el mes de octubre, que otros años me suena a metáfora: goldener Oktober, 'octubre de oro'. En verano y en septiembre, y más si el tiempo ha sido pésimo, como este año, la gente se (o te) consuela diciéndote que por suerte vendrá el "octubre de oro", a lo que yo digo siempre que "si eso...", "que a lo mejor...", pues no me lo creo. Muchos años tal mes pasa en remojo, y las hojas en sus tonalidades ocres y rojos de toda la gama son un incordio desde el primer momento y a falta de sol, no se disfruta del espectáculo que nos ofrece la naturaleza. Pero este año es real: el sol está haciendo brillar a las hojas como nunca, o al menos me lo parece a mí, porque cada otoño que vivo inmersa en la naturaleza me gusta más aún que el anterior, aunque sea la estación que da paso a la nada: los árboles pierden sus hojas y dejan su desnudez al frío, pero antes de hacerlo, en su vejez, las hojas se hacen más visibles que nunca. La naturaleza se prepara, como la ardillita que mis hijan han pillado in fraganti guárdandose sus provisiones para el invierno en nuestro jardín, todo un honor. Hoy bromeábamos diciendo que le podemos poner unas cuantas nueces o cacahuetes de los comprados, o de paso darle yogures, helados o chocolates, pero todo con sabor a avellana o con ellas dentro. Por suerte la ardilla no nos necesita, y bellotas y de todo hay por ahí: no hay más que mirar alrededor, en uno de los octubres más auténticos que he visto.
domingo, 25 de septiembre de 2011
Un domingo (que parece) cualquiera
Domingo de compras. Eso es muy raro en Alemania, ya que tan solo son unos cuantos al año, y con algún permiso especial, tres o cuatro como mucho. Hoy ha sido uno de ellos, y lo he aprovechado, pues el tiempo tan soleado que tenemos de repente, animaba a hacer algo. Estamos de lleno en el veranillo de San Miguel, aquí denominado Altweibersommer, que se entiende como el 'verano de las mujeres viejas', y que a mí me parece un término muy feo, pero acabo de ver que etimológicamente tiene que ver con las telas tan grandes de araña que se ven estos días de comienzo del otoño. Y aunque fuesen las mujeres viejas las que nos lo mandan, alabadas sean.
Como aquí cualquier rayito de sol a "destiempo" parece un regalo de los dioses, y nos da igual si es verano u otoño, el centro estaba que se venía abajo de gente. Si algo me gusta de Alemania es lo bien que se hacen las cosas sin pasarse a menudo. Por ejemplo: que abran las tiendas un domingo, no significa la salvajada del comercio en España, pues tan solo abren de 13 a 18 horas, y nada más. No es todo el día, pero permite darse un buen paseíto y gastar, que es lo que se pretende, y es la hora central del día. De esa manera la gente también come, y se benefician todos los locales de alrededor. Hoy ponía que el motivo era el comienzo del otoño, y el siguiente es para noviembre. No se abre el primer domingo de mes, ni existe ninguna norma, ni siquiera en Navidades, sino que tan solo se abre unos cuantos sueltos al año.
Yo he vivido en países de apertura de tiendas todos o bastantes domingos del año, y por supuesto que le veo ventajas. Sin embargo, para los dependientes de las tiendas, que ya trabajan el sábado en muchos casos, les supone sacrificar el fin de semana entero. En Alemania, el cierre de los domingos se justifica a capa de espada, como día de las familias, de descanso, ya que horario suficiente para comprar hay de sobra. Y yo pienso que sí. Cuando llegué a Alemania en 1990, los horarios eran bastante penosos: las tiendas cerraban a las seis de la tarde entre semana, y los sábados a las dos de la tarde. Recuerdo uno de mis primeros sábados en Hamburgo, cómo, cuando cerraron las tiendas un sábado a las dos de la tarde, el centro se quedó vacío, y yo deprimida al ver que se acababa la vida en la ciudad. Con el paso de los años fue ampliándose el horario: primero hasta las siete de la tarde, luego los jueves era la "tarde larga", hasta las ocho, y hace ya muchos años que se empezó a dejar todo abierto hasta las ocho de la tarde, sábados incluidos. Creo que desde entonces las ciudadas alemanas, cuyo centro cuando no están las tiendas abiertas, parecían muertas los domingos, ganaron en vida, y muchos de los cafés o restaurantes que abrieron al abrigo de tantas horas de apertura, siguen abiertos ahora los domingos, y el centro parece vivo un domingo también.
Hoy parecía un sábado, y la gente copaba calles, tiendas y cafés, y lo más... la recién estrenada tienda de Apple en pleno Jungfernstieg, una de las zonas de más tránsito en el centro. La tienda estaba llenita, con tales mareas humanas, que me pregunto cómo estará cuando se acerquen las Navidades. Mi hija y yo hemos estado investigando los aparatitos último modelo y yo he decubierto un App que me permite descargarme clásicos de manera legal y gratuita. Para que se sepa, el App ibooks permite bajarse obras clásicas de la literatura universal de manera gratuita. Me he ido feliz de la tienda, sin haber comprado nada, pero con Fausto y La metamorfosis en mi iphone. Y feliz para casa a las seis de la tarde (más horas de compra no se necesitan un domingo) de haber pasado unas horas estupendas con mi hija, que parece ya una señorita y que es una perfecta compañía en un día precioso en el centro de Hamburgo lleno de vida.
Como aquí cualquier rayito de sol a "destiempo" parece un regalo de los dioses, y nos da igual si es verano u otoño, el centro estaba que se venía abajo de gente. Si algo me gusta de Alemania es lo bien que se hacen las cosas sin pasarse a menudo. Por ejemplo: que abran las tiendas un domingo, no significa la salvajada del comercio en España, pues tan solo abren de 13 a 18 horas, y nada más. No es todo el día, pero permite darse un buen paseíto y gastar, que es lo que se pretende, y es la hora central del día. De esa manera la gente también come, y se benefician todos los locales de alrededor. Hoy ponía que el motivo era el comienzo del otoño, y el siguiente es para noviembre. No se abre el primer domingo de mes, ni existe ninguna norma, ni siquiera en Navidades, sino que tan solo se abre unos cuantos sueltos al año.
Yo he vivido en países de apertura de tiendas todos o bastantes domingos del año, y por supuesto que le veo ventajas. Sin embargo, para los dependientes de las tiendas, que ya trabajan el sábado en muchos casos, les supone sacrificar el fin de semana entero. En Alemania, el cierre de los domingos se justifica a capa de espada, como día de las familias, de descanso, ya que horario suficiente para comprar hay de sobra. Y yo pienso que sí. Cuando llegué a Alemania en 1990, los horarios eran bastante penosos: las tiendas cerraban a las seis de la tarde entre semana, y los sábados a las dos de la tarde. Recuerdo uno de mis primeros sábados en Hamburgo, cómo, cuando cerraron las tiendas un sábado a las dos de la tarde, el centro se quedó vacío, y yo deprimida al ver que se acababa la vida en la ciudad. Con el paso de los años fue ampliándose el horario: primero hasta las siete de la tarde, luego los jueves era la "tarde larga", hasta las ocho, y hace ya muchos años que se empezó a dejar todo abierto hasta las ocho de la tarde, sábados incluidos. Creo que desde entonces las ciudadas alemanas, cuyo centro cuando no están las tiendas abiertas, parecían muertas los domingos, ganaron en vida, y muchos de los cafés o restaurantes que abrieron al abrigo de tantas horas de apertura, siguen abiertos ahora los domingos, y el centro parece vivo un domingo también.
Hoy parecía un sábado, y la gente copaba calles, tiendas y cafés, y lo más... la recién estrenada tienda de Apple en pleno Jungfernstieg, una de las zonas de más tránsito en el centro. La tienda estaba llenita, con tales mareas humanas, que me pregunto cómo estará cuando se acerquen las Navidades. Mi hija y yo hemos estado investigando los aparatitos último modelo y yo he decubierto un App que me permite descargarme clásicos de manera legal y gratuita. Para que se sepa, el App ibooks permite bajarse obras clásicas de la literatura universal de manera gratuita. Me he ido feliz de la tienda, sin haber comprado nada, pero con Fausto y La metamorfosis en mi iphone. Y feliz para casa a las seis de la tarde (más horas de compra no se necesitan un domingo) de haber pasado unas horas estupendas con mi hija, que parece ya una señorita y que es una perfecta compañía en un día precioso en el centro de Hamburgo lleno de vida.
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sábado, 17 de septiembre de 2011
Planten un Blomen: ayer y hoy
Hay otros lugares que tienen su Valle de los Caídos. He sabido hace nada de algo que desconocía, del pasado oscuro de un parque precioso en Hamburgo al que nadie se lo tiene en cuenta. Hamburgo es verde, tiene parques impresionantes, la ciudad parece un bosque, pero además tiene en pleno centro un capricho botánico espectacular en todas épocas del año. Contiene de todo: un parque infantil muy grande, flores, plantas y árboles de todo el mundo, un invernadero, cafés, una casita para la ceremonia de té japonesa, con su correspondiente jardín japonés, y en el lago en verano hay conciertos de agua y luces gratuitos a los que acuden muchos visitantes.
El parque de Planten un Blomen fue creado gracias al tesón de un profesor de botánica que pidió a la ciudad un terreno donde realizar un jardín botánico. Se lo concedieron y lo fundó plantando un platanero en la puerta principal del parque en 1821, que todavía existe y sigue creciendo, tras haber sobrevivido dos guerras mundiales, obras y contaminación. En unos pocos años consiguió plantas de todo el mundo, y quiso de esta manera realizar un centro de investigación y a la vez poner a disposición de la ciudadanía de a pie las maravillas botánicas del mundo.
Pero lo que yo no conocía, al igual que la mayoría, es la historia oscura del parque, que fue, como no pudo ser de otra manera, en los años más ignominiosos de Alemania. En 1935, el alcalde de Hamburgo anunció la apertura del parque tras su remodelación, para demostrar la magnitud del nacionalsocialismo, que utilizó el parque como medio de propaganda, para demostrar la eficiencia de la dictadura, haciendo alarde de su realización en un tiempo récord a cargo de 1800 parados. Poco tiempo después perdieron además aquí la vida cientos de presos de Neuengamme, el campo de concentración a las afueras de Hamburgo por trabajar en invierno con un frío mortal en labores muy duras. En 1941 había además en ese mismo parque, donde se encuentra ahora la feria de Hamburgo, dos campos de trabajo, en el que trabajaban más de mil personas.
Es difícil recordar tanto sufrimiento al ver ahora tanta belleza. La historia posterior hizo olvidar el lado amargo. El jardín fue escenario de varias ediciones de la IGA, (la exposición internacional de jardinería), en 1953, 1963 y 1973, a las que acudieron millones de visitantes. Desde la edición de 1953 los conciertos de agua siguen funcionando cada verano. Todos los días, de julio a septiembre, y durante media hora, hay un espectáculo de luces y agua, al compás de la música. Por motivos que desvelaré cualquiera de estos días, me hallo en una fase muy turística en Hamburgo, y por eso he vuelto hace poco a los conciertos de noche y hoy, de día, a disfrutar. Vean.
miércoles, 3 de agosto de 2011
La exposición del verano
Sin duda la exposición del verano en España es la del Museo Thyssen de Madrid dedicada a Antonio López, con mis respetos a otras que haya a lo largo de la geografía española. Como muchos acudan a verla dos veces, como yo, podrían romperse los récords de visitantes, y a día de hoy, según el telediario, van ya 120.000. Las entradas están agotadas rápidamente para el mismo día. Y no es para menos. Acudan en tropel. Merece la pena contemplar esas maravillas de cuadros incluso entre las masas. A mí no me importa contemplar arte con tropecientas mil personas, si éstas van a lo que van. Sin embargo me desagradan las masas borreguiles si acuden a un museo por haber leído un libro, como me ocurrió en el Louvre, del que salí espantada por los montones de gente que querían participar de las visitas guiadas con tema Código da Vinci, y no por el museo en sí.
¿No se dice siempre que España no trata bien a sus genios? Cabe remarcar que esta retrospectiva se está realizando en vida del pintor. Yo no sabía exactamente qué me esperaba, ya que su obra me era desconocida, y curiosamente al ver algunos de sus cuadros, me resultaron muy familiares. La muestra empieza con los platos fuertes, los cuadros de las últimas décadas. Sorprendente el cuadro del mueble antiguo de los de guardar la vajilla de antes, con detalles como las gotas de los ojos y hasta el prospecto sacado de la caja y la botella de anís, y otras. Luego la nevera, tal cual, abierta, hasta con el plato de las sobras puesto sobre el cazo, como hacemos cualquiera en nuestras neveras. Y los cuadros de Madrid, de ese realismo tan espectacular que muestran qué feos son muchos barrios, con el conglomerados de bloques de ladrillo. Y la Gran Vía. El cuadro más conocido de su obra lo pintó en seis años, por realizarlo siempre a la misma hora del día, para tener la misma luz. Que el pintor vive y su pintura está viva, se experimenta en su serie de cuadros sobre la parte alta de la Gran Vía, con vistas a Callao o la Plaza de España, que está en plena elaboración. Son cuadros titulados Gran Vía, tal día y tal hora, con lo que los pinta siempre a esa misma hora de ese día durante años.
La escultura juega un papel importante en su obra, con esas cabezas de bebés que hizo cuando para realizar esculturas de sus hijas o nietos. Los grabados, de su primera fase, impresionan, hechos solo a lápiz, y parecen hasta tener luz artificial en esas cocinas desvencijadas, esa habitación y su tres puertas. La obra de sus primeros años son retratos de los suyos en Tomelloso, y podrían ser cuadros de la familia de cualquiera. Si tuviera que resumir en dos términos los trabajos expuestos serían realismo y cercanía. No se la pierdan.
¿No se dice siempre que España no trata bien a sus genios? Cabe remarcar que esta retrospectiva se está realizando en vida del pintor. Yo no sabía exactamente qué me esperaba, ya que su obra me era desconocida, y curiosamente al ver algunos de sus cuadros, me resultaron muy familiares. La muestra empieza con los platos fuertes, los cuadros de las últimas décadas. Sorprendente el cuadro del mueble antiguo de los de guardar la vajilla de antes, con detalles como las gotas de los ojos y hasta el prospecto sacado de la caja y la botella de anís, y otras. Luego la nevera, tal cual, abierta, hasta con el plato de las sobras puesto sobre el cazo, como hacemos cualquiera en nuestras neveras. Y los cuadros de Madrid, de ese realismo tan espectacular que muestran qué feos son muchos barrios, con el conglomerados de bloques de ladrillo. Y la Gran Vía. El cuadro más conocido de su obra lo pintó en seis años, por realizarlo siempre a la misma hora del día, para tener la misma luz. Que el pintor vive y su pintura está viva, se experimenta en su serie de cuadros sobre la parte alta de la Gran Vía, con vistas a Callao o la Plaza de España, que está en plena elaboración. Son cuadros titulados Gran Vía, tal día y tal hora, con lo que los pinta siempre a esa misma hora de ese día durante años.
La escultura juega un papel importante en su obra, con esas cabezas de bebés que hizo cuando para realizar esculturas de sus hijas o nietos. Los grabados, de su primera fase, impresionan, hechos solo a lápiz, y parecen hasta tener luz artificial en esas cocinas desvencijadas, esa habitación y su tres puertas. La obra de sus primeros años son retratos de los suyos en Tomelloso, y podrían ser cuadros de la familia de cualquiera. Si tuviera que resumir en dos términos los trabajos expuestos serían realismo y cercanía. No se la pierdan.
domingo, 24 de julio de 2011
Madrid en verano
En Madrid se pueden hacer muchas cosas todo el año, eso es evidente, pero a los que piensen que Madrid es un lugar insoportable en estío les digo que no, que es una buenísima ocasión para visitar la ciudad. No es como antes, cuando en agosto se quedaba vacía la ciudad con un cartel invisible de "cerrado por vacaciones". Desde que la gente es más flexible y no necesita irse siempre en agosto de vacaciones, o el dinero no da para irse un mes fuera, me da la sensación de que nada se paraliza, y menos la vida cultural. Otras ciudades europeas se convierten un hervidero de turistas: Paris, Praga, Florencia, Barcelona también. En Madrid hay turistas pero nunca tienes la impresión de que la tomen, y el metro no va lleno de masas con guías en la mano. Y sin embargo tenemos también nuestro Prado, Thyssen y Reina Sofía, nuestra Plaza Mayor y nuestro Palacio Real. Ir al Retiro, y verlo tan lleno de madrileños me da mucho gusto. Ir al Thyssen y ver la exposición llena de "turismo" nacional también. Y Madrid recibe bien a los visitantes y no los agobia. De eso se encargan los rateros: hoy he leído que muchos extranjeros inician su visita a Madrid con una visita a la comisaría de centro, a la que acuden muchos a los que roban el dinero y los papeles nada más llegar. Hablaba el artículo de que la labor que tienen que realizar es la de animar a la gente a que disfruten de sus vacaciones a pesar de todo... Triste empezar una visita así a una ciudad que ofrece tanto, y que recibe a los turistas de una manera tan natural como Madrid, y sin hacer un alarde especial de ello como hacen otras ciudades, pienso.
El verano es un buen momento incluso para los del lugar para descubrir su ciudad, e ir a esos sitios a los que querían ir siempre. Qué tal por la modernidad llamada Fuencarral y que a mí tanto me gusta, esa calle ahora (o ya un tiempo) peatonal, y que es un buen lugar para darle un buen repaso a la tarjeta de crédito, y volverse modernísimo. Al que no conozca la calle Augusto Figueroa con sus muestrarios de calzados que a mí me dieron a conocer unas americanas hace 20 años porque venía en su guía, y de la que soy asidua cada visita a Madrid, les recomiendo ahora que añadan un punto nuevo a la visita: el Mercado de San Antón, reconvertido a la modernidad. Lo mismo hizo el de San Miguel hace un par de años, pero a mí me parece que con todo lo bonito que quedó, se ha quedado en un "guirilandia", un sitio bonito que viene en la guía y donde tomarse algo a precios muy europeos, o incluso más que eso. El Mercado de San Antón no es para hacer la compra semanal para una familia, eso tampoco, pero sí para darse un caprichito, ir y disfrutar, comprarse algo, tomar algo, y llevarse algo especial para casa. Arriba en el tejado tienen una buena terraza donde pedirse algo viendo los tejados de Chueca, el barrio gai de Madrid, y que a mí me encanta, por la mezcla de todo que tiene.
Imposible no tomarse algo en la infinidad de terrazas que tiene la ciudad en verano, por todas partes, y muchas en lugares que animan a pararse. A mí me encanta hacerlo hasta sola, pedirme algo y ver a la gente pasar. Para ello Madrid tiene lugares estupendos: Recoletos, la zona de Bailén y la Latina.
miércoles, 22 de junio de 2011
La leche y los yogures, griegos o no
Iba a escribir de puentes y de un libro que acaba de salir, de escribir, y de nuevas y viejas experiencias con la escritura, cuando de repente un titular real se me ha puesto en el camino: "La triste realidad de los lácteos españoles", del blog "El Comidista", que explica la mala calidad de la leche en España según un estudio de no sé qué sitio. En los comentarios al post hay gente que pone en duda esos resultados, pero se puede creer o no creer, como en todo, pero es que hay que ser poco científico para darse cuenta de la evidencia, o no dársela, pero solo si no has probado otros más allá de las fronteras españolas.
No soy bebedora de leche, y menos en estado puro, con nata, y como era en la antigüedad, leche natural, pues hasta yo recuerdo esa capa de nata gorda que salía al calentarla. Me inclino por la desnatada con cero grasa, que en Alemania es muy difícil de encontrar, ya que los alemanes son consumidores de leche entera, o de la semidesnatada como mucho. Me resulta sorprendente la de leches diferentes que hay en España, y se me vienen a la mente la cantidad de anuncios que hay en prensa o televisión anunciando las bondades de los "extras" que lleva tal leche u otra, sea calcio o "aditivos" para las mujeres o cualquiera que los necesite y me llama la atención, pues eso aquí, salvo las diferencias en los porcentajes de grasa, 0,5 %, 1,5 % y 3,9 %, no existe. Como mi paladar para juzgar leche no es el más adecuado, pues para mí cuanto más aguada mejor, voy a hablar de lo más obvio, y es de la calidad de los otros lácteos, de lo que también habla el artículo.
Para mí todos los yogures en España suspenden y los Yoplait o Danone de mi infancia están descartados cuando estoy en España de vacaciones. Amigos míos me dicen que hoy día los del Lidl se pueden comer, o los Activia, pero sinceramente, yo generalizo, pues no puedo hacer excepciones en esto. No hay color con la oferta de un supermercado alemán con España, no solo en calidad, sino en sabores, marcas y tamaños. Encuentras todo lo que desee tu imaginación en cuanto a sabores, y puedes arriesgarte a probar nuevos sin que sean malos. Incluso yo trazaría la frontera del yogur en Europa, pues en Bélgica fui incapaz de encontrar en dos años y medio yogures comparables a los alemanes u holandeses, otro país donde los yogures son buenísimos y se suelen vender en tetra briks de un litro u otros envases mayores que los individuales (... para ahorrativos los holandeses). En Bélgica, donde la comida es de excelente calidad en todo, se les va de las manos el tema de los lácteos, y la mayoría de los yogures son los danones insípidos en los que metes la cuchara y queda el hueco tal cual, como un flan, algo muy divertido para comer, pero que muestra la de conservantes que deben de llevar si se mantienen derechos solos. Por supuesto que es cuestión de gustos, y aquí los yogures están llenos de tropezones, y nunca molidos del todo, y eso a lo mejor no gusta a todo el mundo, pero son cremosos todos y hasta los danones de aquí son diferentes. Al igual que los helados de Frigo (aquí Langnese), son mejores aquí, lo dice hasta mi madre. Y ya no me meto en los helados de elaboración propia en las heladerías, de los que he hablado ya en este blog y junto a los que palidecen todos en España. Todavía recuerdo un helado malísimo que me comí en Alicante y en Huelva. Simplemente prescindo de yogures y helados cuando estoy en España.
La pregunta es por qué no hay lácteos de calidad en España, si a la gente le da igual, o se los comen solo por obligación, pues ésa es la cuestión. No es lo mismo comerse un yogur porque necesito el calcio o los beneficios que me proporcionan, que por placer, por su sabor. Ahora se me vienen a la mente los yogures griegos: jamás he visto uno aquí, y mira que hay griegos de carne y hueso en Alemania, más que en España. Curioso. Algo bueno tenían que haber hecho los griegos, por mucho que digan, pero aquí ni eso (ayer leí que las relaciones entre Grecia y Alemania, por la crisis griega, podrían estar deterioradas para siempre), pero no será por eso sino porque los yogures naturales que nos venden aquí ya tienen ese porcentaje de cremosidad y calidad. Mmmmmm, sigo pensando, pero no me cabe duda.
No soy bebedora de leche, y menos en estado puro, con nata, y como era en la antigüedad, leche natural, pues hasta yo recuerdo esa capa de nata gorda que salía al calentarla. Me inclino por la desnatada con cero grasa, que en Alemania es muy difícil de encontrar, ya que los alemanes son consumidores de leche entera, o de la semidesnatada como mucho. Me resulta sorprendente la de leches diferentes que hay en España, y se me vienen a la mente la cantidad de anuncios que hay en prensa o televisión anunciando las bondades de los "extras" que lleva tal leche u otra, sea calcio o "aditivos" para las mujeres o cualquiera que los necesite y me llama la atención, pues eso aquí, salvo las diferencias en los porcentajes de grasa, 0,5 %, 1,5 % y 3,9 %, no existe. Como mi paladar para juzgar leche no es el más adecuado, pues para mí cuanto más aguada mejor, voy a hablar de lo más obvio, y es de la calidad de los otros lácteos, de lo que también habla el artículo.
Para mí todos los yogures en España suspenden y los Yoplait o Danone de mi infancia están descartados cuando estoy en España de vacaciones. Amigos míos me dicen que hoy día los del Lidl se pueden comer, o los Activia, pero sinceramente, yo generalizo, pues no puedo hacer excepciones en esto. No hay color con la oferta de un supermercado alemán con España, no solo en calidad, sino en sabores, marcas y tamaños. Encuentras todo lo que desee tu imaginación en cuanto a sabores, y puedes arriesgarte a probar nuevos sin que sean malos. Incluso yo trazaría la frontera del yogur en Europa, pues en Bélgica fui incapaz de encontrar en dos años y medio yogures comparables a los alemanes u holandeses, otro país donde los yogures son buenísimos y se suelen vender en tetra briks de un litro u otros envases mayores que los individuales (... para ahorrativos los holandeses). En Bélgica, donde la comida es de excelente calidad en todo, se les va de las manos el tema de los lácteos, y la mayoría de los yogures son los danones insípidos en los que metes la cuchara y queda el hueco tal cual, como un flan, algo muy divertido para comer, pero que muestra la de conservantes que deben de llevar si se mantienen derechos solos. Por supuesto que es cuestión de gustos, y aquí los yogures están llenos de tropezones, y nunca molidos del todo, y eso a lo mejor no gusta a todo el mundo, pero son cremosos todos y hasta los danones de aquí son diferentes. Al igual que los helados de Frigo (aquí Langnese), son mejores aquí, lo dice hasta mi madre. Y ya no me meto en los helados de elaboración propia en las heladerías, de los que he hablado ya en este blog y junto a los que palidecen todos en España. Todavía recuerdo un helado malísimo que me comí en Alicante y en Huelva. Simplemente prescindo de yogures y helados cuando estoy en España.
La pregunta es por qué no hay lácteos de calidad en España, si a la gente le da igual, o se los comen solo por obligación, pues ésa es la cuestión. No es lo mismo comerse un yogur porque necesito el calcio o los beneficios que me proporcionan, que por placer, por su sabor. Ahora se me vienen a la mente los yogures griegos: jamás he visto uno aquí, y mira que hay griegos de carne y hueso en Alemania, más que en España. Curioso. Algo bueno tenían que haber hecho los griegos, por mucho que digan, pero aquí ni eso (ayer leí que las relaciones entre Grecia y Alemania, por la crisis griega, podrían estar deterioradas para siempre), pero no será por eso sino porque los yogures naturales que nos venden aquí ya tienen ese porcentaje de cremosidad y calidad. Mmmmmm, sigo pensando, pero no me cabe duda.
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martes, 31 de mayo de 2011
Olviden (de momento) los pepinos y vayan al cine
Antes de meterme con pepinos y todo lo que no me importa un pepino, dada la actualidad, quisiera hacer una reseña cultural quizá interesante para quien quiera adentrarse en el cine alemán en un día o tras una semana en la que las noticias alemanas no han dejado en paz ni un pepino español y sin tener razón. Pero como no soy recorosa y defiendo más lo bueno que lo malo, presento una página que me he encontrado de casualidad hoy en internet: http://www.cine-aleman.com/
Se trata de una "casualidad" de esas que ocurren en el espacio cibernético, uno de esos momentos en los que ves ese ojo que te vigila y que conoce tus pasos en internet y quién eres, porque si no a qué diantres me ofrece a mí una simple noticia de un periódico un anuncio de un festival de cine alemán. Demasiadas coincidencias: un enlace "casual" de un festival de cine alemán en Madrid, porque pasaba por allí con mis muchas casualidades curriculares. Otras veces me he sorprendido más cuando tras haber efectuado unas compras en Madrid con mi tarjeta, facebook me ha ofrecido tres días después hacerme amiga de la página de la tienda en la que pagué con mi tarjeta. Pero como hay anuncios que le agradan a uno, animo al que quiera ver alguna de las películas que aparecen descritas en el documento pdf de la página, que se pasen por el cine Luchana en Madrid, o en Barcelona. Por desgracia no las he visto todas, pero sí unas cuantas. Imprescindibles las dos de Fatih Akin, y como simpática la muy actual "Kokowääh", para ir con niños no demasiado pequeños. Sorprende "Hace un año en invierno", una visión poética y real del duelo y de la culpa, de la directora Caroline Link, que realiza películas impecables.
Que conste que no me pagan ni los del cine ni el gobierno alemán por atraer clientes o dar coba, pero por las cosas buenas e interesante se puede hacer publicidad, y gratis, porque se trata de compartir. Vayan y vean.
Se trata de una "casualidad" de esas que ocurren en el espacio cibernético, uno de esos momentos en los que ves ese ojo que te vigila y que conoce tus pasos en internet y quién eres, porque si no a qué diantres me ofrece a mí una simple noticia de un periódico un anuncio de un festival de cine alemán. Demasiadas coincidencias: un enlace "casual" de un festival de cine alemán en Madrid, porque pasaba por allí con mis muchas casualidades curriculares. Otras veces me he sorprendido más cuando tras haber efectuado unas compras en Madrid con mi tarjeta, facebook me ha ofrecido tres días después hacerme amiga de la página de la tienda en la que pagué con mi tarjeta. Pero como hay anuncios que le agradan a uno, animo al que quiera ver alguna de las películas que aparecen descritas en el documento pdf de la página, que se pasen por el cine Luchana en Madrid, o en Barcelona. Por desgracia no las he visto todas, pero sí unas cuantas. Imprescindibles las dos de Fatih Akin, y como simpática la muy actual "Kokowääh", para ir con niños no demasiado pequeños. Sorprende "Hace un año en invierno", una visión poética y real del duelo y de la culpa, de la directora Caroline Link, que realiza películas impecables.
Que conste que no me pagan ni los del cine ni el gobierno alemán por atraer clientes o dar coba, pero por las cosas buenas e interesante se puede hacer publicidad, y gratis, porque se trata de compartir. Vayan y vean.
domingo, 29 de mayo de 2011
Espectaculares rododendros
Hamburgo presenta estos días este aspecto:
Setos que durante el resto del año son verdes, de hoja perenne, se trasforman en una maravilla floral. La ciudad está llena de rododendros, y tras los blancos y rosas, ahora siguen los lilas y fucsias, y le dan color a estos días grises que hemos vuelto a tener.
Mañana vuelve el verano, dicen, y yo me lo creo. El parte meterológico no se equivoca nunca, como el calendario de la naturaleza, que sigue su curso. ¿Y tras los rododentros, a quién le toca? Bueno, el que sea, se hará notar. Las amapolas de un vecino que planta flores para la ciudad de Hamburgo son esta maravilla que muestro a continuación:
Y si hasta el rododendro de mi jardín, con mis "excelentes" cuidados está así, es porque aquí lo que tiene que crecer crece, porque sí.
Setos que durante el resto del año son verdes, de hoja perenne, se trasforman en una maravilla floral. La ciudad está llena de rododendros, y tras los blancos y rosas, ahora siguen los lilas y fucsias, y le dan color a estos días grises que hemos vuelto a tener.
Mañana vuelve el verano, dicen, y yo me lo creo. El parte meterológico no se equivoca nunca, como el calendario de la naturaleza, que sigue su curso. ¿Y tras los rododentros, a quién le toca? Bueno, el que sea, se hará notar. Las amapolas de un vecino que planta flores para la ciudad de Hamburgo son esta maravilla que muestro a continuación:
Y si hasta el rododendro de mi jardín, con mis "excelentes" cuidados está así, es porque aquí lo que tiene que crecer crece, porque sí.
domingo, 8 de mayo de 2011
Sitios para siempre
Tengo épocas de nostalgia de ciertos lugares. De Madrid me entra mucha morriña en junio, por diversos motivos: por recordar el comienzo de los veranos largos de calor de mi infancia, y por la Feria del Libro de Madrid, por esa luz primaveral tan de España, y ese placer tan absurdo de pasearte entre masas de gente viendo libros. Pero lo es para mí.
Y entre abril y mayo me acuerdo mucho de Bruselas, durante las tres semanas en las que están abiertos los invernaderos reales, los Serres van Laeken. La primera vez que los visité, fui sin esperar nada, y me sorprendieron tanto, que volví los años siguientes, en ocasiones hasta dos y tres veces por temporada. Se pueden visitar durante el día, pero los fines de semana vuelven a abrir por la noche, para disfrutar de las mismas maravillas pero con la iluminación nocturna.
Este fin de semana cierran sus puertas a los visitantes, hasta el año que viene, para pasar a ser único disfrute del rey de Bélgica o probablemente aún más de los jardineros y expertos que trabajen en ellos. Si yo fuese jardinera, me encantaría trabajar ahí o en ningún sitio, y por eso en mi jardín no muevo ni una hoja, pues jamás llegaré a tal belleza.
Y entre abril y mayo me acuerdo mucho de Bruselas, durante las tres semanas en las que están abiertos los invernaderos reales, los Serres van Laeken. La primera vez que los visité, fui sin esperar nada, y me sorprendieron tanto, que volví los años siguientes, en ocasiones hasta dos y tres veces por temporada. Se pueden visitar durante el día, pero los fines de semana vuelven a abrir por la noche, para disfrutar de las mismas maravillas pero con la iluminación nocturna.
Este fin de semana cierran sus puertas a los visitantes, hasta el año que viene, para pasar a ser único disfrute del rey de Bélgica o probablemente aún más de los jardineros y expertos que trabajen en ellos. Si yo fuese jardinera, me encantaría trabajar ahí o en ningún sitio, y por eso en mi jardín no muevo ni una hoja, pues jamás llegaré a tal belleza.
martes, 26 de abril de 2011
Operación Biquini
Así hemos titulado hoy el helado de despedida que nos hemos tomado mis hijas y yo con nuestro huésped de las últimas dos semanas. Los helados en Alemania son un placer maravilloso por 80 céntimos en la mayoría de los casos, o como mucho por un euro, que le hacen sentirse a uno como un rey por tan poco dinero. Las ciudades están llenas de heladerías, y hasta en el pueblo más remoto las hay. Los sabores son deliciosos y variados, aparte de los clásicos como vainilla, fresa o chocolate. Pero hasta de mojito me he tomado yo alguno en cierta ocasión, y nuestros favoritos son los de yogur de cereza, de mandarina, latte macchiato, melón, pistacho (que aquí no es verde fosforito, como en España).
Hoy hemos salido ya de casa con alevosía y premeditación: otras veces era el helado de "pasaba por aquí", pero hoy he cogido el coche aposta para ir a unos cuantos kilómetros de casa a una heladería concreta. Y había otros tantos que habían hecho lo mismo, a juzgar por el aparcamiento, montones de bicis incluidas. Hasta una señora paró su coche, se pidió un superhelado con nata incluida, y con él en la mano, empezó a conducir. Luego dicen que hablar por teléfono al conducir es peligroso. ¿Y los golosos come-helados?
La idea era ir a tomar el helado de despedida de mi visitante, que ha ido a uno diario prácticamente durante las dos semanas que ha estado aquí. Lo bueno de tener 24 años y estar delgadita es que se lo puede permitir, pero ella hablaba hoy justo de eso, de la "operación biquini", y que nosotras lo hacíamos al revés: íbamos a la heladería ya pensando en las dos bolas de helado que nos íbamos a tomar, y en la mejor época del año para hacerlo. A mí con una bola al final me dio, ... por la edad ... y por la idea del bikini, lo reconozco. Y sentadas las cuatro, tomándonos nuestros sendos helados, y viendo que otros los tenían más grandes aún, con nata encima, con virutas de chocolate, con capita de chocolate crujiente, y más delicias, hablábamos del placer que supone, y tan baratito. Ella dijo que se acordará de los precios.
Para que digan que la vida en Alemania es cara. Ella constató que los precios de entrada a los castillos o museos son caros. Es que hay que poner prioridades: un helado aquí en esta época del año y con el solazo que tenemos desde hace tres semanas y que sentimos como si nos hubiese tocado la lotería, es nuestro pan de cada día. Como lo es el hecho de que los críos vuelvan a tener esta semana libre, tras las cuatro semanas de clase que han tenido tan solo desde las últimas vacaciones. Ser niño en Alemania es crecer en el paraíso terrenal: vacaciones cada par de semanas, helados a tutiplén, y tu madre para llevarte a la mitad del día a tomarte uno. Pero hoy hablaba del biquini y los placeres, ¿no?
Cada vez que vea helado de avellana, su favorito, me acordaré de nuestra visitante, con la que hemos compartido muchos ratos buenísimos, y con la que me he vuelto a sentir como la jovencita que llegó a Alemania con 20 años sin saber el idioma y empezó a descubrir los placeres que ofrece esta tierra. El helado es uno de ellos, sin duda alguna, equiparable a los placeres gratuitos que nos da la vida, como la buena compañia, uno de los más sencillos y gratificantes.
Hoy hemos salido ya de casa con alevosía y premeditación: otras veces era el helado de "pasaba por aquí", pero hoy he cogido el coche aposta para ir a unos cuantos kilómetros de casa a una heladería concreta. Y había otros tantos que habían hecho lo mismo, a juzgar por el aparcamiento, montones de bicis incluidas. Hasta una señora paró su coche, se pidió un superhelado con nata incluida, y con él en la mano, empezó a conducir. Luego dicen que hablar por teléfono al conducir es peligroso. ¿Y los golosos come-helados?
La idea era ir a tomar el helado de despedida de mi visitante, que ha ido a uno diario prácticamente durante las dos semanas que ha estado aquí. Lo bueno de tener 24 años y estar delgadita es que se lo puede permitir, pero ella hablaba hoy justo de eso, de la "operación biquini", y que nosotras lo hacíamos al revés: íbamos a la heladería ya pensando en las dos bolas de helado que nos íbamos a tomar, y en la mejor época del año para hacerlo. A mí con una bola al final me dio, ... por la edad ... y por la idea del bikini, lo reconozco. Y sentadas las cuatro, tomándonos nuestros sendos helados, y viendo que otros los tenían más grandes aún, con nata encima, con virutas de chocolate, con capita de chocolate crujiente, y más delicias, hablábamos del placer que supone, y tan baratito. Ella dijo que se acordará de los precios.
Para que digan que la vida en Alemania es cara. Ella constató que los precios de entrada a los castillos o museos son caros. Es que hay que poner prioridades: un helado aquí en esta época del año y con el solazo que tenemos desde hace tres semanas y que sentimos como si nos hubiese tocado la lotería, es nuestro pan de cada día. Como lo es el hecho de que los críos vuelvan a tener esta semana libre, tras las cuatro semanas de clase que han tenido tan solo desde las últimas vacaciones. Ser niño en Alemania es crecer en el paraíso terrenal: vacaciones cada par de semanas, helados a tutiplén, y tu madre para llevarte a la mitad del día a tomarte uno. Pero hoy hablaba del biquini y los placeres, ¿no?
Cada vez que vea helado de avellana, su favorito, me acordaré de nuestra visitante, con la que hemos compartido muchos ratos buenísimos, y con la que me he vuelto a sentir como la jovencita que llegó a Alemania con 20 años sin saber el idioma y empezó a descubrir los placeres que ofrece esta tierra. El helado es uno de ellos, sin duda alguna, equiparable a los placeres gratuitos que nos da la vida, como la buena compañia, uno de los más sencillos y gratificantes.
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