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jueves, 22 de noviembre de 2012

Arte no descafeinado, ¡por suerte!

En Bremen hay una calle que me encanta recorrer cada vez que voy, y a la que acuden todos los turistas. He estado varias veces en ella, pero hasta hoy no he sabido de su extraña historia. Tan solo los nombres que la evocan me sonaban, pero no su pasado.

La creó Ludwig Roselius. El nombre no le dirá nada a nadie, por muy rico que fuese, como a mí tampoco. Era un comerciante de café en Bremen, y creó nada menos que el café descafeinado, una importante aportación al mundo. Con eso hizo fortuna y convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de Alemania. Compró una calle de Bremen, la Böttcherstraße, que estaba bastante abandonada, y se hizo construir por su amigo y arquitecto Bernhard Hoetger entre 1924 y 1931 una obra de arte total, un sueño artístico que es digno de verse. Es un complejo de ladrillo que parece bastante moderno, pero que recuerda a las antiguas calles medievales, aunque se observan elementos expresionistas por todas partes, en un conjunto moderno muy logrado.

Lo que yo no sabía es que Roselius era un nazi convencido y que en realidad quiso poner su granito de arena en la creación de la "nueva" Alemania que su admirado Hitler anunciaba. En la Casa Atlantis de la calle, que hoy día es un hotel, hizo colocar mucha simbología germana en la fachada. Pero sorprendentemente, o no, los nazis declararon la calle Verfallskunst, arte degenerado. Hitler ametralló contra ella no literalmente, sino en uno de sus acalorados discursos y se distanció de arte como ése, negando que eso tuviera nada que ver con su ideología. Por suerte no mandó destruirla, aunque de eso se encargaron las bombas en 1944, puesto que los bombardeos de los aliados la destruyeron casi por completo. Fue reconstruida después de la guerra y en 1965 desapareció la simbología nazi de la casa Atlantis, y está tal y como la vemos ahora.

La calle es hoy día propiedad de una fundación de la Caja de Ahorros de Bremen. El arte es total, desde la entrada, con esa figura dorada con espada que abre la entrada sobre el arco, los museos -hay dos-, cafés, restaurantes, tiendas, unas campanas que tocan varias veces al día, y hasta un cine. La tienda de caramelos en la que los producen delante de uno con unos sabores exquisitos es digna de verse y golosear el género. Cuando uno sale al otro lado de la calle tras haberla atravesado  y se topa con el Weser y la frialdad del puerto y edificios modernos, necesita seguir buscando otros referentes en la ciudad, algo que es fácil encontrar a la vuelta de la esquina en el barrio de Schnoor.

Pero hoy me quedo en esta calle, porque me ha sorprendido la historia de que a Roselius le salió el tiro por la culata, y menos mal. Por cierto, siguió siendo fiel a la ideología hitleriana hasta su muerte. Lástima.

Cabe destacar en la calle el Museo de Paula Modersohn-Becker, que fue, ya en los años 20, el primer museo del mundo dedicado a una pintora. La calle prometía y mucho por romper esquemas. Esta pintora merece una entrada de blog, y la tendrá pronto. Pero repito que me sigo quedando de momento en la Böttcherstraße, esa calle tan sorprendente. A las pruebas me remito.








miércoles, 31 de octubre de 2012

No seamos pretenciosos

Cerca de mi casa está el cementerio parque más grande del mundo. De él escribí en otro blog hace ya tiempo. Voy a él cuando cambian las estaciones, pues me gusta observar los cambios de la naturaleza, completamente visibles en este lugar de paz. Por contra de lo que pareciese, no es un lugar tétrico, si no todo lo contrario. Ya quisieran muchas ciudades contar con un parque así, tan espectacular en su naturaleza. El cementerio de Ohlsdorf es un lugar ideal para pasear, y mirar pasar la vida. Precisamente porque hay más muertos que vivos en él, que ya han pasado su vida y han terminado con sus huesos aquí, se puede reflexionar. Ayer pasé por él, pues a veces lo atravieso en coche de camino a casa, y paré, para hacer fotos y ver los colores otoñales que tanto me gustan. El otoño tiene su función. Para que la naturaleza descanse en invierno, antes de renovarse de nuevo en primavera, el otoño nos da un toque con esos colores tan espectaculares de los que se tiñen aquí los árboles entre los que vivimos a diario y que ya ni vemos. En verano nos acostumbramos a su presencia muda, pero en otoño nos vuelven a hablar una vez más, como cuando lo hicieron en primavera, que es cuando se desbordan cada año, pero ahora nos recuerdan que todo ciclo tiene su fin, y que hasta la hojarasca ayuda a los animales a protegerse del frío y a la tierra a renovarse. No creo que sea el caso de los ataúdes, y me empeño en pensar que no hace falta terminar con tus huesos de la tierra y volver a ocupar un espacio que en realidad le pertenece al mundo. Después de lo que hemos maltratado el mundo en vida, no hace falta utilizar el terreno estando muertos. Por eso agradezco que en el cementerio de Ohlsdorf, los muertos sean una mera anécdota.
Por cierto, en él también hay puentes.





domingo, 19 de agosto de 2012

A tierras vikingas

Se me va la niña, no de casa pero de viaje. Aquí los llaman Klassenreise, 'viaje con la clase', y no de fin de curso, como se denominan en España, por ser al final del mismo. Aquí podrían llamarse "viajes de comienzo de curso" pues es cuando suelen tener lugar. La idea es unir a la clase con experiencias positivas en ambiente distendido y así beneficiarse el resto del curso. La idea no es mala, pienso.

Así que maleta hecha, mañana saldrá hacia el norte. La nota simpática del día la ha puesto la hermana, que durante la comida, que hoy fue una muy apañadita de domingo le dijo: "Disfruta, pues esta será tu última comida rica en días". Lo mismo le repitió con la cena. Y la otra lo saboreó imaginándose lo que se le viene encima y ya expresó algún deseo de comida para el fin de semana que viene.

Como soy una madre española, me aterra la idea de que me niña pase hambre. Es un decir, aunque como tal debería, pero no es nada de lo que yo me preocupe, ya que así espabila, y mejor aún, así vuelvo a oír cuando regrese que soy la mejor cocinera del mundo, algo que tampoco es cierto, pero que es un gustazo oír. Como soy muy despreocupada con estas cosas, hasta ahora mismo no había mirado siquiera adónde se iba concretamente. Tenía una ligera idea de la zona, pero no del sitio exacto en el que imaginármela estos días haciéndole ascos a las comidas, y en cuanto pase el calorazo que estamos teniendo, que será en dos días, mojándose.

Ya lo tengo localizado en el mapa. El pueblito no lo conozco, pero sí la zona. Van a orillas del Schlei, un fiordo muy bonito que se mete tierra adentro desde el Mar Báltico, en Kappeln, un pueblo que recuerdo con los palos en los que enganchan las redes para pescar arenques cuando vienen para el desove, muy pintoresco todo, con barquitos de pesca y los arenques como protagonistas. Luego el fiordo se adentra hasta Schleswig, una ciudad grande e importante en la región, donde se hace un lago enorme y parece un mar. Me encanta Schleswig, con su pueblecito de pescadores Holm, engullido hoy día por la ciudad, pero que antes era un asentamiento independiente. Ahora es un barrio muy pintoresco, formado por una placita con casitas blancas con su cementerio en el medio, una forma de vivir "en familia" toda la vida. Y detrás de las casas, la zona de trabajo de los pescadores, en pleno Schlei. Pero si por algo es conocida la ciudad de Schleswig, además de dar el nombre al Land de Schleswig-Holstein, es por haber sido un asentamiento vikingo, y a las pruebas se remiten con el museo vikingo Haithabu. A mí me impresionó mucho la primera vez que lo vi. La región fue zona de comercio ya hace muchos siglos, y hoy es zona de recreo, con pueblecitos muy pintorescos terminados en -by, que viene del danés y significaba 'granja' y posteriormente 'asentamiento' o 'pueblo'. Lugares llamados Sieseby, Thumby, Rieseby, suenan tan encantadores como lo son. Me gustó mucho la zona cuando la recorrí y llevo mucho tiempo queriendo volver.

Mi hija lo hace antes que yo, y espero que vuelva contándome historias muy jugosas. Conociéndola, estoy segura de que será el caso.

sábado, 14 de julio de 2012

Casi todo sigue igual


Lo bueno del pueblo de Extremadura al que vengo cada año es que todo parece siempre igual. Lo malo es que este año no hay más que poner las noticias para que se te caiga el alma a los pies de cómo está España. Luego te mueves por aquí y todo parece igual, hasta los forasteros, que somos cada vez más conocidos. Ayer pasé delante de un grupito que yo no conocía, y dijeron a mi paso: "Ésta es la hija de la Eugenia". Qué control. Yo no sabía quiénes eran. Admito también que me gusta mucho mi ramalazo antipático alemán con el que trato de escaquearme de conversaciones, besos y achuchones de gente que en teoría debo conocer. El otro día alguien me dijo "ah, tú eres la que vive p'ahí p'alante". "Sí, más o menos", respondí. Pero es que es lógico: para mucha gente que no ha salido de este pueblito, todo lo que es "p'ahí p'alante" es el extranjero.

La piscina sigue siendo de lujo. Al que se le ocurrió plantar esta joya en este pueblo habría que darle el Premio Nobel, por lo menos. El de la Paz seguro, por haber logrado paz en este pueblo y que muchos se vean en bañador que antes, y desde generaciones, ni se dirigían la palabra. Y la piscina es al pueblo como el chiringuito a la piscina, otra joya. Hay muchos que no se meten en el agua, pero al chiringuito sí que bajan, sigue habiendo clases. Y la piscina trasmite paz, con las vistas que hay. El año pasado hice la prueba: subí una foto de la misma a facebook, sin comentarios, y varios me preguntaron que dónde es. Sigo omitiendo el lugar, para que no se llene de turismo mundial, pues solo con los extremeños del pueblo y alrededores se llena. Y ha logrado que hasta yo, urbanita impertinente, venga por aquí. Pero hay cambios: este año los críos no se pueden tirar de cabeza. El socorrista me vino ayer amablemente a decirme que por la mañana hacía la vista gorda porque estaba vacía, pero por las tardes, cuando se llena, que no se pueden tirar, y eso hubo que explicárselo a mis hijas y sobrinos. Y luego la "tragedia" que me anunció mi hija pequeña por teléfono, que se vino al pueblo un día antes que yo: "Mamá, algo muy triste: este año no hay fantasmikos". ¿Que qué es eso?: son unos politos que mi hija se come con deleite cada verano. No sé si es la crisis pero han puesto unos helados este año de marca tan desconocida que yo no me he atrevido a catarlos. Entiéndame: vivo en un país heladero por excelencia, pues en Alemania los helados son el pan nuestro de cada día, y no pueden usarse en ellos nada artificial, y yo no me fío nada. Así que sigo siendo de "p'ahí".

Algo que sigue sin cambiar. Internet sigue yendo fatal, y ya van tres veranos. El anterior mejoró respecto al de antes, pero éste no ha mejorado. Por eso me quedo sin subir un puente que se ve desde la piscina, pero lo haré en cuando tenga más velocidad y no se me quede colgado el portátil al tratar de subirla.

viernes, 6 de julio de 2012

Piedras, arrozales y mosquitos




No me quiero ir de la provincia de Tarragona sin plasmar unas imágenes.


Así me hubiese a mí gustado ver la ciudad de Tarragona, pero la maqueta de a Diputación de la ciudad, la muestra en su esplendor de entonces, de cuando se llamaba Tarraco. Aún así, y con los pecados urbanísticos de todas las ciudades españolas, sorprende por conservar bajo sus edificaciones actuales la época dorada del Imperio Romano, que se ve en ruinas y piedras por todas partes. Deben hacer un agujero y encontrar historia. Tras Mérida, es la ciudad española con más restos romanos.

Esto ya estaba cuando llegaron los romanos, aunque más salvaje aún, sin urbanizaciones a pie de playa, y sin tanta mano del hombre sobre la costa y el paisaje. Sin embargo, sigue habiendo playas bastante tranquilas en la zona sur de la provincia, sin edificaciones monstruosas, teniendo en cuenta lo que hay por ahí, mismamente en la provincia de Tarragona si pensamos en Salou o sitios así.

En la Rambla Nova encontramos esta torre humana.
 Estos Castellers se quedaron literalmente de piedra, y ahí siguen.

Lo más espectacular, el Anfiteatro. Mejor sitio no pudieron elegir, al lado del mar, y es que los romanos sabían lo que se hacían, al menos construyendo, y no al echar gente a los leones, o con las luchas de gladiadores o espectáculos así en este recinto.

El Circo Romano, donde se realizaban las carreras de caballos.
Ahora está en plena barriada, a la puerta de casa de cualquiera.
 Se descubrió hace una década, y siguen sacando piedras.
Debe haber unas cuantas más, a juzgar por las obras.

La desembocadura del Ebro. Impresionante paraje natural, lleno de aves de muchas especies. Triste oír en el recorrido en barco que el caudal del Ebro ha bajado considerablemente por obra y gracia del hombre, que se sirve de él a su paso.

El Delta del Ebro ofrece un paisaje plano, lleno de arrozales. Es la huerta de arroz de Cataluña. Me recordó a Holanda, eso sí: habría que quitar los arrozales, poner unas vacas y nubes de algodón de todas las tonalidades entre blanco y gris. Así que casi casi...

Finalmente una imagen del puerto de pescadores de L'Ametlla de Mar, al parecer uno de los principales del litoral catalán.

Me faltaría una foto del Centro de Salud de L'Ametlla, al que he acudido un par de veces estos días, y en el que me van a echar de menos. Esto es la prueba de que las vacaciones en realidad son como tu vida diaria, y los niños se te ponen malos igual que cuando estás en tu casa o van al cole, y tú misma igual. Y todavía he de hacer alguna foto del "mosquito tarraconensis", una especie asesina que me ha acribillado piernas y pies. Acecha por todas partes y a mí me han dejado un montón de señales y recuerdos de estas tierras. Pero esos se pasarán, y no mis impresiones. Y a mí no me espantan tan fácilmente unos mosquitos, aunque sean más que la población humana. Volveré, eso está claro, pero jamás a un cámping, por cierto.

miércoles, 13 de junio de 2012

Berlín, siempre

Habré ido no sé cuántas veces a Berlín, tantas, que me alegro hasta de haber perdido la cuenta. Y espero volver otras tantas. Se acercan las vacaciones de verano, y como siempre hay gente que me pregunta por sitios que les recomiendo en Berlín, voy a poner aquí mis imprescindibles de la capital alemana, incluso para que cualquiera que busque en Google cualquier cosa de Berlín, aterrice aquí y a lo mejor se anime a ir a alguno de los sitios que a mí me encantan. Ilusión me haría, aunque tampoco les descubra la piedra filosofal. Pero de Berlín me quedo también con mis favoritos, como en todas las ciudades que conozco bien, esos lugares secretos que descubrí por casualidad, o porque venía en alguna guía, o artículo que guardé, y los que me encanta volver. Espero que mis experiencias sean aprovechables. No llevo comisión de ningún lugar, lo aseguro. Son simplemente mis lugares.

En Berlín se puede vivir, y tener algo que ver y descubrir cada día. La ciudad es inagotable y fascinante. ¿Pero qué ha de ver el visitante que se queda un par de días? Yo lo hago aún más difícil y propongo una visita de un día, como las que he hecho en muchas ocasiones con familia o amigos de España. Pienso que Berlín, aunque parezca contradictorio por lo que he dicho antes, se puede ver en un día. Porque es una ciudad en la que es muy fácil encontrar lo que uno buscaba y porque con un par de cosas te vas contentísimo y con la idea de que has estado en Berlín. El resto serán las 20 visitas más que se pueden realizar a esta ciudad.

Berlín en un día. No es imposible. Yo comienzo siempre en el Reichstag. El Reichstag es un imprescindible, y caminar en la cúpula de cristal impresionante, con las vistas que ofrece de la ciudad. Es recomendable reservar en internet hora, y así no tener que esperar colas interminables. Yo me chupé una vez dos horas de cola para unos amigos (lo que no haga una cuando hay mucho cariño por medio...). De ir con niños, se puede ir directamente a la entrada de minusvalidos, y en ese caso no hay que esperar.

Después continuar caminando a la Puerta de Brandemburgo, el símbolo de Berlín, y tras las fotos pertinentes, caminar paralelo a la Puerta dejándola a la izquierda, y entonces se llega al Monumento al Holocausto. Se trata de un impresionante conjunto de bloques de cemento gris, de diferentes tamaños. Hay que meterse entre ellos, y caminar. La sensación de angustia, o de estar encerrado, se siente rápido. Debajo de las piedras, hay un centro de información sobre el Holocausto no apto para los corazones sensibles. Los alemanes son tan objetivos con su pasado que lo muestran tal cual, sin florituras. Es muy impresionante este centro. Después continuar por la misma calle de la que se vino, dirección Sony Center y la Potsdamer Platz. Esta última debió ser uno de los centros neurálgicos de la ciudad, y tuvo el primer semáforo de Europa. Quedó totalmente destruida tras la guerra, y ha sido reconstruida, en un conglomerado de calles con edificios color naranja de la misma estética. El Sony Center es un conjunto de edificios muy modernos y merece la pena atisbar un momento. No picar y tomarse algo ahí. Creo recordar que me tomé el café más caro de todo Berlín ahí. Mejor tomárselo en otro sitio, pues se paga el lugar. Caminar por las calles de la Potsdamer Platz. El cine que que hay en la plaza de Marlene Dietrich (me encanta el nombre de la plaza) es el lugar de la alfombra roja de la Berlinale, el Festival de Cine de Berlín.

A continuación ir hacia el Martin Gropius Bau. Me encanta ese edificio, en el que he visto dos exposiciones, y en el que siempre hay algo interesante. Esa calle, la Niederkirchner Straße, me parece una de las más interesantes de Berlín. En ella queda un trozo considerable de muro, y a la derecha se encuentra la Topografía del Terror. En este lugar estaba la central de la Gestapo, con una cárcel que queda visible, y el lugar tampoco ahorra con el terror, y se puede visitar. Pero en Berlín toca a veces que se te revuelva un poco o bastante el estómago con los horrores del nazismo.

Seguir caminando hasta el Checkpoint Charlie, y hacer la foto típica con el cartel "You are leaving the American Sector". Luego seguir hacia la Friedrichstraße. Imposible imaginarse hoy día que esa calle era una de las principales de Berlín Este y hoy día es el paraíso del consumo, con tiendas lujosísimas, restaurantes, concesionarios de coches de lujo. En la esquina con las Galerías Lafayette (entrar un minuto a éstas y ver la construcción de cristal de su interior en la que se ven todos los pisos de arriba a abajo), torcer en la Französische Straße. En el número 24 está la tienda de los chocolates Ritter Sport. Merece mucho la pena entrar, y es imposible no gastar.

Y siguiendo por la Französische Straße se llega a mi plaza favorita de Berlín: el Gendarmenmarkt, con el teatro en el medio y las iglesias de los hugonotes a los lados. Mapa en mano ir ahora en "diagonal", en dirección hacia Unter den Linden, pero hasta la altura del Berliner Dom, la catedral. No hace falta entrar, pues la entrada es cara (yo piqué una vez, y no más), pero seguir hacia la Isla de los Museos. Aquí hay dos imprescindibles: el Neues Museum, el Museo Nuevo, donde paradójicamente hay solo arte antiguo, y donde se encuentra ahora y ya definitivamente la Nefertiti (yo la he visto en otros dos museos anteriormente) y el Pergamon, que cuenta con el famoso altar y que quita el hipo al verlo, al igual que la Puerta de Ischtar y la del mercado de Mileto. Yo me quedé muda cuando vi estas puertas dentro del museo. Y del Altar no digamos. Lástima de los tropecientos mil turistas más, pero no queda otra. Por eso es recomendable para ambos museos comprar las entradas con hora en internet. También hay una entrada conjunta para los museos de Berlín, con la que de visitar varios, sale más barato.

A continuación seguir hacia la Oranienburger Straße, donde está la sinagoga. Torcer a la derecha por esa calle, hacia el Hackesche Höfe, un patio muy bonito de tiendas y talleres de artistas. En general toda esa zona de la Oranienburger Straße es estupenda para ir de compras o a comer o tomar algo.

Con todo esto da para un día sin parar, pero para los que se queden más tiempo, pueden pasear de arriba a abajo y de abajo a arriba por Unter den Linden. Es probablemente la calle más monumental de Berlín. Por supuesto que hay que ir entonces al Kurfürstendamm, o Ku'damm, la calle más emblemática del oeste de Berlín. Me gusta mucho el Savignyplatz, con muchos restaurantes, tiendas y cafés. Charlottenburg, el "palacete" amarillito y sus jardines es precioso. El Alex, la torre de la televisión del Alexanderplatz merece la pena, por las vistas. Recomiendo reservar entradas por anticipado, pues las colas son inmensas si no. El Nikolaiviertel es bonito también. Siempre que puedo me acerco en esa zona a ver las estatuas de Marx y Engels. Ahí siguen, en el Schlossplatz, enfrente del Ayuntamiento, manteniendo el tipo, tras todo lo que ha llovido después.

Para comer me encantan estos sitios:
- Curry 36. Mehringdamm 36, en el barrio de Kreuzberg. La cola impresionante para comerse una salchicha al curry se olvida después. La mejor que me he comido en Berlín hasta ahora.
- Zur Nolle. Estilo años 20. Georgenstrasse, en los arcos del metro cerca de la Friedrichstraße, concretamente el arco número 203. Pero se encuentra bien, al estar casi al lado de la Friedrichstraße. Tienen comida muy alemana, con decoración curiosa. Muy buenos Schnitzel (los filetes empanados), y cerveza.
- Mittendrin. Sophientrasse 19, cerca del Hackescher Markt. Algo escondido, pero muy tranquilo y no turístico. Tienen buenísimos Flammkuchen, que es la versión alemana, o alsaciana, de las pizzas: una masa muy finita, y luego cubiertos de diferentes ingredientes. Muchos vinitos también.

En general, lo de siempre en cualquier parte: evitar los sitios demasiados turísticos. En general en Alemania se come bien y a buen precio. Es muy fácil encontrar muchos sitios que no son caros. El Mittagstisch, el plato del día, suele estar bien. No hay menús, como en España, pero muchos restaurantes ofrecen un plato completo a buen precio.

Tras todo esto, solo me cabe decir que me muero de ganas por volver a Berlín. Aquí quedan también otros posts que escribí en otro blog que tuve. Porque Berlín es Berlín, y habrá más posts, eso seguro.

http://encuerdafloja.blogspot.de/2010/03/berlin-siempre-distinto.html
http://encuerdafloja.blogspot.de/2009/09/ciudades.html
http://encuerdafloja.blogspot.de/2010/06/nada-nuevo-en-el-arte.html
http://encuerdafloja.blogspot.de/2009/08/imitadores.html
http://encuerdafloja.blogspot.de/2010/03/fotos-de-berlin.html

martes, 1 de mayo de 2012

Compartiendo experiencias de viajes

Los niños no se andan con etiquetas. Mi sobrino de casi 14 meses se ha echado a andar justo en los días en los que sus padres andan de viaje y le han dejado a cargo de un familiar. Así son las cosas: tú esperas que se eche a andar, y el chavalín decide que el momento de empezar a caminar lo elige él, pues no iba a esperar dos días hasta que vuelvan sus padres. Mi cuñada se fue toda apesadumbrada de viaje, por irse por primera vez sin su hijo, mientras que éste se lo está pasando pipa. Así de descastados son los críos pequeños. Se venden al mejor postor, al que les cuide, les dé de comer, les lleve de paseo, y les haga monerías. Así que de Venecia, yo que ellos aprovecharía y me iría a dar la vuelta al mundo, pues es el momento. El crío está contento y bien cuidado, y luego después, según siga creciendo, ya no lo podrán hacer hasta la jubilación lo menos.

El otro día contaba una alumna en clase, una señora mayor de 70 años con una energía increíble, que el viaje de su vida fue la vuelta al mundo cuando se jubiló. Contaba en clase que para cada viaje que realiza escribe un diario, y que de ése salió uno de más de doscientas páginas. Empezó con estos libritos en el año 72, y desde entonces tiene unos cuantos volúmenes. Verdaderamente uno no se acuerda al cabo de los años de lo que hizo durante un viaje con todo detalle. Sí que recuerdas si subiste a la Torre Eiffel, o te montaste en helicóptero sobre el Cañón del Colorado. O mi hermano y mi cuñada recordarán que el cabrito del niño se echó andar cuando ellos andaban por Venecia. Pero no de cada piedra que pisaron o lo que vivieron en cada momento. Yo he llegado a no recordar haber estado en algunos sitios, lugares de nombre que desconocía hasta ese momento, restaurantes que me encantaron y que ni siquiera recuerdo, alguna terracita de verano con buenas vistas. Nuestra mente selecciona lo gordo y eso lo graba y las sensaciones o vivencias menores se entremezclan y se desvanecen en una maraña de recuerdos. Y en ese sentido un diario así es algo muy interesante. Yo hice alguno hace muchos años alguna vez, pero me falló la constancia, o el que escribir a mano me resulta agotador, en comparación con lo rápido que tecleo. Hoy día es mucho más fácil tomar notas o grabar mensajes en cualquiero momento, provistos como vamos de aparatos multimedia muchos.

Y sin embargo yo llevo sin darme cuenta un par de años mandando muchos correos a gente que me pide consejos sobre ciertos lugares a los que van. Tengo correos sobre Bruselas y otras partes de Bélgica, sobre Berlín, sobre Madrid, en diferentes idiomas, que adapto según la persona que vaya. Ahí entran muchos de los lugares que me encantan de cada ciudad, dónde comer, tomarse un café con buenas vistas, y muchas cosas que no vienen en las guías y que son mis vivencias. Y muchas veces esas personas me escriben al regresar y me recomiendan lugares para que los incluya en mi lista, lo cual hago, como un bar de chupitos por dos euros en Gante, que me recomendó una prima, y al que tengo que ir. Porque viajar es mucho más que las visitas estándar a los lugares de los que todos han oído hablar. A mí me encantan que me den recomendaciones y perderme en lugares en los que no irías como turista. Y lo más divertido ha sido lo que hice la semana pasada. Un familiar holandés se encontraba con su familia en Madrid, y tras mandarle el correo correspondiente con mis consejos, como ella me iba mandando fotos y comentarios a través del WhatsApp, yo le seguí mandando más lugares donde ir, y me convertí en una guía de viajes en Madrid desde la distancia y de manera instantánea. A ella le encantaron los lugares a los que les fui mandando, y yo he tenido durante una semana mucho más trato con ella que a lo largo de todo el año.

Por eso, me encantaría que los que me siguen pusieran alguna recomendación curiosa de sus viajes, no los lugares obvios, sino algo especial. Ahora mismo pienso en las croquetas de morcilla que una amiga mía cuenta que se come siempre en Cotos, creo recordar, y que me tengo que comer alguna vez. Así que adelante: todos conocemos lugares secretos, que deberíamos compartir. Yo subiré algunos próximamente.