Brahms y Picasso. No tienen nada que ver el uno con el otro, salvo que yo me he acercado a ambos genios este fin de semana. Johannes Brahms reside en Hamburgo en forma de un museo que lleva su nombre, no en la casa donde vivió unos años, que fue prácticamente destruida por la guerra sino en la misma zona otra acondicionada para acercarnos a este compositor que nació en Hamburgo. Curiosa la historia de su madre, que era 17 años mayor que el padre, y que dio a luz ya cuarentona a tres hijos sanos. No eran ricos pero trataron de dar a sus hijos una cultura musical que hizo de Brahms un talento ya de niño. Pero uno de los hijos venerados de Hamburgo y autor, entre otras, de la famosísima nana que todos hemos oído alguna vez, se tuvo que ir al no encontrar en su ciudad el reconocimiento que esperaba. Sí que lo tuvo en Viena, adonde emigró y donde murió recibiendo todos los honores y donde está enterrado. En las fotos que hay en el museo tiene cara de pocos amigos. Aparece mucho junto al suyo el nombre de Clara Schumann, que fue una pianista y compositora reconocida, que por suerte no se quedó del todo a la sombra de su marido, también compositor y pianista, aunque él lo intentó. Ella consiguió salir en los billetes de 100 marcos y sobrevivió a su marido 40 años, pues este acabó depresivo y enfermo. Parece que Brahms tuvo un lío con ella, pero no está claro. Sí que se enamoró de ella, eso es seguro. Pero voviendo a Brahms, ayer al oír que se fue enfadado de su ciudad natal, Hamburgo, pensé que la fuga de talentos no es nada nuevo hoy día.
Ya lo hizo Picasso también. Por cierto que mucha gente fuera de España se cree que era francés. La exposición que he visto hoy iba sobre Picasso; es decir, no eran obras suyas sino fotografías que tomaron de él fotógrafos, algunos tan conocidos como Robert Doisneau (el de la foto famosa de la pareja besándose en una calle de París), Robert Capa o Man Ray. Hay fotos magníficas de Picasso en todas poses y posturas, con sombreros, hasta disfrazado de Popeye, con su colección de hijos pequeños de los que parecía su abuelo. En las fotos se aprecia una personalidad arrolladora, seductora, con miradas de alguien satisfecho, consciente de su legado artístico. Son retratos, fotos suyas trabajando, rodeado del círculo de artistas de París, con su jovencisima esposa Jacqueline, y casi todas las fotos muestran a un Picasso mayor, con esa imagen que todos tenemos de él. Le encantaba que le fotografiaran, y el título de la exposición no podía ser más acertado: "yo-y-yo-y-yo". Lo interesante es que se percibe cómo Picasso utilizó activamente la fotografía para crear su propio mito, pues sus imagenes son tan conocidas como sus cuadros. Culto al ego celebrado y aplaudido por el mismo, sus mujeres y el mundo.
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domingo, 9 de septiembre de 2012
sábado, 30 de junio de 2012
El arte de amar el arte
Hoy he sentido pena de la baronesa Tita Cervera. Hay que tener mala suerte y tener todo ese capital en cuadros y no tener calderilla para tomarse un café. O tener mansiones aquí y allá y luego no pegar ojo por las noches en esas casas lujosas por no tener liquidez. Ya quisieran muchos tener los problemas de esa señora. Todo esto pensaba hoy yo en la hora y pico que me he perdido en el Museo Thyssen de Madrid, viendo la colección permanente, de ella y de él. He estado en muchos museos de pintura en diversas ciudades, pero en pocos me viene la sensación que tengo en éste, de emoción porque es tan completo de todas las épocas. Solo con el expresionismo alemán que tienen, una de mis épocas favoritas de la pintura, podrían montar un museo, o la pintura holandesa del Siglo de Oro, por no hablar de cuadros que a mí me quitan el hipo, como el de Ghirlandaio de Giovanna Tornabuoni.
Normalmente acudo a las exposiciones temporales pero no al museo en sí, que he visto bastantes veces. Pero es un verdadero placer "obligarme" a ver sus salas cada par de años. Las exposiciones temporales son normalmente un imán al público, y como lo fue el verano pasado la de Antonio López, lo es éste la de Edward Hopper. Tras el baño de las colecciones permanentes del museo, me ha encantado el juego de luces y sombras de los cuadros de este pintor norteamericano del siglo XX, esas imágenes tan de la costa este de EE.UU., que no conozco. No se la pierdan. De ésta exposición me acordaré siempre como de una que vi hace unos cuantos años que era sobre el retrato en el siglo XX y que recuerdo porque fue una que me hizo entender la pasión de muchos por la pintura, desde los artistas a los que coleccionan arte, o a los que como yo son capaces de estar en la cola, como he hecho más de una vez, para ver pintura.
Hoy he vuelto a sentir ese placer de nuevo, ya que gracias a esos museos, podemos ver obras que jamás veríamos. Por eso he sentido muchísima pena por la baronesa. Debe ser terrible ser tan altruista que no te quede ni calderilla para el tinte o para llevar a tus hijas al McDonalds.
Normalmente acudo a las exposiciones temporales pero no al museo en sí, que he visto bastantes veces. Pero es un verdadero placer "obligarme" a ver sus salas cada par de años. Las exposiciones temporales son normalmente un imán al público, y como lo fue el verano pasado la de Antonio López, lo es éste la de Edward Hopper. Tras el baño de las colecciones permanentes del museo, me ha encantado el juego de luces y sombras de los cuadros de este pintor norteamericano del siglo XX, esas imágenes tan de la costa este de EE.UU., que no conozco. No se la pierdan. De ésta exposición me acordaré siempre como de una que vi hace unos cuantos años que era sobre el retrato en el siglo XX y que recuerdo porque fue una que me hizo entender la pasión de muchos por la pintura, desde los artistas a los que coleccionan arte, o a los que como yo son capaces de estar en la cola, como he hecho más de una vez, para ver pintura.
Hoy he vuelto a sentir ese placer de nuevo, ya que gracias a esos museos, podemos ver obras que jamás veríamos. Por eso he sentido muchísima pena por la baronesa. Debe ser terrible ser tan altruista que no te quede ni calderilla para el tinte o para llevar a tus hijas al McDonalds.
lunes, 11 de junio de 2012
Donde no se puede exprimir más...
El año pasado, en compañía de un familiar y de un amigo, estuve en el museo de los Beatles de Hamburgo, llamado Beatlemania. Fuimos porque entraba en la entrada de la llamada Noche de los Museos, el equivalente a la "noche blanca" en España. Nos pareció un timo, y agradecimos haber entrado con la entrada de la noche, y no habiendo soltado los 12 € que costaba si no la entrada. El museo, en plena Reeperbahn va a cerrar el 30 de junio, tras tres años de existencia. A mí no me pareció ni que hubiera nada interesante, así que no me extraña que la razón del cierre sea la falta de visitantes. En los tres años tan solo han pasado 150.000 visitantes por las cinco plantas del museo, en un edificio en el que hace años estuvo ubicado el Museo Erótico de Hamburgo, y que era mucho más interesante. Pero esa cifra de visitantes ni siquiera cubre los gastos de mantenimiento. Pero un museo en el que se exponen un par de trajes, una habitación típica de un fan típico de los Beatles en los años 60, figuritas, algún contrato, disco, puede interesar a los muy fans, pero tal cual vi el museo, ni siquiera. La idea del museo era dar rendir homenaje ($$$) al paso de los Beatles por Hamburgo 50 años antes, cuando empezaron a tocar en el club Indra antes de hacerse tan famosos, y en otros clubes de St. Pauli durante dos años con alguna interrupción.
Para que hubiese sido rentable, hubiesen tenido que ir lo menos 300.000, que es la cifra de los fans que acuden cada año al Museo de los Beatles en Liverpool. Pero es que no es lo mismo. Vamos a ver, por mucho que estuviesen tocando los Beatles por aquí, no es la época de la carrera de los Beatles que conoce la humanidad, y desde luego que su nombre, por mucho que lo propaguen los hamburgueses, no va unido a la ciudad de Hamburgo. Entiendo el orgullo por el dato, pero es cuando a la primera de turno te sueltan: "Hamburgo tiene más puentes que Venecia". Pues muy bien, pienso yo. Creo que a los venecianos se las trae al pairo, como a los habitantes de Liverpool.
El responsable del museo acusa ahora a la ciudad de falta de apoyo financiero a algo tan cultural. Pero sinceramente, ¿por qué se tiene que ocupar el estado de cosas tan poco interesantes, y más en los tiempos que corren? O estos lugares se mantienen como institución privada, pues como vemos, de ser un museo estatal sería un agujero de pérdidas, o mejor que no los abran directamente, pues el mundo no necesita ciertas cosas. A mí me pareció una absoluta tomadura de pelo, y jamás he recomendado a nadie ir allí.
Soy amante de los museos. Me podría perder todas las semanas en alguno, y no solo los de pintura o arte, sino de muchos otros temas. Pero ayer por ejemplo leí de un museo curioso en Berlín, uno de pintalabios, y que me produjo hasta grima cuando leí, no ya de la colección de no sé cuantos pintalabios que tiene un maquillador que ha ido coleccionando de famosas, sino las marcas de besos de muchas mujeres conocidas en pañuelos con el carmín de labios pintados. Me gustan los pintalabios y los museos, pero a ése tampoco voy. Al menos éste tiene morbo, por friki, pero el de los Beatles no, por lo exprimidísimo que está el tema. Lo siento, Hamburgo.
Para que hubiese sido rentable, hubiesen tenido que ir lo menos 300.000, que es la cifra de los fans que acuden cada año al Museo de los Beatles en Liverpool. Pero es que no es lo mismo. Vamos a ver, por mucho que estuviesen tocando los Beatles por aquí, no es la época de la carrera de los Beatles que conoce la humanidad, y desde luego que su nombre, por mucho que lo propaguen los hamburgueses, no va unido a la ciudad de Hamburgo. Entiendo el orgullo por el dato, pero es cuando a la primera de turno te sueltan: "Hamburgo tiene más puentes que Venecia". Pues muy bien, pienso yo. Creo que a los venecianos se las trae al pairo, como a los habitantes de Liverpool.
El responsable del museo acusa ahora a la ciudad de falta de apoyo financiero a algo tan cultural. Pero sinceramente, ¿por qué se tiene que ocupar el estado de cosas tan poco interesantes, y más en los tiempos que corren? O estos lugares se mantienen como institución privada, pues como vemos, de ser un museo estatal sería un agujero de pérdidas, o mejor que no los abran directamente, pues el mundo no necesita ciertas cosas. A mí me pareció una absoluta tomadura de pelo, y jamás he recomendado a nadie ir allí.
Soy amante de los museos. Me podría perder todas las semanas en alguno, y no solo los de pintura o arte, sino de muchos otros temas. Pero ayer por ejemplo leí de un museo curioso en Berlín, uno de pintalabios, y que me produjo hasta grima cuando leí, no ya de la colección de no sé cuantos pintalabios que tiene un maquillador que ha ido coleccionando de famosas, sino las marcas de besos de muchas mujeres conocidas en pañuelos con el carmín de labios pintados. Me gustan los pintalabios y los museos, pero a ése tampoco voy. Al menos éste tiene morbo, por friki, pero el de los Beatles no, por lo exprimidísimo que está el tema. Lo siento, Hamburgo.
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domingo, 4 de marzo de 2012
El puerto de los sueños
¡Cómo habré tardado tanto tiempo en ir! Hay sitios a los que cuando vamos, pensamos que debimos haber ido antes. Eso me ha pasado hoy en un museo interesantísimo que hay en Hamburgo, y que no recibe la publicidad debida. Es el museo de la emigración, la BallinStadt, o la 'ciudad de Ballin', cuyo lema es "Port of dreams", el puerto de los sueños, nada menos. Se trata de un complejo de tres edificios iguales en un lugar muy espacioso, al lado del Elba. Abrió sus puertas en 2007, más de 100 años después de la puesta en marcha de este proyecto, único en su día.
De 1901 hasta los años 30, salieron de Hamburgo millones de emigrantes al Nuevo Mundo. En los tres pabellones reconstruidos se pueden ver documentos, fotos e historias personales de gente que llegaba a Hamburgo de otras partes de Alemania y del este de Europa para iniciar el viaje hacia una nueva vida. A Hamburgo se le llama la "puerta al mundo", algo que me parece siempre una frase de los exagerados hamburgueses que se creen que viven en el centro del mundo. Pero en este punto toma su significado real la frase, porque desde aquí salieron 5 millones de personas en barco, dejando atrás Europa, Alemania y Hamburgo, en un largo viaje de la BallinStadt, en Hamburgo, a Ellis Island, Nueva York. Antes de partir, en estos pabellones arreglaban los últimos papeleos antes de lanzarse a la aventura de su nueva vida, y el museo recuerda todo esto.
Antes de crearse esta ciudad dentro de la ciudad, los que llegaban a Hamburgo para salir desde el puerto, se quedaban en otra zonas, y no se les trató muy bien. Incluso se les acusó de propagar el cólera que en 1892 hizo estragos, aunque fuese debido a la insalubridad de la ciudad. Como se cerraron las fronteras para los emigrantes, las navieras temían pérdidas en su negocio. Albert Ballin, director general de Hapag, propuso al Senado hacerse cargo de los gastos del control médico de los emigrantes en la frontera, para lo que además hizo construir una ciudad en la isla del Elba Veddel para los emigrantes, en la que pudieran tramitar todas las formalidades antes de su partida. La ciudad de los emigrantes funcionaba a la perfección: allí no solo podían dormir y comer, sino realizar los controles médicos, los papeleos, o rezar, ...incluso había una iglesia católica una protestante y una sinagoga. Se les realizaban tests, y el que no los pasase, no podía subirse al barco. Lo triste son los testimonios de los que llegaron, y que el barco, que el museo recrea muy bien, era la sociedad misma: los pasajes de primera, los de segunda y los de tercera. Tras pasar la Estatua de la Libertad, un testimonio refleja la decepción de que los pasajeros de primera salieran por la puerta grande del barco y los otros tuviesen que sufrir otros controles exhaustos y no pudieran salir hasta una noche después por lo menos.
El museo cuenta casos concretos de gente buscando su suerte al otro lado del mundo, y si lo consiguieron o no, historias tristes, historias de esperanza, y todo en un escenario muy cuidadosamente presentado, con baúles y maletas por todas partes, llenas de documentos, objetos personales, y mucha ilusión. El museo ofrece además la posibilidad de buscar a antepasados que se fueron desde este lugar y tiene una base de datos impresionante. Había varias personas de habla inglesa buscando sus raíces, supongo. Tristemente leo ahora que el museo ha sido criticado por no recibir el número de visitas que esperaban. El negocio, como siempre. Espero que los que lean esto y puedan, acudan a verlo, pues es un testimonio real de gentes en busca de una vida mejor, algo muy legítimo entonces y ahora, de la manera que uno lo desee. http://www.ballinstadt.de/
De 1901 hasta los años 30, salieron de Hamburgo millones de emigrantes al Nuevo Mundo. En los tres pabellones reconstruidos se pueden ver documentos, fotos e historias personales de gente que llegaba a Hamburgo de otras partes de Alemania y del este de Europa para iniciar el viaje hacia una nueva vida. A Hamburgo se le llama la "puerta al mundo", algo que me parece siempre una frase de los exagerados hamburgueses que se creen que viven en el centro del mundo. Pero en este punto toma su significado real la frase, porque desde aquí salieron 5 millones de personas en barco, dejando atrás Europa, Alemania y Hamburgo, en un largo viaje de la BallinStadt, en Hamburgo, a Ellis Island, Nueva York. Antes de partir, en estos pabellones arreglaban los últimos papeleos antes de lanzarse a la aventura de su nueva vida, y el museo recuerda todo esto.
Antes de crearse esta ciudad dentro de la ciudad, los que llegaban a Hamburgo para salir desde el puerto, se quedaban en otra zonas, y no se les trató muy bien. Incluso se les acusó de propagar el cólera que en 1892 hizo estragos, aunque fuese debido a la insalubridad de la ciudad. Como se cerraron las fronteras para los emigrantes, las navieras temían pérdidas en su negocio. Albert Ballin, director general de Hapag, propuso al Senado hacerse cargo de los gastos del control médico de los emigrantes en la frontera, para lo que además hizo construir una ciudad en la isla del Elba Veddel para los emigrantes, en la que pudieran tramitar todas las formalidades antes de su partida. La ciudad de los emigrantes funcionaba a la perfección: allí no solo podían dormir y comer, sino realizar los controles médicos, los papeleos, o rezar, ...incluso había una iglesia católica una protestante y una sinagoga. Se les realizaban tests, y el que no los pasase, no podía subirse al barco. Lo triste son los testimonios de los que llegaron, y que el barco, que el museo recrea muy bien, era la sociedad misma: los pasajes de primera, los de segunda y los de tercera. Tras pasar la Estatua de la Libertad, un testimonio refleja la decepción de que los pasajeros de primera salieran por la puerta grande del barco y los otros tuviesen que sufrir otros controles exhaustos y no pudieran salir hasta una noche después por lo menos.
El museo cuenta casos concretos de gente buscando su suerte al otro lado del mundo, y si lo consiguieron o no, historias tristes, historias de esperanza, y todo en un escenario muy cuidadosamente presentado, con baúles y maletas por todas partes, llenas de documentos, objetos personales, y mucha ilusión. El museo ofrece además la posibilidad de buscar a antepasados que se fueron desde este lugar y tiene una base de datos impresionante. Había varias personas de habla inglesa buscando sus raíces, supongo. Tristemente leo ahora que el museo ha sido criticado por no recibir el número de visitas que esperaban. El negocio, como siempre. Espero que los que lean esto y puedan, acudan a verlo, pues es un testimonio real de gentes en busca de una vida mejor, algo muy legítimo entonces y ahora, de la manera que uno lo desee. http://www.ballinstadt.de/
miércoles, 9 de noviembre de 2011
El verdadero amor al arte
Hace poco estuve en un museo en Holanda que me gustó mucho, y que posee tantos cuadros de van Gogh como no creí recordar del mismo Museo van Gogh de Amsterdam, y que se puede disfrutar sin los tropeles de turistas de éste último. El Museo Kröller-Müller, emplazado en un parque nacional en la provincia de Gelderland, el Hoge Veluwe, era la colección privada del Helene Kröller-Müller, hija de un empresario rico alemán que se casó con el director de la sucursal holandesa de la empresa de su padre, por lo que se fue a vivir a Holanda. Allí empezó a estudiar arte y a adquirir obras que fueron formando durante su vida una impresionante colección, sobre todo de van Goghs, pero también de pinturas de otras épocas, y de esculturas. En época de crisis, en los años 20 y 30, temiendo perder su colección la donó en su totalidad al estado holandés con la condición de hacer un museo para exhibirla. El edificio, diseñado por Henry van der Velde, abrió sus puertas en 1938, muriendo ella un año después.
Coleccionar arte teniendo los medios para hacerlo no es ningún arte, valga la redundancia. Y por eso las Titas Cerveras de este mundo lo tienen muy fácil. Pero sorprendente me parece la historia de una exposición que está teniendo lugar ahora mismo en Hamburgo y que no he visto, pero a la que me acercaré, por rendirle honores. La exposición se titula "La colección del bedel. Wilhelm Werner". Más de una vez me he preguntado en un museo si los vigilantes de las salas acaban aburriéndose de ver los mismos cuadros o si los acaban amando. La muestra responde quizá a esta pregunta, y de una manera contundente. El carpintero Wilhelm Werner, nacido en 1886, empezó a trabajar en 1914 en la pinacoteca de Hamburgo, donde trabajó hasta que se jubiló en 1952, habiendo ascendido a bedel. Debido a esto, además de construir marcos, tenía la responsabilidad de colgar los cuadros para las exposiciones, lo que le permitió tratar personalmente a los pintores. Debió desarrollar tal pasión por el arte, sobre todo de un grupo llamado "Sezession", cuyas obras fueron expuestas en los años 20 en el museo, que empezó a coleccionar como quien no quiere la cosa, sobre todo obras de estos últimos. Tras su muerte, su legado consistió en más de 500 cuadros. Al parecer muchas de las obras eran regalos de los artistas a los que ayudaba en sus exposiciones. Pero los honores se los ganó en los años más oscuros del museo. Cuando los funcionarios nazis del museo fueron a sacar los cuadros considerados "degenerados", como los nazis consideraban la obra de muchos artistas, Werner sacó siete obras de una pintora judía, Anita Rée, que se suicidó en 1933. Escondió estos cuadros en el sótano de su piso de bedel, y los salvó así del expolio o destrucción. Al pasar la guerra, los cuadros volvieron a la colección del museo. Por si fuera poco, además, junto con otro compañero, apagó fuegos del tejado del museo, originados por las bombas incendiarias, salvando así el tejado de graves daños.
A mí me ha sorprendido mucho la historia, y solo lo que significa es más que motivo para ir a ver la exposición: porque entiendo la pasión que puede desatar el arte, y porque hay personas, que sin grandes riquezas logran grandes milagros. Me parece muy noble que el museo al que Werner dedicó su vida le rinda homenaje, ya que seguramente se trate de uno de los coleccionistas de arte más singulares que existan.
Coleccionar arte teniendo los medios para hacerlo no es ningún arte, valga la redundancia. Y por eso las Titas Cerveras de este mundo lo tienen muy fácil. Pero sorprendente me parece la historia de una exposición que está teniendo lugar ahora mismo en Hamburgo y que no he visto, pero a la que me acercaré, por rendirle honores. La exposición se titula "La colección del bedel. Wilhelm Werner". Más de una vez me he preguntado en un museo si los vigilantes de las salas acaban aburriéndose de ver los mismos cuadros o si los acaban amando. La muestra responde quizá a esta pregunta, y de una manera contundente. El carpintero Wilhelm Werner, nacido en 1886, empezó a trabajar en 1914 en la pinacoteca de Hamburgo, donde trabajó hasta que se jubiló en 1952, habiendo ascendido a bedel. Debido a esto, además de construir marcos, tenía la responsabilidad de colgar los cuadros para las exposiciones, lo que le permitió tratar personalmente a los pintores. Debió desarrollar tal pasión por el arte, sobre todo de un grupo llamado "Sezession", cuyas obras fueron expuestas en los años 20 en el museo, que empezó a coleccionar como quien no quiere la cosa, sobre todo obras de estos últimos. Tras su muerte, su legado consistió en más de 500 cuadros. Al parecer muchas de las obras eran regalos de los artistas a los que ayudaba en sus exposiciones. Pero los honores se los ganó en los años más oscuros del museo. Cuando los funcionarios nazis del museo fueron a sacar los cuadros considerados "degenerados", como los nazis consideraban la obra de muchos artistas, Werner sacó siete obras de una pintora judía, Anita Rée, que se suicidó en 1933. Escondió estos cuadros en el sótano de su piso de bedel, y los salvó así del expolio o destrucción. Al pasar la guerra, los cuadros volvieron a la colección del museo. Por si fuera poco, además, junto con otro compañero, apagó fuegos del tejado del museo, originados por las bombas incendiarias, salvando así el tejado de graves daños.
A mí me ha sorprendido mucho la historia, y solo lo que significa es más que motivo para ir a ver la exposición: porque entiendo la pasión que puede desatar el arte, y porque hay personas, que sin grandes riquezas logran grandes milagros. Me parece muy noble que el museo al que Werner dedicó su vida le rinda homenaje, ya que seguramente se trate de uno de los coleccionistas de arte más singulares que existan.
domingo, 24 de julio de 2011
Madrid en verano
En Madrid se pueden hacer muchas cosas todo el año, eso es evidente, pero a los que piensen que Madrid es un lugar insoportable en estío les digo que no, que es una buenísima ocasión para visitar la ciudad. No es como antes, cuando en agosto se quedaba vacía la ciudad con un cartel invisible de "cerrado por vacaciones". Desde que la gente es más flexible y no necesita irse siempre en agosto de vacaciones, o el dinero no da para irse un mes fuera, me da la sensación de que nada se paraliza, y menos la vida cultural. Otras ciudades europeas se convierten un hervidero de turistas: Paris, Praga, Florencia, Barcelona también. En Madrid hay turistas pero nunca tienes la impresión de que la tomen, y el metro no va lleno de masas con guías en la mano. Y sin embargo tenemos también nuestro Prado, Thyssen y Reina Sofía, nuestra Plaza Mayor y nuestro Palacio Real. Ir al Retiro, y verlo tan lleno de madrileños me da mucho gusto. Ir al Thyssen y ver la exposición llena de "turismo" nacional también. Y Madrid recibe bien a los visitantes y no los agobia. De eso se encargan los rateros: hoy he leído que muchos extranjeros inician su visita a Madrid con una visita a la comisaría de centro, a la que acuden muchos a los que roban el dinero y los papeles nada más llegar. Hablaba el artículo de que la labor que tienen que realizar es la de animar a la gente a que disfruten de sus vacaciones a pesar de todo... Triste empezar una visita así a una ciudad que ofrece tanto, y que recibe a los turistas de una manera tan natural como Madrid, y sin hacer un alarde especial de ello como hacen otras ciudades, pienso.
El verano es un buen momento incluso para los del lugar para descubrir su ciudad, e ir a esos sitios a los que querían ir siempre. Qué tal por la modernidad llamada Fuencarral y que a mí tanto me gusta, esa calle ahora (o ya un tiempo) peatonal, y que es un buen lugar para darle un buen repaso a la tarjeta de crédito, y volverse modernísimo. Al que no conozca la calle Augusto Figueroa con sus muestrarios de calzados que a mí me dieron a conocer unas americanas hace 20 años porque venía en su guía, y de la que soy asidua cada visita a Madrid, les recomiendo ahora que añadan un punto nuevo a la visita: el Mercado de San Antón, reconvertido a la modernidad. Lo mismo hizo el de San Miguel hace un par de años, pero a mí me parece que con todo lo bonito que quedó, se ha quedado en un "guirilandia", un sitio bonito que viene en la guía y donde tomarse algo a precios muy europeos, o incluso más que eso. El Mercado de San Antón no es para hacer la compra semanal para una familia, eso tampoco, pero sí para darse un caprichito, ir y disfrutar, comprarse algo, tomar algo, y llevarse algo especial para casa. Arriba en el tejado tienen una buena terraza donde pedirse algo viendo los tejados de Chueca, el barrio gai de Madrid, y que a mí me encanta, por la mezcla de todo que tiene.
Imposible no tomarse algo en la infinidad de terrazas que tiene la ciudad en verano, por todas partes, y muchas en lugares que animan a pararse. A mí me encanta hacerlo hasta sola, pedirme algo y ver a la gente pasar. Para ello Madrid tiene lugares estupendos: Recoletos, la zona de Bailén y la Latina.
lunes, 18 de abril de 2011
De todo por 12 €
El sábado por la noche tuvo lugar en Hamburgo la "noche larga de los museos", el equivalente a la Noche Blanca que se celebra en Madrid. Los museos en Alemania suelen cerrar a las seis de la tarde, por lo que con la prolongación del horario hasta las dos de la mañana, es como si estuviesen abiertos hasta las cinco de la mañana. Unas 30.000 personas merodeaban de un lado para otro de la ciudad, a horas y en lugares donde en cualquier sábado no habría movimiento. El evento se celebra desde hace 11 años, y 47 museos han abierto sus puertas a la nocturnidad en esta ocasión. Once líneas de autobuses conectaban los museos, incluso uno de los barquitos del Alster era parte del sistema de transportes de la noche.
Hacía 11 años que no iba, pues fui en su primera edición, y el panorama museístico ha ampliado algo su oferta desde entonces. Hamburgo ofrece los clásicos, como el museo de pintura, la Kunsthalle y su edificio adjunto de arte moderno, la Gallerie der Gegenwart, o el Museo de Etnología, o el de Historia de Hamburgo. Pero a la oferta pintoresca se le unen un Museo Afgano, que descubrí en el listado el sábado, uno de pintores (de brocha gorda) y "esmaltadores", en una zona industrial de Hamburgo, o el Museo del Trabajo. Para tanto no dio la noche, pero sí para probar alguno nuevo.
Decepcionante y un buen timo es el más nuevo, Beatlemania, que en pleno Reeperbahn pretende ser testigo del comienzo de la carrera de los Beatles, que fue en Hamburgo, pero que no es más que un edificio de muchas escaleras, salas estrechas, y poco material expuesto, salvo recortes de prensa de la época, objetos de merchandising, y poco más. Fue el momento de la noche en el que me alegré de haber entrado con los 12 € de la entrada conjunta para toda la noche, y no por los 10 € que costaría solo ese museo. Tras el Museo de Kunst und Gewerbe, de Artes Decorativas, que tiene además de estupendas exposiciones una colección permanente impresionante de Art Nouveau, Art Deco, instrumentos musicales antiguos y objetos de todas las épocas, fuimos a las Deichtorhallen, un antiguo mercado de abastos convertido desde hace muchos años en una sala de exposiciones gigante. Nos quedamos sin ver los "Traummänner" por la cola que había, una exposición sobre hombres de ensueño cuyo reclamo en la fachada era una foto de un hombre bien puesto y ligerito de ropa, pero a pesar de la larga fila, muchos parecían llenos de paciencia para verla. Lo mismo nos ocurrió con el Museo de St. Pauli, recientemente inaugurado, y cuya exposición sobre la prostituta Doménica, una que fue muy famosa en Hamburgo, debió atraer a muchos, pero mis acompañantes y yo, al ver la cola, preferimos irnos a tomar la cervecita de sábado noche en la Reeperbahn antes de continuar culturizándonos.
Como colofón final elegimos dos barcos museo del puerto, incluidos en la oferta, el Rickmer Rickmers y el Cap San Diego. Estupenda manera de mostrar que el término museo da para mucho, y más en una ciudad portuaria y con tanto que ofrecer. Fue un estupendo comienzo de mi visitante de España para ver lo muchísimo que abarca esta ciudad, y desde diferentes perspectivas, y todo en una primera noche. Quien quiera puede repetir conmigo al año que viene.
Hacía 11 años que no iba, pues fui en su primera edición, y el panorama museístico ha ampliado algo su oferta desde entonces. Hamburgo ofrece los clásicos, como el museo de pintura, la Kunsthalle y su edificio adjunto de arte moderno, la Gallerie der Gegenwart, o el Museo de Etnología, o el de Historia de Hamburgo. Pero a la oferta pintoresca se le unen un Museo Afgano, que descubrí en el listado el sábado, uno de pintores (de brocha gorda) y "esmaltadores", en una zona industrial de Hamburgo, o el Museo del Trabajo. Para tanto no dio la noche, pero sí para probar alguno nuevo.
Decepcionante y un buen timo es el más nuevo, Beatlemania, que en pleno Reeperbahn pretende ser testigo del comienzo de la carrera de los Beatles, que fue en Hamburgo, pero que no es más que un edificio de muchas escaleras, salas estrechas, y poco material expuesto, salvo recortes de prensa de la época, objetos de merchandising, y poco más. Fue el momento de la noche en el que me alegré de haber entrado con los 12 € de la entrada conjunta para toda la noche, y no por los 10 € que costaría solo ese museo. Tras el Museo de Kunst und Gewerbe, de Artes Decorativas, que tiene además de estupendas exposiciones una colección permanente impresionante de Art Nouveau, Art Deco, instrumentos musicales antiguos y objetos de todas las épocas, fuimos a las Deichtorhallen, un antiguo mercado de abastos convertido desde hace muchos años en una sala de exposiciones gigante. Nos quedamos sin ver los "Traummänner" por la cola que había, una exposición sobre hombres de ensueño cuyo reclamo en la fachada era una foto de un hombre bien puesto y ligerito de ropa, pero a pesar de la larga fila, muchos parecían llenos de paciencia para verla. Lo mismo nos ocurrió con el Museo de St. Pauli, recientemente inaugurado, y cuya exposición sobre la prostituta Doménica, una que fue muy famosa en Hamburgo, debió atraer a muchos, pero mis acompañantes y yo, al ver la cola, preferimos irnos a tomar la cervecita de sábado noche en la Reeperbahn antes de continuar culturizándonos.
Como colofón final elegimos dos barcos museo del puerto, incluidos en la oferta, el Rickmer Rickmers y el Cap San Diego. Estupenda manera de mostrar que el término museo da para mucho, y más en una ciudad portuaria y con tanto que ofrecer. Fue un estupendo comienzo de mi visitante de España para ver lo muchísimo que abarca esta ciudad, y desde diferentes perspectivas, y todo en una primera noche. Quien quiera puede repetir conmigo al año que viene.
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