Esta mañana me desperté temprano, y enseguida pensé: ¿y qué leches he soñado yo esta noche? Y nada, no recordaba nada. Por un momento me dio rabia pues tanta gente te dice aquí que lo que sueñes tu primera noche en tu nueva casa, se cumplirá. Antes de dormirme recapitulé todo lo que me gustaría soñar y que se cumpliera, que no es poco, y ya puestos a pedir... Pero qué más da no acordarme, pensé, pues tampoco tuve pesadillas, que no es poco. Además, hoy he vuelto a constatar lo afortunada que soy.
Si vives en una ciudad fuera de tu país, sin tu familia, es inevitable no pensar a veces en lo solo que estás. Esa sensación la he tenido a menudo los últimos meses. Cuando además tomas decisiones que van contra la norma, a veces notas que ciertas personas se distancian de ti, y eso duele. Estos últimos 3 días han sido muy emotivos. El jueves vino la profesora de violín de mi hija a echarme una mano, o las dos. Insistió tanto ofreciéndome ayuda, que le dije que viniese a ayudarme a hacer cajas. Estuvo conmigo gran parte del día, y empaquetó muchísimo. Me pareció increíble que alguien con quien no tengo una relación personal, pero por la que siento una gran admiración, haya dado ese paso tan personal hacia mí. Ayer por la mañana vino un gran amigo mío de los de toda la vida, a ayudarme. Es español. Le conocí en el banco en el que trabajé, y él y su familia son como familia para mí. Yo no quería estar en el momento de la mudanza sola y le pedí que viniera y me ayudó un montón con todo, física y moralmente. Al mediodía se nos juntó mi otra amiga de toda la vida aquí, otra española. Ella me dijo días antes que vendría con la comida. Nos trajo una lasaña riquísima y de postre tiramisú. Menudo menú tan espectacular para un día tan caótico como es el de una mudanza. Luego siguió colocando cosas conmigo: me dejó un montón de cajas quitadas cuando se fue. Y hoy han venido otra amiga, alemana, y su hija. La niña es la mejor amiga de mi hija mayor desde que tenían 2 años. Y la madre y yo nos llevamos fenomenal. Aquí han estado un montón de horas y hemos avanzado más de lo que imaginé para el día de hoy, además de sentirme de nuevo, como en los últimos días, muy arropada, y con energías renovadas gracias a todos ellos en momentos en los que me faltaban las fuerzas.
Así que qué más da lo que soñé la noche pasada. Lo importante es que no estoy sola.
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domingo, 21 de abril de 2013
viernes, 22 de marzo de 2013
Los jueves
[Anoche, por caprichos de la Telekom, que me dejó sin internet, no pude publicar esto, y por eso lo hago ahora, viernes.]
Mi hija pequeña, con una de sus filosofías de las siete y cuarto de la mañana que me dejan siempre patidifusa, me ha dicho que considera los jueves completamente superfluos, que el jueves es un día tonto entre el miércoles y el viernes. Estas cosas tan ocurrentes tengo que anotarlas, me digo siempre, y por eso lo cuento en este medio, para que no se me olviden.
El caso es que cuando la recogí a la una del colegio, salió desbordante y toda emocionada por lo que habían hecho. Habían jugado al baloncesto en sillas de ruedas. A mí me sorprenden las cosas que hacen aquí en el colegio. Ha ido al cole un parapléjico que está en silla de ruedas tras haber sido empujado por el amigo de un amigo desde un balcón. Estuvo en coma varias semanas. Era un futbolista con futuro por delante, truncado por el accidente. Ahora juega al baloncesto en silla de ruedas y va por los colegios. No conseguí sacarle a mi hija cuál era el mensaje de la visita: si un "no tengas malas amistades", o "de todo se sale", o qué se yo. Ella le preguntó si se acordaba de cómo era su vida cuando andaba, a lo que él respondió que no piensa en ello pues se conforma con haber vuelto a la vida tras el accidente. Tiene 40 años y desde luego que ha calado mucho en el colegio, o al menos en mi hija.
Como no paraba de contarme le dije que entonces los jueves no son superfluos. Me dijo con su aplastante lógica que eso podía haber ocurrido un martes o un miércoles igualmente y que no cambiaba de opinión. Tampoco hace falta.
Yo sigo pensando que los jueves son un gran día. A mí siempre me han gustado, por el contrario, y no sé por qué. Porque ves al fin de semana llamando a la puerta. O porque como en la tarde de hoy quedas y te lo pasas bien. He tenido una cena muy agradable con uno de mis grupos de clase, y ha sido uno de esos momentos en los que te reconocen tu trabajo y eso siempre es maravilloso. Así que los jueves no son superfluos, sino que hacen mucho bien, mostrándote que tu vida puede cambiar de un día para otro dándote otras cosas, o que tu día a día tiene sentido.
Mi hija pequeña, con una de sus filosofías de las siete y cuarto de la mañana que me dejan siempre patidifusa, me ha dicho que considera los jueves completamente superfluos, que el jueves es un día tonto entre el miércoles y el viernes. Estas cosas tan ocurrentes tengo que anotarlas, me digo siempre, y por eso lo cuento en este medio, para que no se me olviden.
El caso es que cuando la recogí a la una del colegio, salió desbordante y toda emocionada por lo que habían hecho. Habían jugado al baloncesto en sillas de ruedas. A mí me sorprenden las cosas que hacen aquí en el colegio. Ha ido al cole un parapléjico que está en silla de ruedas tras haber sido empujado por el amigo de un amigo desde un balcón. Estuvo en coma varias semanas. Era un futbolista con futuro por delante, truncado por el accidente. Ahora juega al baloncesto en silla de ruedas y va por los colegios. No conseguí sacarle a mi hija cuál era el mensaje de la visita: si un "no tengas malas amistades", o "de todo se sale", o qué se yo. Ella le preguntó si se acordaba de cómo era su vida cuando andaba, a lo que él respondió que no piensa en ello pues se conforma con haber vuelto a la vida tras el accidente. Tiene 40 años y desde luego que ha calado mucho en el colegio, o al menos en mi hija.
Como no paraba de contarme le dije que entonces los jueves no son superfluos. Me dijo con su aplastante lógica que eso podía haber ocurrido un martes o un miércoles igualmente y que no cambiaba de opinión. Tampoco hace falta.
Yo sigo pensando que los jueves son un gran día. A mí siempre me han gustado, por el contrario, y no sé por qué. Porque ves al fin de semana llamando a la puerta. O porque como en la tarde de hoy quedas y te lo pasas bien. He tenido una cena muy agradable con uno de mis grupos de clase, y ha sido uno de esos momentos en los que te reconocen tu trabajo y eso siempre es maravilloso. Así que los jueves no son superfluos, sino que hacen mucho bien, mostrándote que tu vida puede cambiar de un día para otro dándote otras cosas, o que tu día a día tiene sentido.
domingo, 30 de diciembre de 2012
Otra fracturita
Se puede terminar el año con la misma sensación de cuando se empezó. Mi hija pequeña se ha fracturado hoy la muñeca patinando sobre hielo. Yo no patino, ni en seco ni en hielo, y mi vena histérica de madre española que ve peligros por todas partes, me hizo pensar hoy, cuando se fueron mis hijas a patinar con su padre hoy: "que no pase nada, que mañana es Nochevieja, y nos queda una semana de vacaciones". Pues pasó, y a mí casi me da el penterre habitual en estos casos; digo habitual porque no es la primera vez que la víctima se rompe algo, y en muy mal momento (y cuándo es bueno, pero la otra ocasión fue cuando empezó primaria), y en mi familia llevamos unos años de huesos rotos, ahora que caigo siempre en vacaciones todos; será que nos relajamos demasiado.
En vacaciones no se ha de bajar la guardia, es la primera conclusión que saco. La segunda es que no gano para sustos, y que mi frase favorita según mis hijas, el "a mí me va dar algo", sigue vigente en todo momento. La tercera es la que me dijo mi hija mayor al verme muda y bajo shock cuando volvieron y se fueron al hospital: "mamá, no es para tanto, podría ser peor". Sí, evidentemente, siempre puede ser peor, y no voy a hablar de todos los hipotéticos "podría haberse hecho esto y lo otro" pues a mí con lo que ha pasado ya me basta; me conformo con poco para un soponcio. La cuarta conclusión es que no está mal ser una histérica como yo: yo nunca me voy a romper nada ni en bici, ni en patinete, ni patinando, ni en esquís, ni en trineo, porque me niego a subirme a nada. Me puedo caer andando, obviamente, pero entonces no le podré echar la culpa a ningún cachivache, sino a mi torpeza, y eso va mejor con los histéricos como yo. No necesitamos la aventura.
Ser padres es una carrera de fondo, con sustos hasta la eternidad. Si no que se lo pregunten a mis padres, que no ganan para sustos con sus hijos mayores también, y ahí están, tan panchos, diría yo, pues a pesar de todo, eso parece, aunque sabemos que no es así. A veces me dicen que no pueden dormir, que se preocupan por mí, y por todos. Les digo que basta con que no duerma yo, que ellos duerman a pierna suelta. Pues eso voy a hacer hoy: darme una sesión de spa casero, ponerme el pijama, ver una película, y descansar. El susto que me he llevado hoy ha sido gordo, en un día en el que había decidido tener un día tranquilo, escribiendo, a mi bola. Pues no, la niña se rompe la muñeca. Los duendes se confabulan para fastidiarme el fin de año, yo, que mañana pensaba ver los fuegos artificiales que tira cualquiera aquí subir al cielo y dar la bienvenida a un año que será mejor, no me cabe duda. Pero no lo van a conseguir ni los duendes ni nadie. Es una declaración de intenciones. Llevo cinco años de sustos y sobresaltos, y el 2013 va a ser mejor. Me lo he propuesto.
En vacaciones no se ha de bajar la guardia, es la primera conclusión que saco. La segunda es que no gano para sustos, y que mi frase favorita según mis hijas, el "a mí me va dar algo", sigue vigente en todo momento. La tercera es la que me dijo mi hija mayor al verme muda y bajo shock cuando volvieron y se fueron al hospital: "mamá, no es para tanto, podría ser peor". Sí, evidentemente, siempre puede ser peor, y no voy a hablar de todos los hipotéticos "podría haberse hecho esto y lo otro" pues a mí con lo que ha pasado ya me basta; me conformo con poco para un soponcio. La cuarta conclusión es que no está mal ser una histérica como yo: yo nunca me voy a romper nada ni en bici, ni en patinete, ni patinando, ni en esquís, ni en trineo, porque me niego a subirme a nada. Me puedo caer andando, obviamente, pero entonces no le podré echar la culpa a ningún cachivache, sino a mi torpeza, y eso va mejor con los histéricos como yo. No necesitamos la aventura.
Ser padres es una carrera de fondo, con sustos hasta la eternidad. Si no que se lo pregunten a mis padres, que no ganan para sustos con sus hijos mayores también, y ahí están, tan panchos, diría yo, pues a pesar de todo, eso parece, aunque sabemos que no es así. A veces me dicen que no pueden dormir, que se preocupan por mí, y por todos. Les digo que basta con que no duerma yo, que ellos duerman a pierna suelta. Pues eso voy a hacer hoy: darme una sesión de spa casero, ponerme el pijama, ver una película, y descansar. El susto que me he llevado hoy ha sido gordo, en un día en el que había decidido tener un día tranquilo, escribiendo, a mi bola. Pues no, la niña se rompe la muñeca. Los duendes se confabulan para fastidiarme el fin de año, yo, que mañana pensaba ver los fuegos artificiales que tira cualquiera aquí subir al cielo y dar la bienvenida a un año que será mejor, no me cabe duda. Pero no lo van a conseguir ni los duendes ni nadie. Es una declaración de intenciones. Llevo cinco años de sustos y sobresaltos, y el 2013 va a ser mejor. Me lo he propuesto.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Espectáculos únicos y tardíos
En los últimos dos meses, desde que empezó el colegio, llevo recibiendo correos todas las semanas de las páginas de internet de las que recibo ofertas de vuelos, hoteles y viajes. Muchos de ellos llevaban el encabezamiento: "Por si no se le ha ocurrido adónde puede ir en los próximos meses, aquí unas sugerencias". Vamos a ver, si yo no viajo más, es porque no puedo, ni por tiempo ni dinero, que si no yo sería un Willy Fogg moderno, con iphone, ipad, cámara de fotos, y un montón de equipaje, para el frío, para el calor, medicinas por lo que pudiera pasar, lecturas, y ante todo, mucha alegría de ver sitios nuevos o de reencontrarme con otros archiconocidos. Por eso ya tengo las maletas hechas otra vez, con mucha alegría y con poco estrés, porque el que me producen es el del bueno, del que estresa pero que produce endorfinas. Esta vez vuelvo a mi tierra, a mis Madriles. Habrá fiesta familiar, una boda nada menos, y sinceramente, con la situación mundial, qué mejor momento que para casarse o descasarse que ahora. En realidad da igual cuándo lo hagas, pues gente dispuesta a ir de fiesta siempre hay. Por suerte yo no soy como la planta de la que he leido antes y que acaba de florecer en un parque botánico de Hamburgo, que tiene a los expertos locos. El agave es una planta originaria de México, con hojas carnosas, que florece solo una vez, y tras hacerlo muere. Los botánicos llevaban 30 años esperando la flor del agave que hay en el parque Planten un Blomen de Hamburgo, y justo ahora está en flor. Al florecer, lanza un tallo de hasta 10 metros de altura. La de Hamburgo ha crecido 7,10 metros, y han tenido que quitarle una parte del techo al invernadero para que pueda crecer todo lo que quiera. Empezó a salir en febrero y ahora el espectáculo, que es muy raro de ver, durará unas cuatro semanas, con todas las flores. En cuanto vuelva de mi viaje, iré a verla. Lo triste es que esta planta muere tras haber florecido una sola vez. La naturaleza nos ofrece espectáculos de lo más extraños. Si las plantas y los animales hablasen, lo mismo dirían de nosotros, seres humanos. Para la boda de mi hermano ha habido que esperar casi 30 años... pero lo bueno es que a diferencia del agave, la flor no se marchitará, seguirá animando a la familia como lo hace siempre. Todos celebraremos, bailaremos, y brindaremos por las flores tardías pero que serán perennes.
miércoles, 25 de julio de 2012
25 de julio
Día de Santiago, patrón de España. Mejor día no pude elegir para parir a mi primogénita. Aunque no lo elegí yo. Ese día salía de cuentas, y como no podía ser de otra manera, nació justo ese día, puntualísima. No sé si sabrán ustedes que los menos nacen ese día que te dan como orientación. Así que 25 de julio y encima puntual. Eso era ya premonitorio...
Recuerdo ese mes de julio como uno de los peores veranos, de los muchísimos, vividos aquí. Pero mientras paseaba mi tripa por aquel mes de julio tan gélido, mi padre decía sin quitarse la gabardina, que jamás había pasado tanto frío. Los 3 días que estuve en el hospital, no dejó de diluviar, y yo miraba a la cunita de la recién nacida pensando que qué mala suerte nacer en un clima así, muy mal karma.
Los últimos seis 25 de julio los hemos pasado en España, por si las moscas, pero este año nos hemos arriesgado a estar en Hamburgo. Y la ciudad nos ha devuelto el favor: sol y verano, a 29 grados. Esto parecerá lo normal... pues no! el mes que he estado fuera ha diluviado, y la semana pasada debió ser como para montar el arca de Noé y salir navegando. Los locos que se siguen empeñando en que se puede "veranear" en las costas alemanas han tenido unas vacaciones pasadas por agua. No aprenderán, que les conozco, pero a mí que me quiten lo bailao, y con mi hija también.
Recuerdo ese mes de julio como uno de los peores veranos, de los muchísimos, vividos aquí. Pero mientras paseaba mi tripa por aquel mes de julio tan gélido, mi padre decía sin quitarse la gabardina, que jamás había pasado tanto frío. Los 3 días que estuve en el hospital, no dejó de diluviar, y yo miraba a la cunita de la recién nacida pensando que qué mala suerte nacer en un clima así, muy mal karma.
Los últimos seis 25 de julio los hemos pasado en España, por si las moscas, pero este año nos hemos arriesgado a estar en Hamburgo. Y la ciudad nos ha devuelto el favor: sol y verano, a 29 grados. Esto parecerá lo normal... pues no! el mes que he estado fuera ha diluviado, y la semana pasada debió ser como para montar el arca de Noé y salir navegando. Los locos que se siguen empeñando en que se puede "veranear" en las costas alemanas han tenido unas vacaciones pasadas por agua. No aprenderán, que les conozco, pero a mí que me quiten lo bailao, y con mi hija también.
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lunes, 23 de abril de 2012
Conclusiones de un fin de semana
A ver, dónde me quedé. Ah, la comunión. Es que hoy voy algo lenta. Ha sido un fin de semana tan intenso y tan divertido, que ahora ralentiza uno el ritmo sin querer. Y si bien durante días, una tira durmiendo poco, de repente hoy, al relajarse, es cuando te das cuenta de que no has parado realmente. Y hoy es el momento de recapitular, antes de que la rutina me tenga otra vez, como se dice en alemán.
Hay varias conclusiones de los últimos días: si hay que inventarse una comunión se hace, como excusa para que venga la familia. Ya lo dijo mi sobrina Paula, de cuatro años, el otro día en el Dom, el parque de atracciones ambulante de Hamburgo, cuya edición primaveral terminó ayer, y que todavía pudieron ver. Tras dar toda la vuelta el recinto, llegando al final, mirando a los aparatos, y tras haberse subido en varias atracciones y haber hecho de todo, dijo: "Al año que viene, si eso, si alguien hace la comunión, venimos". Yo dije que bueno, que si hay que inventarse una comunión que nos la inventamos, y que si no la hago yo. La cría lo vio claro: qué buena idea tener algo por lo que venir en pleno mes de abril, toda la familia. Segunda conclusión: las comuniones en Alemania son menos negocio que lo son en España. Ejemplo: las fotos. En la iglesia había dos fotógrafos que posteriormente pondrán todas las fotos en un CD que venderán por 5 €. Luego los atuendos: cada uno va como quiere vestido. Había críos con deportivas y pantalones de sport. Tercero: todas estas celebraciones son culturales, y no tienes más que darte una vuelta por una, y sabrás en qué país estás. Por ejemplo, en Alemania se dan los regalos, y el agasajado, los pone en una mesa. Esto irrita en sobremanera a los españoles, que acaban por preguntar si no se abren. Eso se hace luego en casa: uno se los lleva todos sin abrir, y los desempaqueta luego en la intimidad del hogar. De esa manera, nadie compara los regalos entre sí, salvo los que están en el momento de abrirlos, claro, pero no trasciende quién ha regalado qué. Aquí no se dan explicaciones de nada innecesariamente. Y cuarto: hacer la comunión en Hamburgo es algo muy raro. Esto es zona protestante por lo que los niños que la hacen son algo exótico. Es el momento en el que muchos protestantes te dicen que les parece una edad muy buena para tener tu día protagonista, pues son más pequeños que los protestantes, que hacen la confirmación con 13 ó 14 años, una edad en la que no molan nada esos encuentros en la iglesia. Así que este fin de semana, o estas semanas de abril, hay muchos más grupos de confirmaciones por ahí, que de comunión. Y quinto: no somos nadie. Planeas esto hace meses, y luego se te pasa volando. Pero eso aquí y en todo el mundo. Menos mal que luego siempre nos queda la resaca.
Hay varias conclusiones de los últimos días: si hay que inventarse una comunión se hace, como excusa para que venga la familia. Ya lo dijo mi sobrina Paula, de cuatro años, el otro día en el Dom, el parque de atracciones ambulante de Hamburgo, cuya edición primaveral terminó ayer, y que todavía pudieron ver. Tras dar toda la vuelta el recinto, llegando al final, mirando a los aparatos, y tras haberse subido en varias atracciones y haber hecho de todo, dijo: "Al año que viene, si eso, si alguien hace la comunión, venimos". Yo dije que bueno, que si hay que inventarse una comunión que nos la inventamos, y que si no la hago yo. La cría lo vio claro: qué buena idea tener algo por lo que venir en pleno mes de abril, toda la familia. Segunda conclusión: las comuniones en Alemania son menos negocio que lo son en España. Ejemplo: las fotos. En la iglesia había dos fotógrafos que posteriormente pondrán todas las fotos en un CD que venderán por 5 €. Luego los atuendos: cada uno va como quiere vestido. Había críos con deportivas y pantalones de sport. Tercero: todas estas celebraciones son culturales, y no tienes más que darte una vuelta por una, y sabrás en qué país estás. Por ejemplo, en Alemania se dan los regalos, y el agasajado, los pone en una mesa. Esto irrita en sobremanera a los españoles, que acaban por preguntar si no se abren. Eso se hace luego en casa: uno se los lleva todos sin abrir, y los desempaqueta luego en la intimidad del hogar. De esa manera, nadie compara los regalos entre sí, salvo los que están en el momento de abrirlos, claro, pero no trasciende quién ha regalado qué. Aquí no se dan explicaciones de nada innecesariamente. Y cuarto: hacer la comunión en Hamburgo es algo muy raro. Esto es zona protestante por lo que los niños que la hacen son algo exótico. Es el momento en el que muchos protestantes te dicen que les parece una edad muy buena para tener tu día protagonista, pues son más pequeños que los protestantes, que hacen la confirmación con 13 ó 14 años, una edad en la que no molan nada esos encuentros en la iglesia. Así que este fin de semana, o estas semanas de abril, hay muchos más grupos de confirmaciones por ahí, que de comunión. Y quinto: no somos nadie. Planeas esto hace meses, y luego se te pasa volando. Pero eso aquí y en todo el mundo. Menos mal que luego siempre nos queda la resaca.
viernes, 20 de abril de 2012
Jaleíllo
Semana animadilla, por elegir un adjetivo apropiado. El lunes llegaron mis padres, y con ellos la legumbre, las puntas de jamón para el cocido, las morcillitas de Burgos, y todo lo que el exiliado necesita, o lo que los padres del exiliado consideran indispensable para el hijo perdido por el mundo. Ayer llegó el resto de la familia, pues se avecina celebración familiar el sábado. No me considero cristiana, pero aquí se celebra cualquier cosa con tal de juntarnos todos y liarla buena. La emoción se respiraba en el aire los días de atrás, pues mis hijas expresaban su alegría por la llegada de los abuelos. Luego se reían contando las anécdotas de su tío de España, que le dijo a la mayor que cuando esté aquí, irá a la puerta del instituto a cantar, a hacerle pasar bochorno a ella, y ella se partía de risa al imaginarse la situación "Conoces a ése?", "noooo, de nada". El otro día me decía también que se va a poner de alemana marisabidilla con todos, de Oberschlaumeier, algo así como el "Fernández super listo", una expresión alemana para expresar el listillo de turno, de apellido normalucho como Meier o Fernández, y que dará instrucciones sobre todo, y me decía les diría: "esto se recicla, esto se pone en esta basura, esto en la otra". Y la que se partía de risa era yo, por su capacidad de reírse de sí misma y de su cultura.
Ayer en el aeropuerto, en el aparcamiento, tuvimos el momento alemán. Recien llegados, con críos, bebé, carro, hasta que cargamos todo en los coches, al ir al sacar el coche del aparcamiento, al meter el ticket ya pagado, la máquina protestó: "Tiempo de salida ya concluido, tiene que validar el ticket otra vez y pagar la diferencia". Un euro más, por unos minutos. Pero el incordio que nos ocasionó tener que apartarnos con dos coches, y la situación tan alemana. Yo, que estoy curada de espanto tras toda una vida aquí, les dije medio de cachondeo "vámonos ya, que se nos va a pasar el tiempo del ticket para salir". Y efectivamente ocurrió, para estupor de los españoles: "Joer, si no nos da tiempo"... pues a los alemanes sí...
Días divertidos, en los que mi casa parece un hotel. Ayer me sentí como una empleada del Holiday Inn, haciendo camas, preparando toallas, pero estos son los momentos buenos en la vida, pues no se da nunca que vengan todos los míos a la vez a Hamburgo. Menuda panda de ateos mañana en la iglesia, la mayoría de nosotros, pero qué más da. Mi hija, tras menos de un año de catequesis (la iglesia católica alemana es muy relajada, no se pueden permitir exigir demasiado), está deseando que llegue el día. El otro día, antes de ir a una de las pocas misas a las que ha tenido que ir, me dijo "joooooo, pero si ya me sé todas las historias de Cristo". Mañana terminará su formación religiosa, y el resto que decida ella, que en mi casa hay libertad religiosa, incluso para hacerse uno ateo, como lo ha hecho la mayor tres años después de la comunión, pues dice que esas historias de la Biblia no se las cree nadie.
Pero hablando de historias, que ahora descanse mi blog un poquito de las mías, que lo necesita también.
Ayer en el aeropuerto, en el aparcamiento, tuvimos el momento alemán. Recien llegados, con críos, bebé, carro, hasta que cargamos todo en los coches, al ir al sacar el coche del aparcamiento, al meter el ticket ya pagado, la máquina protestó: "Tiempo de salida ya concluido, tiene que validar el ticket otra vez y pagar la diferencia". Un euro más, por unos minutos. Pero el incordio que nos ocasionó tener que apartarnos con dos coches, y la situación tan alemana. Yo, que estoy curada de espanto tras toda una vida aquí, les dije medio de cachondeo "vámonos ya, que se nos va a pasar el tiempo del ticket para salir". Y efectivamente ocurrió, para estupor de los españoles: "Joer, si no nos da tiempo"... pues a los alemanes sí...
Días divertidos, en los que mi casa parece un hotel. Ayer me sentí como una empleada del Holiday Inn, haciendo camas, preparando toallas, pero estos son los momentos buenos en la vida, pues no se da nunca que vengan todos los míos a la vez a Hamburgo. Menuda panda de ateos mañana en la iglesia, la mayoría de nosotros, pero qué más da. Mi hija, tras menos de un año de catequesis (la iglesia católica alemana es muy relajada, no se pueden permitir exigir demasiado), está deseando que llegue el día. El otro día, antes de ir a una de las pocas misas a las que ha tenido que ir, me dijo "joooooo, pero si ya me sé todas las historias de Cristo". Mañana terminará su formación religiosa, y el resto que decida ella, que en mi casa hay libertad religiosa, incluso para hacerse uno ateo, como lo ha hecho la mayor tres años después de la comunión, pues dice que esas historias de la Biblia no se las cree nadie.
Pero hablando de historias, que ahora descanse mi blog un poquito de las mías, que lo necesita también.
domingo, 25 de marzo de 2012
Porque sí
Pues las distancias se salvan; no hay más que montarse en un avión y atravesarse Europa. Soy capaz de irme un fin de semana a Madrid con 19,2 kg de peso, y volverme con 19,1 kg. Es muy fácil: no hay más que alguien convoque una fiesta, y yo ya me anime dos meses antes. Encima hubo que mantenerlo sorpresa, pues la homenajeada no debía saberlo, y la verdad es que todo salió muy bien. La cumpleañera era mi hermana, y el de la idea mi hermano, y a mí, la del medio, se me ocurrió plantarme en la fiesta, yo solita, sin que nadie esperase de mí tal cosa, dada la distancia. Aunque capaz me creían todos, me dijeron cuando lo decidí, y más ayer en la fiesta, en la que nadie pareció sorprenderse de verdad, y lo bueno es cuando ya nadie te toma por loca por hacer una cosa así. Me encanta que esté asumido.
Y así he vuelto hoy, tras un viaje relámpago a Madrid, ... pero como para perderse una fiesta así. Mis hermanos lo merecen: el uno por tener una idea tan buena, por ofrecer su casa, y organizar un buen sarao con todo el jaleo que eso le ocasiona en su vida familiar, y la otra por merecerse una fiesta así y mucho más. Yo acudí a la fiesta con un "pasaba por aquí" escrito en la frente. Ójalá pudiésemos dar alegrías así de fáciles a la gente tanto como fuese posible. Mi hermana se quedó muda al verme y la alegría fue inmesa, mía también.
El taxista también se quedó mudo a la ida, al levantar mi maleta tras saber que era solo para un fin de semana, pues pesaba lo suyo. Pero en ella iban salchichas alemanas para la fiesta y más cosillas. A la vuelta ha habido que rellenar el hueco vacío, y nada más fácil que eso también. Soy experta. Lo raro es unir en un mismo día las tres ciudades de Europa en las que he vivido, más raro aún que en las tres hoy luciese el sol en un día primaveral precioso, sin nubes en el cielo. Ha sido el trayecto más soleado que he tenido jamás, diría ahora. Y he vuelto lenta y con resaca. Quiero pensar que es lo poco que he dormido, que en Madrid no me lo pareció, allí nunca me lo parece, pero aquí sí, que encima me han robado dos horas de mi breve fin de semana: una en el aeropuerto de Bruselas, con un retraso de una hora por el avión averiado, y otra hoy, la que nos han quitado a todos los europeos, menos a los rusos, que son más listos en esta materia, y que nos hace sentirnos cuales animales de granja con los horarios descolocados.
Y descolocada me quedo, tras un día en el limbo. En días como hoy me siento apátrida. A veces pienso que mi lugar está en esos aviones que sobrevuelan Europa. Conozco el paisaje y la geografía a mi paso: hoy la costa atlántica de Francia, luego divisé la costa alemana del Mar del Norte, con las Islas Frisias al fondo, y durante todo el camino muchísimos lugares en el medio de ningún lugar, todos esos sitios en los que jamás viviría, por idílicos y por ser solo una anécdota en el paisaje. Hamburgo parecía hoy una gran urbe al llegar, y aunque lo es, hoy me lo he creído además, pues se divisaba a lo lejos, como nunca. Normalmente las nubes impiden ver nada, y es entrar, y verte metido en una "sopa", como llaman aquí a la mezcla de nubes, humedad, y lluvia en muchos casos. Madrid-Bruselas-Hamburgo. Tres ciudades que conozco a la perfección, y la suma de lo que soy, en vivencias, recuerdos, anhelos, y los tres sitios están dentro de mí, y lo estarán siempre, en un batiburrillo de sensaciones que me siguen llevando por esos cielos tan cercanos de una ciudad a la otra, para lo que sea. Lo raro es que sea todo en un día, pero todo es posible. Como cogerte un avión e irte a una fiesta de un 40 cumpleaños. Hay cosas que son un verdadero placer y la mar de fáciles.
Y así he vuelto hoy, tras un viaje relámpago a Madrid, ... pero como para perderse una fiesta así. Mis hermanos lo merecen: el uno por tener una idea tan buena, por ofrecer su casa, y organizar un buen sarao con todo el jaleo que eso le ocasiona en su vida familiar, y la otra por merecerse una fiesta así y mucho más. Yo acudí a la fiesta con un "pasaba por aquí" escrito en la frente. Ójalá pudiésemos dar alegrías así de fáciles a la gente tanto como fuese posible. Mi hermana se quedó muda al verme y la alegría fue inmesa, mía también.
El taxista también se quedó mudo a la ida, al levantar mi maleta tras saber que era solo para un fin de semana, pues pesaba lo suyo. Pero en ella iban salchichas alemanas para la fiesta y más cosillas. A la vuelta ha habido que rellenar el hueco vacío, y nada más fácil que eso también. Soy experta. Lo raro es unir en un mismo día las tres ciudades de Europa en las que he vivido, más raro aún que en las tres hoy luciese el sol en un día primaveral precioso, sin nubes en el cielo. Ha sido el trayecto más soleado que he tenido jamás, diría ahora. Y he vuelto lenta y con resaca. Quiero pensar que es lo poco que he dormido, que en Madrid no me lo pareció, allí nunca me lo parece, pero aquí sí, que encima me han robado dos horas de mi breve fin de semana: una en el aeropuerto de Bruselas, con un retraso de una hora por el avión averiado, y otra hoy, la que nos han quitado a todos los europeos, menos a los rusos, que son más listos en esta materia, y que nos hace sentirnos cuales animales de granja con los horarios descolocados.
Y descolocada me quedo, tras un día en el limbo. En días como hoy me siento apátrida. A veces pienso que mi lugar está en esos aviones que sobrevuelan Europa. Conozco el paisaje y la geografía a mi paso: hoy la costa atlántica de Francia, luego divisé la costa alemana del Mar del Norte, con las Islas Frisias al fondo, y durante todo el camino muchísimos lugares en el medio de ningún lugar, todos esos sitios en los que jamás viviría, por idílicos y por ser solo una anécdota en el paisaje. Hamburgo parecía hoy una gran urbe al llegar, y aunque lo es, hoy me lo he creído además, pues se divisaba a lo lejos, como nunca. Normalmente las nubes impiden ver nada, y es entrar, y verte metido en una "sopa", como llaman aquí a la mezcla de nubes, humedad, y lluvia en muchos casos. Madrid-Bruselas-Hamburgo. Tres ciudades que conozco a la perfección, y la suma de lo que soy, en vivencias, recuerdos, anhelos, y los tres sitios están dentro de mí, y lo estarán siempre, en un batiburrillo de sensaciones que me siguen llevando por esos cielos tan cercanos de una ciudad a la otra, para lo que sea. Lo raro es que sea todo en un día, pero todo es posible. Como cogerte un avión e irte a una fiesta de un 40 cumpleaños. Hay cosas que son un verdadero placer y la mar de fáciles.
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martes, 20 de marzo de 2012
La sangre alterada
Menos mal que estas cosas me la traen al pairo, pero hoy, comienzo oficial de la primavera es el momento de pararme a pensar que, de los crocus que plantaron mis hijas, que no yo, en otoño, solo han salido dos. No sé si lo botánico se lleva en la sangre, o si la culpa la tiene el perrito de los vecinos, que se ha dedicado a comerse los bulbos tras escarbarlos de la tierra. Pero como dicen mis hijas, "es tan mono" que cualquiera se enfada, y menos si unas florecillas de nada salen o no. Con la que está cayendo además.
Pero hoy es primavera, astronómicamente hablando, pues los meteréologos la cuentan a partir del 1 de marzo. Hoy exactamente a las 6.14 de la mañana ha sido el momento con la misma duración entre el día y la noche, así que ya está liada otra vez, florecillas, hormonas y demás. Aquí además, con inviernos oscurísimos con demasiada nocturnidad, ya lo venimos notando desde hace semanas y con cada minutillo que ganamos, se nos alegra el alma, flores o no. La primavera la sangre altera: ayer trataba de explicar en una de mis clases esta frase, o que la primavera se huele en el aire. Me miraron con cara rara, por variar, porque la gente aquí se deja alterar por pocas cosas o si acaso por otras que a mí me parecen menos importantes.
Aunque para primavera que la sangre altera, la adolescencia. Es esa edad en la que de repente los difíciles son tus padres, en la que te levantas por la mañana y te plantas delante del armario y gritas "mamáaaa, qué me pongo" para luego ignorar cien por cien el consejo que te da tu madre y ponerte otra cosa. Es ese momento en el que los trapitos cobran mucho protagonismo, en el que te crees que todo el mundo te ve ese pelito que te ha salido en la axila, o ese granito de la cara, tus "imperfecciones" se convierten en interés mundial y todos estarán pendientes de ellas. Lo sé porque yo lo he pasado, que conste. Yo también he sido cocinero antes que fraile. Y lo bueno de hacerte mayor es que te das cuenta que nadie te mira ese pelo en las piernas, o en el bigote. Pero en la adolescencia todo es importante.
De repente el armario ajeno, es decir, el de tu madre, cobra interés: "¿mamá, me puedo poner esto?", con algo tuyo en la mano, o incluso ya puesto. O mejor aún es cuando dice: "¿me dejas algo tuyo?", sin concretar, esperando encima tener todo a su disposición. Pero lo bueno de la adolescencia es que todos los demás son los insoportables, y tú no. Tú eres un incomprendido. Y hasta tu hermana, menor que tú, estará pasando por una adolescencia, según tú, a sus 8 años: "está de un adolescente ya... estoy segura", me dice la adolescente sobre su hermana pequeña.
Pero lo mejor es cuando un día me dijo: "Mamá, cuando seas vieja y estés gorda, quiero toda tu ropa". Esto tiene una lectura positiva, vamos a ver, no quiero ser tan negativa: que mi ropa sea tan interesante como para codiciarla, que le parezca molona, pero no deja de tener su doble lectura también. Y la pequeña añadió: "¡yo también quiero!, ¡yo también quiero!". Esto no hay quien lo pare.
Pero hoy es primavera, astronómicamente hablando, pues los meteréologos la cuentan a partir del 1 de marzo. Hoy exactamente a las 6.14 de la mañana ha sido el momento con la misma duración entre el día y la noche, así que ya está liada otra vez, florecillas, hormonas y demás. Aquí además, con inviernos oscurísimos con demasiada nocturnidad, ya lo venimos notando desde hace semanas y con cada minutillo que ganamos, se nos alegra el alma, flores o no. La primavera la sangre altera: ayer trataba de explicar en una de mis clases esta frase, o que la primavera se huele en el aire. Me miraron con cara rara, por variar, porque la gente aquí se deja alterar por pocas cosas o si acaso por otras que a mí me parecen menos importantes.
Aunque para primavera que la sangre altera, la adolescencia. Es esa edad en la que de repente los difíciles son tus padres, en la que te levantas por la mañana y te plantas delante del armario y gritas "mamáaaa, qué me pongo" para luego ignorar cien por cien el consejo que te da tu madre y ponerte otra cosa. Es ese momento en el que los trapitos cobran mucho protagonismo, en el que te crees que todo el mundo te ve ese pelito que te ha salido en la axila, o ese granito de la cara, tus "imperfecciones" se convierten en interés mundial y todos estarán pendientes de ellas. Lo sé porque yo lo he pasado, que conste. Yo también he sido cocinero antes que fraile. Y lo bueno de hacerte mayor es que te das cuenta que nadie te mira ese pelo en las piernas, o en el bigote. Pero en la adolescencia todo es importante.
De repente el armario ajeno, es decir, el de tu madre, cobra interés: "¿mamá, me puedo poner esto?", con algo tuyo en la mano, o incluso ya puesto. O mejor aún es cuando dice: "¿me dejas algo tuyo?", sin concretar, esperando encima tener todo a su disposición. Pero lo bueno de la adolescencia es que todos los demás son los insoportables, y tú no. Tú eres un incomprendido. Y hasta tu hermana, menor que tú, estará pasando por una adolescencia, según tú, a sus 8 años: "está de un adolescente ya... estoy segura", me dice la adolescente sobre su hermana pequeña.
Pero lo mejor es cuando un día me dijo: "Mamá, cuando seas vieja y estés gorda, quiero toda tu ropa". Esto tiene una lectura positiva, vamos a ver, no quiero ser tan negativa: que mi ropa sea tan interesante como para codiciarla, que le parezca molona, pero no deja de tener su doble lectura también. Y la pequeña añadió: "¡yo también quiero!, ¡yo también quiero!". Esto no hay quien lo pare.
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jueves, 2 de febrero de 2012
Momentos culminantes
Me encanta cuando el año se me llena de highlights y eso a 2 de febrero. Ya es oficial y para anunciarlo interrumpo mi trabajo: mi hermano se casa en octubre, así que lo puedo decir aquí, pues me alegro mucho por él, ... y por lo que me toca, claro. Eso me "obliga" a tener que ir en octubre a Madrid, algo que no supone ningún sacrificio, salvo por el estrés que me supone buscar vuelo. Jamás ha sido más fácil reservar un vuelo, desde tu casa, con un par de clics, pero cada vez me estoy volviendo más enrevesada a la hora de hacerlo. He desarrollado ciertas costumbres de búsquedas y he llegado a la conclusión de que el asunto es plenamente psicológico: ¿por qué miro y miro días hasta que me decido, y otras veces, sin ser ningún chollazo me decido de inmediato? No hace tanto leí que la posibilidad de encontrar un viaje a precio de ganga en internet es como que te toque la lotería, por la de montones de parámetros y algoritmos o qué sé yo. Todos vemos anuncios que dicen: Londres 29 €, Madrid desde 69€. Pero es justo eso "desde". Luego suben que si las tasas de emisión, de aeropuertos, y el vuelto te cuesta 180 € ida y vuelta, o más. Las gangas que he pillado han sido cuando he reservado con un año con antelación, pero cuándo se puede hacer eso. Normalmente y dado que además estoy sujeta a las vacaciones escolares, que es cuando aquí es más caro viajar (las familias tenemos un impuesto revolucionario por existir), no consigo ningún chollo.
Pero miro y miro hasta que un día digo que ése es mi vuelo. He llegado a mirar hasta tres semanas antes de reservar algo, y de repente un día decido cogerlo. En mi caso influyen muchos factores. Cuando voy a Madrid prefiero el vuelo directo, indudablemente, pero es el más caro, por lo que al reservar tres vuelos, pues mis hijas van siempre adonde yo vaya, hay mucha diferencia entre si el vuelo cuesta 150 € por persona o 200 €. Cuando voy sola me da (algo) más igual. Si voy con escala, el aeropuerto influye: por París, como la última vez, lo odio, ya que el cambio fue absurdo: nos hicieron salir de la terminal, por donde salen las maletas, salir como si nos quedásemos en París, y volver a entrar (mi hija pequeña me preguntó mirándome de soslayo que por qué no habíamos reservado el Sofortflug, en una de sus típicas creaciones de palabras, que significaría 'el vuelo inmediato'; viajar por Amsterdam, como el otro día, lo odio: no he visto aeropuerto más descolocado y desconcertante, eso sí, parece Holanda en miniatura, y de hecho merece un buen post; por Bruselas me encanta, para añorar tiempos, y comprar chocolates, prensa belga, y respirar aire belga enrarecido en la sala de espera; Frankfurt, es ... no sé qué decir, ha mejorado bastante, pero es otra ciudad, y siempre habrá obras en algún lado con la (in)eficiacia alemana para estas cosas; el año pasado descubrí el de Múnich, que cayó hace años en la categoría de "a evitar", pero que me sorprendió muy positivamente: parecía Múnich, con sus Brezeln, los panes salados que se toman con cerveza, puestos para beberse unas cuantas, y marcas de lujo bávaras; por Zúrich vuelo a menudo y no me desagrada: no es un aeropuerto incómodo y oír Schwyzerdütsch, el alemán suizo, es un placer.
Y de las líneas aéreas podría hacer otra sinopsis pero se la ahorro a mis lectores diciendo que Lufthansa es mi favorita. Te siguen dando de comer (y bien), dan periódicos, bastantes bebidas, y me gusta el trato tan alemán que es mi vida diaria: simpatías las justas, correctos en todo momento, no pierden los nervios, y simplemente funciona. Aunque desde que me comentó mi amiga el otro día que el azafato de Easy Jet en el vuelo a Edimburgo "rapeó" el contenido del carrito del duty free, pienso que a Lufthansa le falta algo de chispa. Es algo a mejorar...
Los vuelos del verano ya los tengo, y ahora me pondré a buscar los de octubre, que una boda es una boda. Por cierto, los otros momentos culminantes del año: la comunión de mi hija pequeña en abril, para la que sí que encontré gangas de vuelos para toda mi familia. Les obligué a todos en masa a reservar en septiembre, y la verdad que aunque, a ver cómo lo expreso sin dañar sensibilidades, la comunión me la trae al pairo, sí que me encanta tener un motivo por el que tienen que venir todos. Es genial. Pongan cumpleaños, bodas o bautizos, que para fiestas yo. Que la vida es como una búsqueda de un vuelo barato. Miras y miras, y eliges cuando tú crees que no lo vas a encontrar más barato. Lo importante es que no vuelvas a mirar más desde el momento que haces clic, y no te agües ninguna fiesta. Y sigas tu periplo, con los tuyos.
Pero miro y miro hasta que un día digo que ése es mi vuelo. He llegado a mirar hasta tres semanas antes de reservar algo, y de repente un día decido cogerlo. En mi caso influyen muchos factores. Cuando voy a Madrid prefiero el vuelo directo, indudablemente, pero es el más caro, por lo que al reservar tres vuelos, pues mis hijas van siempre adonde yo vaya, hay mucha diferencia entre si el vuelo cuesta 150 € por persona o 200 €. Cuando voy sola me da (algo) más igual. Si voy con escala, el aeropuerto influye: por París, como la última vez, lo odio, ya que el cambio fue absurdo: nos hicieron salir de la terminal, por donde salen las maletas, salir como si nos quedásemos en París, y volver a entrar (mi hija pequeña me preguntó mirándome de soslayo que por qué no habíamos reservado el Sofortflug, en una de sus típicas creaciones de palabras, que significaría 'el vuelo inmediato'; viajar por Amsterdam, como el otro día, lo odio: no he visto aeropuerto más descolocado y desconcertante, eso sí, parece Holanda en miniatura, y de hecho merece un buen post; por Bruselas me encanta, para añorar tiempos, y comprar chocolates, prensa belga, y respirar aire belga enrarecido en la sala de espera; Frankfurt, es ... no sé qué decir, ha mejorado bastante, pero es otra ciudad, y siempre habrá obras en algún lado con la (in)eficiacia alemana para estas cosas; el año pasado descubrí el de Múnich, que cayó hace años en la categoría de "a evitar", pero que me sorprendió muy positivamente: parecía Múnich, con sus Brezeln, los panes salados que se toman con cerveza, puestos para beberse unas cuantas, y marcas de lujo bávaras; por Zúrich vuelo a menudo y no me desagrada: no es un aeropuerto incómodo y oír Schwyzerdütsch, el alemán suizo, es un placer.
Y de las líneas aéreas podría hacer otra sinopsis pero se la ahorro a mis lectores diciendo que Lufthansa es mi favorita. Te siguen dando de comer (y bien), dan periódicos, bastantes bebidas, y me gusta el trato tan alemán que es mi vida diaria: simpatías las justas, correctos en todo momento, no pierden los nervios, y simplemente funciona. Aunque desde que me comentó mi amiga el otro día que el azafato de Easy Jet en el vuelo a Edimburgo "rapeó" el contenido del carrito del duty free, pienso que a Lufthansa le falta algo de chispa. Es algo a mejorar...
Los vuelos del verano ya los tengo, y ahora me pondré a buscar los de octubre, que una boda es una boda. Por cierto, los otros momentos culminantes del año: la comunión de mi hija pequeña en abril, para la que sí que encontré gangas de vuelos para toda mi familia. Les obligué a todos en masa a reservar en septiembre, y la verdad que aunque, a ver cómo lo expreso sin dañar sensibilidades, la comunión me la trae al pairo, sí que me encanta tener un motivo por el que tienen que venir todos. Es genial. Pongan cumpleaños, bodas o bautizos, que para fiestas yo. Que la vida es como una búsqueda de un vuelo barato. Miras y miras, y eliges cuando tú crees que no lo vas a encontrar más barato. Lo importante es que no vuelvas a mirar más desde el momento que haces clic, y no te agües ninguna fiesta. Y sigas tu periplo, con los tuyos.
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martes, 17 de enero de 2012
Hiperventilada
En realidad podría escribir todos los días del tema denuncia de mi blog, pues no dejo de ver un titular aquí, una noticia allá, o vivir algo en mi día a día, para que salte la chispa y me sienta hiperventilada y entonces tenga que sentarme y empezar a soltar aire del que voy acumulando en exceso. Para no aburrirme/les, muchas veces tomo nota y constancia de la noticia, en mi buenísima memoria para estos asuntos, pues si en otros me falla, en esto vivo concienciada hasta el último poro de mi piel. El desencadenante hoy ha sido la desesperación de mi hija (y la mía) haciendo los deberes. No comprendo ni comprenderé jamás el sistema educativo aquí, en primaria desde luego que no, y en el instituto voy teniendo mis experiencias ahora, y si bien me convence más, también voy teniendo mis pegas. Pero primaria se basa en dos principios: jueguen y jueguen, el colegio es ese mundo feliz donde se trabaja lo mínimo, porque el verdadero trabajo, si es necesario, lo realizan los padres rellenando lagunas y peor aún, enseñándoles a los niños métodos de trabajo, cómo se estudia, cómo se hacen trabajos, pues no les enseñan a estudiar, diría yo. El segundo principio es el acumulativo: los brillantes, aprovechándose de la lentitud del sistema acumulan saber en exceso pues se aburren en clase, y van adelantando con el sistema de planes de trabajo que tienen, con los ejercicios obligatorios y los que hacen de más y que solo logran hacer ellos. Mientras hay niños que con lo obligatorio y las tareas extra tienen tiempo para hacer más aún, hay otros que ni realizan lo obligatorio, pues el sistema los deja de la mano de Dios. Y como Dios no está en clase, son los padres los que han de tratar de reengancharles, no el profesor. A mí me dieron un toque en noviembre por mi hija pequeña, pues en tercero de primaria, aunque todavía pueden "disfrutar" de la vida, al acercarse cuarto, que es cuando aqui se hace la criba y les dicen a los niños si pueden ir al instituto o no, es cuando hay que apretar un poco.
Aquí se trabaja de la siguiente manera: cuando los críos empiezan a escribir, no se les corrige la ortografía, no hay que poner freno a su fantasía con "minucias", pues da igual. El problema es que siguen escribiendo así cuatro años, y aunque en tercero y cuarto les empiezan a marcar qué palabras están mal sigue dando igual, porque todavía tienen tiempo, en teoría. El caso es que dictados, como los de toda la vida, ya no se hacen tampoco, pues son una tortura psicológica y producen un alto grado de estrés. Hoy realizan lo que aquí llaman un "Schleichdiktat", 'un dictado a hurtadillas'. Funciona de la siguiente manera: los críos se levantan de su mesa, y van a la pared donde está pegado el texto que tienen que escribir. Leen una frase, y tratan de memorizarla, y van pensando en ella hasta la mesa, se vuelven a sentar, escriben lo que han retenido, se vuelven a levantar, y así hasta que escriben todo el texto. Cuando la profesora nos lo contó en la reunión de padres hace un año, pensé que me tomaban el pelo: es más, lo tuvimos que hacer los padres en uno de esos momentos de felicidad colectiva, para que nos regocijemos en lo modernos que somos. Y el resultado es que los niños escriben fatal y solo son capaces de escribir bien si les deletreas una a una las letras.
Así que al final, y ya desde noviembre, he cogido yo el toro por los cuernos, que para eso soy española, y me he puesto a controlarle los deberes a mi hija y a machacarla como hacen todas, para suplir las horas que los colegios no dan por haber clase solo a media jornada. Yo cojo sus cuadernos, y repaso con ella las palabras mal escritas, y yo le hago dictados cuyo contenido son de lo más didáctico y veraz: "Mi madre es una pesada, y me obliga a hacer dictados" (como Dios manda, me faltó decir; estando en la época de Rajoy en la que se gobierna como Dios manda hay que aprovechar la coyuntura de tanta fe).
Ah, la noticia que leí el otro día es que solo un dos por ciento de niños cuyos padres no tienen estudios universitarios los realizan. En Alemania, la posibilidad de estudiar va unida al nivel educativo de tus padres. Ok, mensaje comprendido. Se van a enterar.
Aquí se trabaja de la siguiente manera: cuando los críos empiezan a escribir, no se les corrige la ortografía, no hay que poner freno a su fantasía con "minucias", pues da igual. El problema es que siguen escribiendo así cuatro años, y aunque en tercero y cuarto les empiezan a marcar qué palabras están mal sigue dando igual, porque todavía tienen tiempo, en teoría. El caso es que dictados, como los de toda la vida, ya no se hacen tampoco, pues son una tortura psicológica y producen un alto grado de estrés. Hoy realizan lo que aquí llaman un "Schleichdiktat", 'un dictado a hurtadillas'. Funciona de la siguiente manera: los críos se levantan de su mesa, y van a la pared donde está pegado el texto que tienen que escribir. Leen una frase, y tratan de memorizarla, y van pensando en ella hasta la mesa, se vuelven a sentar, escriben lo que han retenido, se vuelven a levantar, y así hasta que escriben todo el texto. Cuando la profesora nos lo contó en la reunión de padres hace un año, pensé que me tomaban el pelo: es más, lo tuvimos que hacer los padres en uno de esos momentos de felicidad colectiva, para que nos regocijemos en lo modernos que somos. Y el resultado es que los niños escriben fatal y solo son capaces de escribir bien si les deletreas una a una las letras.
Así que al final, y ya desde noviembre, he cogido yo el toro por los cuernos, que para eso soy española, y me he puesto a controlarle los deberes a mi hija y a machacarla como hacen todas, para suplir las horas que los colegios no dan por haber clase solo a media jornada. Yo cojo sus cuadernos, y repaso con ella las palabras mal escritas, y yo le hago dictados cuyo contenido son de lo más didáctico y veraz: "Mi madre es una pesada, y me obliga a hacer dictados" (como Dios manda, me faltó decir; estando en la época de Rajoy en la que se gobierna como Dios manda hay que aprovechar la coyuntura de tanta fe).
Ah, la noticia que leí el otro día es que solo un dos por ciento de niños cuyos padres no tienen estudios universitarios los realizan. En Alemania, la posibilidad de estudiar va unida al nivel educativo de tus padres. Ok, mensaje comprendido. Se van a enterar.
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viernes, 28 de octubre de 2011
Sueños
"Mamá, ¿qué profesión hay que tener para construir casas?", me ha preguntado mi hija pequeña esta tarde. "Arquitecto", le dije, y me asintió, "eso". Me dijo que habían estando hoy aprendiendo en el cole sobre la obra de Hundertwasser, que le debe haber fascinado. El artista austriaco se dedicó sobre todo a la pintura, pero realizó además obras arquitectónicas, que son las que deben haber visto en clase hoy. En Alemania hay una estación suya en Baja Sajonia, en Uelzen, llena de colorines y el estilo típico. Creó su estilo propio, como un Gaudí u otros. Un rato después, aprovechando el tema, le dije que le respondí que arquitecto, pero que eso es solo si se aplica y es trabajadora, y que si no la respuesta a la pregunta sería albañil, que ella verá. No le hablé de la cruda realidad: de que hoy día incluso siendo arquitecto, puedes acabar de albañil o ganando una miseria en cualquier otro trabajo.
Pero su intención de ser arquitecta me parece tan buena que prefiero alegrarme de lo que supone esa intención. Sí que apunta formas, pues lleva años construyendo con unas tablitas de madera escandinavas, un juego de construcción estupendo y con el que a ella no se le agotan las ideas, casas, torres y otras construcciones. Ahora me cuadra tanto interés desde siempre, y hace semanas me dijo que para Navidad se pide más, para hacer casas más grandes o torres más altas. Teniendo en cuenta que durante años, en la época en la que todos los niños quieren ser bomberos o astronautas, y las niñas princesas o hadas, ella no quería ser nada, con el escepticismo que le caracteriza y el estoicisimo por el que se deja llevar, y por tanto lo de hoy supone un hito.
Todos sabemos en lo que se quedan los sueños muchas veces, cuando de adultos nos damos cuenta de que a austronautas llegan tres (y quién quiere serlo) y a princesas las que tienen la desgracia de toparse con un príncipe por ahí. Renunciamos a sueños pero conseguimos muchas otras cosas tan valiosas o más de las que perseguíamos antes. Y cada renuncia se convierte en una oportunidad para continuar, aunque el cuerpo nos pida estancarnos en lo que queremos. Yo nunca quise ser profesora, hoy lo hablaba con una amiga, y aquí me tienen, y con cada clase le cojo más gusto al asunto. Y lo mismo me pasó con éste y con mi otro blog, día a día le cogí tanto gusto a la escritura que no renuncio a mi sueño mayor de escribir algo serio, y en ello estoy de un tiempo a esta parte. Cuestan la disciplina y el tesón, y más siendo una la tuerca en el conglomerado central de una familia, y si me aflojo, se va todo al garete en el día a día. Yo llevo agendas, comidas, médicos, compra, la casa y desde hace casi dos años mis clases, dentro y fuera de casa. Hoy empecé el día con una cita de médico a las 7.30 de la mañana con mis hijas, y lo he terminado preparando clases, pues excepcionalmente, mañana sábado, doy clase. Es lo que toca, y cuando oigo a mis alumnos que me dicen que se me nota lo mucho que disfruto con mi trabajo, a veces me emociono, porque yo tenía otros planes. Ah, en realidad yo de niña quería ser modista. Luego ya no. Pero qué más da. Me he ido encontrando cosas mejores, aunque lo más valioso lo tengo ya.
Pero su intención de ser arquitecta me parece tan buena que prefiero alegrarme de lo que supone esa intención. Sí que apunta formas, pues lleva años construyendo con unas tablitas de madera escandinavas, un juego de construcción estupendo y con el que a ella no se le agotan las ideas, casas, torres y otras construcciones. Ahora me cuadra tanto interés desde siempre, y hace semanas me dijo que para Navidad se pide más, para hacer casas más grandes o torres más altas. Teniendo en cuenta que durante años, en la época en la que todos los niños quieren ser bomberos o astronautas, y las niñas princesas o hadas, ella no quería ser nada, con el escepticismo que le caracteriza y el estoicisimo por el que se deja llevar, y por tanto lo de hoy supone un hito.
Todos sabemos en lo que se quedan los sueños muchas veces, cuando de adultos nos damos cuenta de que a austronautas llegan tres (y quién quiere serlo) y a princesas las que tienen la desgracia de toparse con un príncipe por ahí. Renunciamos a sueños pero conseguimos muchas otras cosas tan valiosas o más de las que perseguíamos antes. Y cada renuncia se convierte en una oportunidad para continuar, aunque el cuerpo nos pida estancarnos en lo que queremos. Yo nunca quise ser profesora, hoy lo hablaba con una amiga, y aquí me tienen, y con cada clase le cojo más gusto al asunto. Y lo mismo me pasó con éste y con mi otro blog, día a día le cogí tanto gusto a la escritura que no renuncio a mi sueño mayor de escribir algo serio, y en ello estoy de un tiempo a esta parte. Cuestan la disciplina y el tesón, y más siendo una la tuerca en el conglomerado central de una familia, y si me aflojo, se va todo al garete en el día a día. Yo llevo agendas, comidas, médicos, compra, la casa y desde hace casi dos años mis clases, dentro y fuera de casa. Hoy empecé el día con una cita de médico a las 7.30 de la mañana con mis hijas, y lo he terminado preparando clases, pues excepcionalmente, mañana sábado, doy clase. Es lo que toca, y cuando oigo a mis alumnos que me dicen que se me nota lo mucho que disfruto con mi trabajo, a veces me emociono, porque yo tenía otros planes. Ah, en realidad yo de niña quería ser modista. Luego ya no. Pero qué más da. Me he ido encontrando cosas mejores, aunque lo más valioso lo tengo ya.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Los milagros existen
La semana va pasando y yo me alegro, y en dos días estará superado el "trauma" del que vamos saliendo. Mi hija mayor está ahora mismo con su clase en la isla de Sylt, en el viaje que no es de fin de curso, sino de comienzos de curso, algo muy normal aquí. Se realizan al comienzo y no al final, para unir a la clase, y beneficiarse después de la sintonía entre todos tras tanto tiempo juntos. El problema es que hay niños a los que les hacen poca gracia estos viajes, y mi hija es una de ellos. En su vida escolar ha tenido ya dos y de ambos salió traumatizada, y yo también, de los malos nervios que me costó el viaje antes, durante y después. Esta vez, a meses de que se acercara el viaje, se ponía mala de pensarlo, y las dos últimas semanas antes de irse has sido muy duras. Hay niños capaces de irse a campamentos, bien pequeños, durante dos semanas o más, y se quedan tan panchos, y otros pasan un trauma con pasar una sola noche fuera de casa.
El problema es que mi hija va a acabar cogiendo manía a la isla de Sylt, en la que ha pasado dos viajes escolares, con lo bonita e idílica que es. Una de dos, o de mayor no vuelve y acaba por aborrecerla, o querrá volver para ver la isla con una mirada sosegada. Aún así, sus 11 años le permiten contarme con risas, o la seriedad debida, las anécdotas del viaje. Todo empezó el lunes con una huelga de trenes (ella se hubiese alegrado si hubiese sido definitiva para toda la semana), pero salieron un par de horas más tarde, y asunto solucionado. Para hacer más divertido el viaje, al ser una clase musical, iban provistos de sus instrumentos: los de la flauta traversera o el clarinete no tenían problema con el transporte, pero el que toca el contrabajo, o las del violonchelo, sí. La idea de los profesores era, como nos explicaron en la reunión de padres, tocar en cualquier sitio, incluso en la playa; también querían organizar un servicio de "despertadores", es decir, que cada mañana algún crío despierte a los otros tocando su instrumento. Yo me imaginé que me despierten con una flauta como algo agradable, pero con una trompeta ...
Pero las anécdotas no tienen desperdicio, y sinceramente, pienso que los profesores se merecen un monumento a su paciencia y buena voluntad (yo no valdría). El primer día, para estrenarse en la playa, pese al mal tiempo, viento y oleaje, jugaron a orillas del mar. Sylt se encuentra en el Mar del Norte, y eso no es el Mediterráneo en calma chicha. Pues los chicos, haciendo el borrico, tiraron al profesor al agua, con tan mala fortuna que el mar se llevó las gafas de éste. Me imagino lo contento que se puso. Por suerte tenía otras gafas de repuesto, porque si no, como para aguantar toda la semana a los 30 chavales haciéndole perrerías. Esa misma tarde, en la cena, una niña reaccionó alérgicamente a la mousse de chocolate del postre, y se le puso la cara desfigurada, según mi hija. Ayer, dos chicos desaparecieron mientras estaban viendo un centro de información sobre los animalitos de la isla. Los profesores les buscaron durante horas y al borde del infarto, y cuando llegaron todos al albergue en el que se alojan, descubrieron que los dos chicos estaban tan campantes en su habitación. Se les cayó el pelo, y los profesores dijeron de mandarlos de vuelta a sus casas como castigo, pero parece ser que no lo han hecho. Por eso digo lo de la buena voluntad, pues era como poco para matarlos.
Y luego están las otras anécdotas, las de mi hija: que si hace demasiado viento, demasiado frío, que si se te mete la arena en los ojos, que si la comida no está buena... Pero hoy, el tercer día, ha ocurrido un milagro. Hemos hablado brevemente, y se le oía muy contenta, y al poco rato me ha dicho que tenía que colgar, que iban a hacer una cosa todos juntos. Justo antes le había preguntado si hoy ha ocurrido alguna tragedia, y me dijo que no. Y toda relajada, y sin las lágrimas de los últimos dos días, ha colgado contenta y me ha dicho: "hasta mañana, mamá".
El problema es que mi hija va a acabar cogiendo manía a la isla de Sylt, en la que ha pasado dos viajes escolares, con lo bonita e idílica que es. Una de dos, o de mayor no vuelve y acaba por aborrecerla, o querrá volver para ver la isla con una mirada sosegada. Aún así, sus 11 años le permiten contarme con risas, o la seriedad debida, las anécdotas del viaje. Todo empezó el lunes con una huelga de trenes (ella se hubiese alegrado si hubiese sido definitiva para toda la semana), pero salieron un par de horas más tarde, y asunto solucionado. Para hacer más divertido el viaje, al ser una clase musical, iban provistos de sus instrumentos: los de la flauta traversera o el clarinete no tenían problema con el transporte, pero el que toca el contrabajo, o las del violonchelo, sí. La idea de los profesores era, como nos explicaron en la reunión de padres, tocar en cualquier sitio, incluso en la playa; también querían organizar un servicio de "despertadores", es decir, que cada mañana algún crío despierte a los otros tocando su instrumento. Yo me imaginé que me despierten con una flauta como algo agradable, pero con una trompeta ...
Pero las anécdotas no tienen desperdicio, y sinceramente, pienso que los profesores se merecen un monumento a su paciencia y buena voluntad (yo no valdría). El primer día, para estrenarse en la playa, pese al mal tiempo, viento y oleaje, jugaron a orillas del mar. Sylt se encuentra en el Mar del Norte, y eso no es el Mediterráneo en calma chicha. Pues los chicos, haciendo el borrico, tiraron al profesor al agua, con tan mala fortuna que el mar se llevó las gafas de éste. Me imagino lo contento que se puso. Por suerte tenía otras gafas de repuesto, porque si no, como para aguantar toda la semana a los 30 chavales haciéndole perrerías. Esa misma tarde, en la cena, una niña reaccionó alérgicamente a la mousse de chocolate del postre, y se le puso la cara desfigurada, según mi hija. Ayer, dos chicos desaparecieron mientras estaban viendo un centro de información sobre los animalitos de la isla. Los profesores les buscaron durante horas y al borde del infarto, y cuando llegaron todos al albergue en el que se alojan, descubrieron que los dos chicos estaban tan campantes en su habitación. Se les cayó el pelo, y los profesores dijeron de mandarlos de vuelta a sus casas como castigo, pero parece ser que no lo han hecho. Por eso digo lo de la buena voluntad, pues era como poco para matarlos.
Y luego están las otras anécdotas, las de mi hija: que si hace demasiado viento, demasiado frío, que si se te mete la arena en los ojos, que si la comida no está buena... Pero hoy, el tercer día, ha ocurrido un milagro. Hemos hablado brevemente, y se le oía muy contenta, y al poco rato me ha dicho que tenía que colgar, que iban a hacer una cosa todos juntos. Justo antes le había preguntado si hoy ha ocurrido alguna tragedia, y me dijo que no. Y toda relajada, y sin las lágrimas de los últimos dos días, ha colgado contenta y me ha dicho: "hasta mañana, mamá".
jueves, 21 de julio de 2011
Pitarraca
Se trata de una nueva creación de mi hija, que al tratar de repetir la palabra "tiparraca", le salió ésa: "pitarraca". Cuando oyó anoche el nombre de Angela Merkel en el telediario de la noche, preguntó que qué decían de ella. Mi madre respondió tan natural: "Ésa es una tiparraca", a lo que la peque preguntó: "pitarraca, ¿qué es pitarraca?". Imposible para una cría que no vive en este país conocer la riqueza de términos despectivos de nuestra lengua. Entre los chorizos y las tiparracas, no da abasto para aprender nuevas palabras o acepciones de las que ya conoce.
Toda vacación aquí le es muy productiva a mis hijas, por lo muchísimo que se llevan consigo. Me refiero al bagaje no solo lingüístico sino cultural. Cada estancia aquí les da para ver el mundo con sus ojos de alemanas, y de españolas en Alemania. Las dos primeras semanas ya han dado para espantarse por los Sanfermines y decir ante las imágenes de la televisión que no lo entienden, y al ver luego a los toros con las banderillas desear que embistan y maten a cada torero que hace tal barbaridad. Luego se espantan por ver el trato a los animales en los pueblos sobre todo. También se ríen mucho cuando la gente dice que hace "frío" este verano. Han apretado las temperaturas hoy, eso sí, pero es cierto que los que tenemos memoria histórica de meses de julio sabemos que éste está resultando "fresquito". Pero claro, ellas les escriben a sus amigas postales y escriben que la gente aquí dice que hace "fresco" a 30°C, que están majaras. Así tal cual lo dicen. Teniendo en cuenta que ellas conocen otros veranos frescos de verdad, razón no les falta.
Y ayer me las llevé a la Plaza Mayor. Les dije que es la plaza de mi pueblo. Ya la conocían, pero les gustó verla de nuevo. Trato de que se empapen de imagénes y de experiencias. Todo esto recordarán en un futuro, cuando sean mayores. Lo bueno y lo malo, los chorizos y las tiparracas, los Sanfermines televisados o lo que sea.
Toda vacación aquí le es muy productiva a mis hijas, por lo muchísimo que se llevan consigo. Me refiero al bagaje no solo lingüístico sino cultural. Cada estancia aquí les da para ver el mundo con sus ojos de alemanas, y de españolas en Alemania. Las dos primeras semanas ya han dado para espantarse por los Sanfermines y decir ante las imágenes de la televisión que no lo entienden, y al ver luego a los toros con las banderillas desear que embistan y maten a cada torero que hace tal barbaridad. Luego se espantan por ver el trato a los animales en los pueblos sobre todo. También se ríen mucho cuando la gente dice que hace "frío" este verano. Han apretado las temperaturas hoy, eso sí, pero es cierto que los que tenemos memoria histórica de meses de julio sabemos que éste está resultando "fresquito". Pero claro, ellas les escriben a sus amigas postales y escriben que la gente aquí dice que hace "fresco" a 30°C, que están majaras. Así tal cual lo dicen. Teniendo en cuenta que ellas conocen otros veranos frescos de verdad, razón no les falta.
Y ayer me las llevé a la Plaza Mayor. Les dije que es la plaza de mi pueblo. Ya la conocían, pero les gustó verla de nuevo. Trato de que se empapen de imagénes y de experiencias. Todo esto recordarán en un futuro, cuando sean mayores. Lo bueno y lo malo, los chorizos y las tiparracas, los Sanfermines televisados o lo que sea.
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martes, 7 de junio de 2011
8 añazos
Como aquí todo se hace muy pronto, aquí me tenían a mí hoy a las seis y cuarto en la cocina friendo churros. Como mi hija mayor sale de casa a las siete y siete minutos exactamente, si queríamos desayunar las tres con toda la tranquilidad que esas horas le dan a uno, o al menos a mí que soy lo menos matinale, como dicen los franceses, que existe, había que madrugar más aún. Mi hija mayor podría organizar a un regimiento por las mañanas, y a las seis ya estaba a mi lado recordándome que me tenía que levantar. Ella se puso su despertador, y al levantarse, se ha metido a mi lado en la cama y hasta me ha quitado el edredón. El mundo al revés: "Levanta, mamá".
Ayer lo ideamos todo: levantarnos algo antes de lo habitual para prepararle el desayuno a la pequeña, que cumple hoy 8 años. Como también hay que preparar bocadillos para el recreo y lo habitual, para mi lentitud mañanera me viene muy bien alguien que me diga lo que hay que hacer, y el comando se lo ha atribuido mi hija mayor. Luego ha ido donde su hermana y la ha despertado, haciendo como si fuese un día normal: "Natalia, ¿qué quieres desayunar?", a lo que la cumpleañera respondió medio dormida: "galletas". La otra bajó tronchándose de risa de que se pensase que fuese un día normal. Y al entrar la medio adormilada en el comedor y ver su monopatín último modelo, la velita, y los churros sobre la mesa se le ha puesto cara de mayor.
Es que 8 años no son pocos ya. Ya no eres tan pequeño. Que me lo digan a mí, que se me empiezo a quedar a cuadros de ver que crecen demasiado rápido. Y si para eso me tengo que poner a freír churros a las seis y cuarto, lo hago, que para eso son españolas y algo se les pegará. Por suerte los venden cogelados en la tienda española, que si no... Y al cole se ha ido con su pastel a celebrar como se hace aquí, con su biculturalidad plena.
Ayer lo ideamos todo: levantarnos algo antes de lo habitual para prepararle el desayuno a la pequeña, que cumple hoy 8 años. Como también hay que preparar bocadillos para el recreo y lo habitual, para mi lentitud mañanera me viene muy bien alguien que me diga lo que hay que hacer, y el comando se lo ha atribuido mi hija mayor. Luego ha ido donde su hermana y la ha despertado, haciendo como si fuese un día normal: "Natalia, ¿qué quieres desayunar?", a lo que la cumpleañera respondió medio dormida: "galletas". La otra bajó tronchándose de risa de que se pensase que fuese un día normal. Y al entrar la medio adormilada en el comedor y ver su monopatín último modelo, la velita, y los churros sobre la mesa se le ha puesto cara de mayor.
Es que 8 años no son pocos ya. Ya no eres tan pequeño. Que me lo digan a mí, que se me empiezo a quedar a cuadros de ver que crecen demasiado rápido. Y si para eso me tengo que poner a freír churros a las seis y cuarto, lo hago, que para eso son españolas y algo se les pegará. Por suerte los venden cogelados en la tienda española, que si no... Y al cole se ha ido con su pastel a celebrar como se hace aquí, con su biculturalidad plena.
miércoles, 11 de mayo de 2011
Opiniones de los indecisos
"No puedo decidirme, pues ambas posturas tienen 'razón'. Por ejemplo, aquí en Alemania no hay maremotos u otras catástrofes naturales. Sin embargo no se puede excluir que haya un accidente. Las energías renovables son bastante caras y entonces se necesitan menos trabajadores, además de no producir tanta corriente como la energía nuclear. Además nadie quiere tener un molino de viento en su jardín. Los residuos radioactivos van a ser siempre un problema. Lo mejor es consumir la menos cantidad de energía posible. Entonces quizá se puedan cerrar las centrales nucleares"
Esta ha sido la respuesta de mi hija mayor en su examen de geografía estos días. La pregunta era "¿Estás a favor o en contra de la energía nuclear? ¿O quizá indeciso/-a? Expón tu postura. No te olvides de explicarla."
Y le han dado los 5 puntos de los 5 posibles, acompañados de un "sehr gut" de la profesora. Y no es para menos. Ojalá mucha gente tuviese las ideas tan claras. A veces parezco la madre de la Pantoja, lo sé, pero mi hija vale mucho más que ésa, y no es amor de madre (o sí). Pero la Comisión Ética (la de temas que deberían pasar por esas manos) que Merkel creó hace poco tras el desastre de Fukushima para debatir este tema, un grupo de 17 sabios de la sociedad, de las iglesias alemanas, de la economía y de la ciencia, está debatiendo en la actualidad. A finales de mes presentarán los resultados de tanta elucubración, pero ayer saltaron a la prensa los puntos principales del borrador, en el que la comisión claramente aconseja el abandono progresivo de la energía nuclear hasta el año 2021, si no antes, dependiendo de las emisiones de C02 y los precios de la energía. Proponen cerrar las centrales nucleares alemanas, que se garantice que los residuos nucleares se queden dentro del país, que la energía nuclear almacenada hasta ese momento sirva como reservas en momentos de escasez de la energía convencional. Tras el desastre de Fukushima consideran conveniente un consenso a nivel europeo, que la seguridad nuclear sea un tema en la política europea. El gobierno debe apoyar la creación de centrales de gas y que planes tipo "renove" promuevan que desaparezcan los aparatos que más consuman y exigen que aumenten las ayudas estatales a las obras que ayuden a ahorrar energía en los edificios.
No iba mi hija tan desencaminada con su "indecisión". Anoche le dije, cuando me dio su examen para firmárselo y ejercer mi control de madre, que me lo dejase un día, antes de devolvérselo a la profesora con mi firma, que lo necesitaba para mi blog, y que estaba muy orgullosa de ella. Ah, mi hija dice también que por ir a las manifestaciones contra la energía nuclear que tampoco se soluciona nada. Que ella está también en contra, pero y qué, que es muy fácil hablar.
Esta ha sido la respuesta de mi hija mayor en su examen de geografía estos días. La pregunta era "¿Estás a favor o en contra de la energía nuclear? ¿O quizá indeciso/-a? Expón tu postura. No te olvides de explicarla."
Y le han dado los 5 puntos de los 5 posibles, acompañados de un "sehr gut" de la profesora. Y no es para menos. Ojalá mucha gente tuviese las ideas tan claras. A veces parezco la madre de la Pantoja, lo sé, pero mi hija vale mucho más que ésa, y no es amor de madre (o sí). Pero la Comisión Ética (la de temas que deberían pasar por esas manos) que Merkel creó hace poco tras el desastre de Fukushima para debatir este tema, un grupo de 17 sabios de la sociedad, de las iglesias alemanas, de la economía y de la ciencia, está debatiendo en la actualidad. A finales de mes presentarán los resultados de tanta elucubración, pero ayer saltaron a la prensa los puntos principales del borrador, en el que la comisión claramente aconseja el abandono progresivo de la energía nuclear hasta el año 2021, si no antes, dependiendo de las emisiones de C02 y los precios de la energía. Proponen cerrar las centrales nucleares alemanas, que se garantice que los residuos nucleares se queden dentro del país, que la energía nuclear almacenada hasta ese momento sirva como reservas en momentos de escasez de la energía convencional. Tras el desastre de Fukushima consideran conveniente un consenso a nivel europeo, que la seguridad nuclear sea un tema en la política europea. El gobierno debe apoyar la creación de centrales de gas y que planes tipo "renove" promuevan que desaparezcan los aparatos que más consuman y exigen que aumenten las ayudas estatales a las obras que ayuden a ahorrar energía en los edificios.
No iba mi hija tan desencaminada con su "indecisión". Anoche le dije, cuando me dio su examen para firmárselo y ejercer mi control de madre, que me lo dejase un día, antes de devolvérselo a la profesora con mi firma, que lo necesitaba para mi blog, y que estaba muy orgullosa de ella. Ah, mi hija dice también que por ir a las manifestaciones contra la energía nuclear que tampoco se soluciona nada. Que ella está también en contra, pero y qué, que es muy fácil hablar.
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martes, 26 de abril de 2011
Operación Biquini
Así hemos titulado hoy el helado de despedida que nos hemos tomado mis hijas y yo con nuestro huésped de las últimas dos semanas. Los helados en Alemania son un placer maravilloso por 80 céntimos en la mayoría de los casos, o como mucho por un euro, que le hacen sentirse a uno como un rey por tan poco dinero. Las ciudades están llenas de heladerías, y hasta en el pueblo más remoto las hay. Los sabores son deliciosos y variados, aparte de los clásicos como vainilla, fresa o chocolate. Pero hasta de mojito me he tomado yo alguno en cierta ocasión, y nuestros favoritos son los de yogur de cereza, de mandarina, latte macchiato, melón, pistacho (que aquí no es verde fosforito, como en España).
Hoy hemos salido ya de casa con alevosía y premeditación: otras veces era el helado de "pasaba por aquí", pero hoy he cogido el coche aposta para ir a unos cuantos kilómetros de casa a una heladería concreta. Y había otros tantos que habían hecho lo mismo, a juzgar por el aparcamiento, montones de bicis incluidas. Hasta una señora paró su coche, se pidió un superhelado con nata incluida, y con él en la mano, empezó a conducir. Luego dicen que hablar por teléfono al conducir es peligroso. ¿Y los golosos come-helados?
La idea era ir a tomar el helado de despedida de mi visitante, que ha ido a uno diario prácticamente durante las dos semanas que ha estado aquí. Lo bueno de tener 24 años y estar delgadita es que se lo puede permitir, pero ella hablaba hoy justo de eso, de la "operación biquini", y que nosotras lo hacíamos al revés: íbamos a la heladería ya pensando en las dos bolas de helado que nos íbamos a tomar, y en la mejor época del año para hacerlo. A mí con una bola al final me dio, ... por la edad ... y por la idea del bikini, lo reconozco. Y sentadas las cuatro, tomándonos nuestros sendos helados, y viendo que otros los tenían más grandes aún, con nata encima, con virutas de chocolate, con capita de chocolate crujiente, y más delicias, hablábamos del placer que supone, y tan baratito. Ella dijo que se acordará de los precios.
Para que digan que la vida en Alemania es cara. Ella constató que los precios de entrada a los castillos o museos son caros. Es que hay que poner prioridades: un helado aquí en esta época del año y con el solazo que tenemos desde hace tres semanas y que sentimos como si nos hubiese tocado la lotería, es nuestro pan de cada día. Como lo es el hecho de que los críos vuelvan a tener esta semana libre, tras las cuatro semanas de clase que han tenido tan solo desde las últimas vacaciones. Ser niño en Alemania es crecer en el paraíso terrenal: vacaciones cada par de semanas, helados a tutiplén, y tu madre para llevarte a la mitad del día a tomarte uno. Pero hoy hablaba del biquini y los placeres, ¿no?
Cada vez que vea helado de avellana, su favorito, me acordaré de nuestra visitante, con la que hemos compartido muchos ratos buenísimos, y con la que me he vuelto a sentir como la jovencita que llegó a Alemania con 20 años sin saber el idioma y empezó a descubrir los placeres que ofrece esta tierra. El helado es uno de ellos, sin duda alguna, equiparable a los placeres gratuitos que nos da la vida, como la buena compañia, uno de los más sencillos y gratificantes.
Hoy hemos salido ya de casa con alevosía y premeditación: otras veces era el helado de "pasaba por aquí", pero hoy he cogido el coche aposta para ir a unos cuantos kilómetros de casa a una heladería concreta. Y había otros tantos que habían hecho lo mismo, a juzgar por el aparcamiento, montones de bicis incluidas. Hasta una señora paró su coche, se pidió un superhelado con nata incluida, y con él en la mano, empezó a conducir. Luego dicen que hablar por teléfono al conducir es peligroso. ¿Y los golosos come-helados?
La idea era ir a tomar el helado de despedida de mi visitante, que ha ido a uno diario prácticamente durante las dos semanas que ha estado aquí. Lo bueno de tener 24 años y estar delgadita es que se lo puede permitir, pero ella hablaba hoy justo de eso, de la "operación biquini", y que nosotras lo hacíamos al revés: íbamos a la heladería ya pensando en las dos bolas de helado que nos íbamos a tomar, y en la mejor época del año para hacerlo. A mí con una bola al final me dio, ... por la edad ... y por la idea del bikini, lo reconozco. Y sentadas las cuatro, tomándonos nuestros sendos helados, y viendo que otros los tenían más grandes aún, con nata encima, con virutas de chocolate, con capita de chocolate crujiente, y más delicias, hablábamos del placer que supone, y tan baratito. Ella dijo que se acordará de los precios.
Para que digan que la vida en Alemania es cara. Ella constató que los precios de entrada a los castillos o museos son caros. Es que hay que poner prioridades: un helado aquí en esta época del año y con el solazo que tenemos desde hace tres semanas y que sentimos como si nos hubiese tocado la lotería, es nuestro pan de cada día. Como lo es el hecho de que los críos vuelvan a tener esta semana libre, tras las cuatro semanas de clase que han tenido tan solo desde las últimas vacaciones. Ser niño en Alemania es crecer en el paraíso terrenal: vacaciones cada par de semanas, helados a tutiplén, y tu madre para llevarte a la mitad del día a tomarte uno. Pero hoy hablaba del biquini y los placeres, ¿no?
Cada vez que vea helado de avellana, su favorito, me acordaré de nuestra visitante, con la que hemos compartido muchos ratos buenísimos, y con la que me he vuelto a sentir como la jovencita que llegó a Alemania con 20 años sin saber el idioma y empezó a descubrir los placeres que ofrece esta tierra. El helado es uno de ellos, sin duda alguna, equiparable a los placeres gratuitos que nos da la vida, como la buena compañia, uno de los más sencillos y gratificantes.
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martes, 8 de marzo de 2011
Mi cuarto sobrino
Es la primera vez que estoy en Madrid cuando nace uno de mis sobrinos. Es el cuarto. Su nombre es Javier, y ha nacido hoy, 8 de marzo, a la una y diez de la tarde. Si fuese mujer, diría que ha elegido muy buen día, al ser el de la mujer trabajadora. Pero como es hombre, solo me cabe desearle que habiendo nacido en la segunda década del 2011 que para cuando alcance la mayoría de edad dé igual ser mujer u hombre, salvo las meras diferencias biológicas y lo bien que están esas. Se ha hecho esperar dos días, y ha salido bien alimentado, con su 3,900 kg de peso. Todo un muchachote, y eso que parecía un perrito caliente, envuelto en su mantita.
Cuando nacen tus hijos siempre hay alguien con hijos mayores que te dice: “Disfrútalo/-la pues crecen demasiado rápido”. Y ahora soy yo la que podría decir eso, pero trato de no caer en el tópico. Pero efectivamente, al ver a mis hijas al lado de su minúsculo primo, te das cuenta de que todas esas frases tan manidas y que rellenan momentos tan especiales son supremas verdades todas ellas: que el tiempo pasa, que nos hacemos mayores, que cuando menos te des cuenta serán mayores ellos. En fin. Lo mismo de siempre desde generaciones y generaciones.
Javier tiene una hermanita, de tres años, cuya madre no es la que ha traído a su hermano al mundo. En alemán existe un término para estas familias de hoy día, Patchwork-Familie, familia tipo manta de ésas tan británicas o americanas en las que muchas piezas de tela cuadradas de diferentes colores unidas forman el todo. Así que hemos entrado en la modernidad por la puerta grande. Como yo les cuento a mis alumnos de español que se creen que España sigue siendo un país tan católico y sin nadie que se salga de la imagen que siguen teniendo de nosotros, en España tenemos las mismas moderneces y hay todo tipo de familia hoy día. Y está bien así.
Hace nada escribía yo en este blog sobre las madrastras, que que sean todas malas es cosa de los cuentos, y que la vida moderna de hoy día da para muchas buenísimas. Y con mi post varios en mi familia pensaron en la madre de Javier, madrastra de la hermanita del mismo, y mira que es fea la palabra, y en que mi hija pequeña, como siempre, tenía razón. La recién parida es madre y madrastra, y desempeñará ambos papeles como mandan los cuentos en sus versiones modernas de hoy.
Javier se suma al grupo de ahora seis nietos en total que tienen mis padres. Como muy agudamente resumió mi hija pequeña hoy en el hopital, “mamá, ya somos tres chicas y tres chicos; estamos empatados”. Efectivamente, el pequeñín de hoy trae igualdad. Bienvenido al mundo. Te estábamos esperando.
Cuando nacen tus hijos siempre hay alguien con hijos mayores que te dice: “Disfrútalo/-la pues crecen demasiado rápido”. Y ahora soy yo la que podría decir eso, pero trato de no caer en el tópico. Pero efectivamente, al ver a mis hijas al lado de su minúsculo primo, te das cuenta de que todas esas frases tan manidas y que rellenan momentos tan especiales son supremas verdades todas ellas: que el tiempo pasa, que nos hacemos mayores, que cuando menos te des cuenta serán mayores ellos. En fin. Lo mismo de siempre desde generaciones y generaciones.
Javier tiene una hermanita, de tres años, cuya madre no es la que ha traído a su hermano al mundo. En alemán existe un término para estas familias de hoy día, Patchwork-Familie, familia tipo manta de ésas tan británicas o americanas en las que muchas piezas de tela cuadradas de diferentes colores unidas forman el todo. Así que hemos entrado en la modernidad por la puerta grande. Como yo les cuento a mis alumnos de español que se creen que España sigue siendo un país tan católico y sin nadie que se salga de la imagen que siguen teniendo de nosotros, en España tenemos las mismas moderneces y hay todo tipo de familia hoy día. Y está bien así.
Hace nada escribía yo en este blog sobre las madrastras, que que sean todas malas es cosa de los cuentos, y que la vida moderna de hoy día da para muchas buenísimas. Y con mi post varios en mi familia pensaron en la madre de Javier, madrastra de la hermanita del mismo, y mira que es fea la palabra, y en que mi hija pequeña, como siempre, tenía razón. La recién parida es madre y madrastra, y desempeñará ambos papeles como mandan los cuentos en sus versiones modernas de hoy.
Javier se suma al grupo de ahora seis nietos en total que tienen mis padres. Como muy agudamente resumió mi hija pequeña hoy en el hopital, “mamá, ya somos tres chicas y tres chicos; estamos empatados”. Efectivamente, el pequeñín de hoy trae igualdad. Bienvenido al mundo. Te estábamos esperando.
domingo, 9 de enero de 2011
Mis chicas
Tengo dos chicas, que son la prueba de que con la misma educación y los mismos padres, los hijos pueden ser completamente distintos. La una es estructurada, y la otra desestructurada. La una real y la otra soñadora. La una planificadora, la otra desorganizadora. La una responsable, la otra gamberra. La una quisquillosa, la otra dulce y adaptable. Dos mundos que a la vez se quieren entre ellos un montón y que se apoyan y echan en falta, aunque a veces el cariño se lo demuestren a gritos.
La mayor es la estructurada, pero a la vez llena de fantasía, con una creatividad desbordante. Es capaz de dejarte extasiado y agotado a las siete de la mañana por su energía capaz hasta de aturdirme a mí en mi lentitud matinal. La pequeña tarda en aterrizar todas las mañanas a ese planeta tierra que le dicta que contra su voluntad toca ir otra vez al cole. A la mayor no la han castigado nunca en el colegio, salvo una vez este curso en la que por no chivarse de quiénes habían sido los que habían dado las patadas en la puerta de clase, ella aceptó la penalización como si fuese suya. Eso sí, con su sentido de la justicia lo planteó en la ronda semanal de quejas que tienen en la clase. Vaya si lo expuso.
A la otra, por parlanchina, la vienen castigando de un tiempo a esta parte, por hablar. La última ha sido esta semana, el viernes, cuando ella y su amiga adaptaron la canción que cantan siempre como despedida a una versión rock, según ha confesado. Tarda en confesar sus pecados, porque su orgullo soñador le impide hacerlo. Y el primer día de clase de este año, en su divagar fuera del planeta tierra, ni se enteró de si la habían castigado a ella también o solo a su compañero, al que le pusieron una penalización. "Pero él no habrá hablado solo", le dije yo inquisitivamente, porque la conozco como si la hubiese parido. Silencio por su parte. Y le hice comprender que si al otro le castigaron, por algo sería, y que muy merecido se lo tendría ella también, aunque según parece había tenido suerte esta vez. Y como la madre pesadísima que ellas dicen que soy a veces, traté de aprovechar la ocasión para sacar alguna moraleja. "¿Y qué aprendemos de esto?" les pregunte. La mayor respondió: "Que la vida es injusta", y yo, "sí cierto, pero no solamente eso"; y la pequeña: "Que el cole es una mierda". Así tal cual lo dijo, y yo empecé a reírme a carcajadas porque ésa no era la respuesta que yo esperaba. Yo quería que reconociese: "Sí, yo también tengo culpa, le he distraído al otro, y me he librado por los pelos". Y con el rock que improvisó con la amiga, la otra, más arpía, cuando la castigaron dijo: "Sí, pero Natalia también ha sido". Y Natalia, toda indignada me dijo que al menos el otro, el martes, no se chivó. "Y yo le di las gracias por ello, no como la otra que encima se chiva".
Natalia al final te hace reír siempre, aunque no tenga razón, algo que enfada siempre a Sofía en su sentido de la justicia, y que me reprocha que a ella la regaño más firmemente y que le tolero menos que a la otra. Puede ser. Por otra parte ella es tan machacona, que acabas o capitulando ante su insistencia, o me deja con los nervios destrozados en un "que sí", "que no", que puede durar un buen rato porque ella quiere tener siempre la última palabra. Algo que la otra nunca intenta, pues se calla, para bien o para mal.
Y los días pasan, y los años, y crecen y crecen. Ahora cuando veo bebés, o niños pequeños, no me da ninguna envidia, pues con sus 10 y 7 años, están en una edad en la que cada vez son más independientes, pero a la vez siguen siendo mías. La adolescencia se encargará de recordarme lo contrario. Y no estamos demasiado lejos de ello, pues hace nada eran mis bebés, mis niñas, y ahora cada vez me refiero más a menudo a ellas como "mis chicas".
La mayor es la estructurada, pero a la vez llena de fantasía, con una creatividad desbordante. Es capaz de dejarte extasiado y agotado a las siete de la mañana por su energía capaz hasta de aturdirme a mí en mi lentitud matinal. La pequeña tarda en aterrizar todas las mañanas a ese planeta tierra que le dicta que contra su voluntad toca ir otra vez al cole. A la mayor no la han castigado nunca en el colegio, salvo una vez este curso en la que por no chivarse de quiénes habían sido los que habían dado las patadas en la puerta de clase, ella aceptó la penalización como si fuese suya. Eso sí, con su sentido de la justicia lo planteó en la ronda semanal de quejas que tienen en la clase. Vaya si lo expuso.
A la otra, por parlanchina, la vienen castigando de un tiempo a esta parte, por hablar. La última ha sido esta semana, el viernes, cuando ella y su amiga adaptaron la canción que cantan siempre como despedida a una versión rock, según ha confesado. Tarda en confesar sus pecados, porque su orgullo soñador le impide hacerlo. Y el primer día de clase de este año, en su divagar fuera del planeta tierra, ni se enteró de si la habían castigado a ella también o solo a su compañero, al que le pusieron una penalización. "Pero él no habrá hablado solo", le dije yo inquisitivamente, porque la conozco como si la hubiese parido. Silencio por su parte. Y le hice comprender que si al otro le castigaron, por algo sería, y que muy merecido se lo tendría ella también, aunque según parece había tenido suerte esta vez. Y como la madre pesadísima que ellas dicen que soy a veces, traté de aprovechar la ocasión para sacar alguna moraleja. "¿Y qué aprendemos de esto?" les pregunte. La mayor respondió: "Que la vida es injusta", y yo, "sí cierto, pero no solamente eso"; y la pequeña: "Que el cole es una mierda". Así tal cual lo dijo, y yo empecé a reírme a carcajadas porque ésa no era la respuesta que yo esperaba. Yo quería que reconociese: "Sí, yo también tengo culpa, le he distraído al otro, y me he librado por los pelos". Y con el rock que improvisó con la amiga, la otra, más arpía, cuando la castigaron dijo: "Sí, pero Natalia también ha sido". Y Natalia, toda indignada me dijo que al menos el otro, el martes, no se chivó. "Y yo le di las gracias por ello, no como la otra que encima se chiva".
Natalia al final te hace reír siempre, aunque no tenga razón, algo que enfada siempre a Sofía en su sentido de la justicia, y que me reprocha que a ella la regaño más firmemente y que le tolero menos que a la otra. Puede ser. Por otra parte ella es tan machacona, que acabas o capitulando ante su insistencia, o me deja con los nervios destrozados en un "que sí", "que no", que puede durar un buen rato porque ella quiere tener siempre la última palabra. Algo que la otra nunca intenta, pues se calla, para bien o para mal.
Y los días pasan, y los años, y crecen y crecen. Ahora cuando veo bebés, o niños pequeños, no me da ninguna envidia, pues con sus 10 y 7 años, están en una edad en la que cada vez son más independientes, pero a la vez siguen siendo mías. La adolescencia se encargará de recordarme lo contrario. Y no estamos demasiado lejos de ello, pues hace nada eran mis bebés, mis niñas, y ahora cada vez me refiero más a menudo a ellas como "mis chicas".
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