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jueves, 19 de septiembre de 2013

Cate absoluto

A raíz de la presentación tan bochornosa que realizó el comité que defendía la campaña para lograr los juegos olímpicos para Madrid no solo se ha escrito sobre el bochornoso inglés de una comitiva tan importante, sino sobre la expresión oral de los españoles en general. El País titula en su artículo del viernes 13 de septiembre "Cero en expresión oral" y explica que no somos un país de oradores, no porque seamos incapaces, sino porque el hablar en público se aprende y se entrena.

Efectivamente yo pasé la mitad de mi vida en España sin haber hablado jamás en público, y sin haber presentado un trabajo oralmente. Todo era por escrito. Y llegué aquí, y lo pasé fatal por tener que exponer temas delante de toda la clase. Aquí en la universidad se reparten los temas, y los alumnos se encargan de presentarlos. Pero esto es el fin de un proceso que comienza en primaria. Con 6 años les hacen hablar delante de toda la clase. A esa edad mis hijas han venido a casa diciéndome que tenían que responder alguna pregunta de "investigación" y explicarlo en clase, tipo "por qué el cielo es azul". Cada uno podía pensarse algo, luego investigarlo y exponerlo.

Además, durante toda la enseñanza tienen que participar muy activamente en clase. La nota oral cuenta al 50 %  de la nota final y hasta en matemáticas les dan nota oral, algo que a mí me sorprende. Aquí lo pasan muy mal los alumnos tímidos, pues aunque escriban exámenes de sobresaliente, les bajarán la nota si no participan activamente en clase, y lo activo aquí es lo hablado, y a veces me pregunto cuál es la justicia también de este sistema, pues como en todo en la vida, los "figuras" de la clase acaparan siempre más atención en las conversaciones, y los que no espabilan quedan relegados a un segundo plano.

Pero el sistema funciona en cuanto a que ganan seguridad, aunque la otra otra cara de la medalla es que no tienen miedo de soltar cualquier parida en clase. Digo esto porque yo me topo con todos ellos en la enseñanza para adultos, y el resultado de tantos años de entrenamiento para que hablen y opinen es que a veces hablan por hablar, y aunque no sepan la respuesta metan baza. Es más, si pueden, hasta te corregirán a ti, pues desconfían de todo lo que les cuentas. Eso es lo que fomenta el sistema también, que la gente siempre tenga algo que decir.

Pero sí, definitivamente cateamos en España en expresión oral, no porque no sepamos hablar o expresarnos, sino porque no sabemos hacerlo en público, y es cierto que se aprende, y a pesar de las pegas, el sistema escolar alemán gana en ese aspecto. Yo lo sigo pasando mal en los primeros minutos de clase de los cursos nuevos, pero es algo normal, pienso. Horriblemente mal lo pasé en la universidad, agravado el asunto por tener que hablar además en alemán, sin saberlo bien todavía. Pero no era solo eso. La noche de mi primera presentación de un trabajo, no pegué ojo, y el miedo que tenía a todas las miradas y a todos esos oídos fue algo que no se me olvidará jamás. Fui superándolo poco a poco, pero con muchas dificultades. Por eso, efectivamente, cuando antes se empiece a perder esos miedos, mejor.

lunes, 20 de mayo de 2013

Las diferencias entre una madre alemana y una española

Terminamos un fin de semana largo, pues hoy ha sido jornada festiva en Alemania, Pentecostés. El tiempo no ha acompañado nada de nada, pero algo había que hacer, y una amiga española y yo hemos llevado a nuestros hijos a un bosque, a que escalasen en un recorrido que hay entre los árboles, y que parecía, por la frondosidad del bosque, digno del Amazonas. De camino, el hijo de mi amiga resumió claramente las diferencias entre las madres españolas y alemanas. Nosotras estaríamos todo asustadas mientras los críos escalaban enganchados a cuerdas. Cuidado. Ágarrate bien. No te sueltes. Ay, qué alto está. No te caigas. Y una madre alemana diría. Bien. Sigue. Qué bien lo haces. Venga, que no va a pasar nada. Adelante. Estoy muy orgullosa de ti. Y de producirse un accidente, la alemana diría: Venga, levántate y sigue, que no pasa nada. Esto curte. Y la española: ¿Ves? Te lo dije. Sabía que esto iba a pasar. Mira que te lo tengo dicho. ¿A que te doy encima?

Mi amiga y yo nos hemos desternillado de risa, pero razón no le faltaba al muchacho, y mis hijas se reían diciendo que sí, que es cierto, que así somos las españolas. Luego oímos la descripción tras ponerse las cuerdas y arneses de lo que tenían que hacer y lo que no debían hacer durante el circuito sobre redes, troncos, rampas, y todo esto a muchos metros sobre el suelo, y cuando oímos lo que podía pasar con las manos si las metiesen en tal agujero, y tal y tal, nos pusimos en guardia las españolas, y yo casi preferí no escuchar más.

Por suerte no ha ocurrido nada, y todo se ha quedado en risas sobre las diferencias culturales. Pero para eso nosotras nos desvivimos porque coman al mediodía algo caliente, o no les mandamos a las siete y media de la mañana solos siendo bien pequeñitos por la calle o el metro. Ni los dejamos solos siendo demasiado pequeños.

Yo solo sé que mis hijas, la semana pasada, tras no haberme tenido un fin de semana, al volver me pusieron un menú para toda la semana: un día cocido, otro tortilla de patata, otro croquetas. Alguna ventaja tenían que tener, aunque seamos unas histéricas que ven peligros por todos lados...

sábado, 9 de febrero de 2013

Y dimitió

Como era de esperar, la ministra de Educación ha dimitido hoy, tras volver ayer de Suráfrica y reúnirse con Merkel. Aquí no se toleran tonterías, y la verdad es que cada vez me parece mejor. Nuestros representantes, a los que pagamos todos, si no son dignos de nuestra confianza, fuera. En España resultará irrisorio que alguien dimita por haber plagiado su tesis doctoral hace 30 años, cuando Ana Mato sigue en su puesto de ministra u otros muchos políticos que han pedido toda su credibilidad y honor, que no parecen ni tener.

Lo que la sociedad alemana no perdona es que le tomen el pelo. La hoy ex ministra dijo estar muy avergonzada de que zu Guttenberg hubiese cometido plagio cuando le pillaron a él. El mismo día que la Universidad de Düsseldorf le quitó el título de doctorado a ella, otro político tuvo un percance que a mí me produjo risa cuando lo oí en la radio del coche. El ministro de Justicia de Baja Sajonia fue elegido el martes candidato para presidir el parlamento de ese estado federal. Lo celebraron él y su partido por todo lo alto, y con unas cuantas copas, de más... De camino a casa le pilló la policía en un control de alcoholemia, sopló el tubito, y tenía 0,8 de alcohol en la sangre. Su explicación al día siguiente fue que tras la fiesta se fue a su despacho y siguió trabajando. Y por la noche se fue en coche a casa, un trayecto de 3 km, aunque debería haberse cogido un coche, o ir andando o haber pedido un coche oficial. Se fustigó en público, dijo que fue un gran error y que lo sentía muchísimo, pero que eso no cuestionaba nada su labor política.

Éste no ha dimitido ni creo que lo haga por esto, pero lo bueno de Alemania es que los políticos parecen humanos. Les pillan como nos pillarían a cualquiera pero la diferencia es que nosotros gente normal pagamos la multa o nos quitan el carné de conducir o el doctorado, pero en Alemania los políticos no son solo personas normales, sino personas públicas que pagamos todos y nos representan, mientras se comporten de acuerdo a lo que predican. En diciembre de 2010, el mismo al que ahora le han quitado un mes el carné de conducir y le han puesto una buena multa, exigió que ya un 0,3 de alcohol en la sangre fuera ya "pecado". En su campaña para lograr esta buena causa, se tomo 5 cervezas de medio litro cada una y un aguardiente, y se hizo una prueba de alcohol que dio un nivel de 0,67, menos de lo que dio el martes en la vida real. Debía pensar que solo pillan a la gente normal. Genial que pillen a los moralistas y predicadores también.

miércoles, 30 de enero de 2013

Una aguja en un pajar

Hamburgo es la ciudad de los solteros. El 52 % de las viviendas de la ciudad están ocupadas por una sola persona, ojo al dato. Eso y que nunca se ha construido tanto como en España, hace que cuando se alquila un piso normalito y que más o menos se pueda pagar, vayan lo menos 30 personas a verlo. Que te lo den a ti es como que te toque la lotería. Continuamente sale en la prensa algo sobre la falta de viviendas cuyos alquileres sean aceptables para la mayoría.

Así que vas a ver una vivienda, dices que la quieres, y eso no significa que te la den. No sé en base de qué se rigen a la hora de elegir, pues se pueden permitir seleccionar con lupa al inquilino. Quizá el que más gane, el que sea más simpático, o el más serio, algo importante en Alemania. O no niños, otro punto importante, pues es una sociedad muy antiniños la germana, pues hacen ruido y molestan. Mejor animales.

El lunes vi el piso no ya de mis sueños, pero sí en el que puedo imaginarme vivir un buen trecho de mi vida, hasta que mis hijas se independicen por lo menos, y aquí eso es antes que en España. Yo he dicho que lo quiero, pero ahora no depende de mí. He vivido en diferentes barrios y casas a lo largo de mi vida, y puedo decir que a la larga lo mejor no es lo mejor, lo bonito no lo es tanto si tú no estás bien, y que la felicidad no depende de los metros cuadrados que tengas. Aquí la gente se cree eso, y con tal de tener más metros cuadrados se van a vivir lejísimos, teniendo que desplazarse largas distancias para ir a trabajar. Es muy normal que los chavales tengan un largo camino al instituto, y yo, sinceramente, no lo veo. He ido toda mi vida andando al colegio y al instituto, y pienso que es una gran ventaja.

La gente aquí no se compra casa tan joven, como en España. Sonará a chiste para todos los que ahora no se pueden independizar siquiera, pero es así desde siempre. Los jovenes se independizan en cuanto se ponen a estudiar o a trabajar, y alquilan durante muchos años. La pareja con su hija de 3 años que se va ahora del piso que yo quiero (y que espero que me den) es el caso típico: con un hijo sienten la llamada de un jardín, de una casa con terreno propio, y es el momento en el que muchos edifican algo más grande. Hay una frase que se dice en alemán: "Wir bauen gerade", "Estamos construyendo", como si fueran ellos los que ponen los ladrillos uno a uno. Pero es que es algo de lo que la gente, si llega el caso, está muy orgullosa, pues han esperado muchos años y creo que les ilusiona más tener un terreno propio que la casa. Muchos "edifican" algo con más de cuarenta. Y muchos otros alquilarán toda su vida. Por eso la falta de viviendas de alquiler para tanto soltero, estudiante, separados, etc.

Ayer en mi clase me reí mucho, pues cuando doy el tema de la familia hago siempre una actividad que yo llamo "Mi gente y yo". Les pido que hagan un esquema tipo: Hans, mi marido; Bruno, mi perro; Fritz, mi gato. Y efectivamente salen siempre cosas de lo más churriguerescas. "Hans es mi marido; Nico y Georg son los hijos de mi marido; Hannah es mi hija", o "Lukas es mi novio y Moritz es mi gato". Ayer salieron no sé cuantos conejos a relucir, gatos, perros.

En fin, que yo quiero una vivienda de precio aceptable, pero lo más importante para mí, cercana al instituto de mis hijas y con una buena infraestructura alrededor. El resto todo funcionará por sí solo, de eso me encargo yo. Pero sobre el tema de la vivienda espero que la constelación de planetas y estrellas me favorezcan en los próximos meses.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Los 300 panes nuestros de cada día

Hasta que no he tenido una amiga "panarra", no me he dado cuenta de lo que tenemos aquí en Alemania. A mi amiga (española) le ha dado por aprender a hacer pan: nada de las barras de pan de toda la vida, sino pan de cereales, a la alemana, o con más artesanía o mejores ingredientes, como se hacía antes en España. Se lo han cargado todo con la producción industrial, y la norma son barras de pan que saben todas iguales o insípidas y terminan chiclosas. Aquí tengo que admitir que no es el caso, que se cuida el pan nuestro de cada día.

Se puede vivir sin pan, pero le faltaría mucho a nuestra alimentación. Y si encima hay montones de tipos diferentes de pan, más aún. En Alemania hay nada menos que 300 panes que se pueden distinguir claramente, y los alemanes, que son muy previsores, tienen registrados cada uno de ellos en el "Registro Alemán del Pan". Es más, el gremio panadero quiere incluir la elaboración alemana del pan en la Unesco, como Patrimonio de la Humanidad. Razón no les falta, por muy exagerado que parezca. No hay más que entrar en cualquier panadería y ver tanta variedad, y una elaboración más cuidada. O no hay más que hablar con alemanes que viven fuera de su patria: renegarán de los panes del lugar donde viven, y añorarán su pan negro; serán capaces de hacerlo ellos mismos, o si la distancia lo permite, con países fronterizos con Alemania, ir de vez en cuando a la compra en Alemania. O basta con ver la densidad de panaderías por kilómetro cuadrado. En una plaza o calle habrá varias muy próximas. Como bares en España.

Cifras: cada alemán consume unos 53 kg al año de media. Pero los turcos 200 kg, lo cual tampoco dice nada. En Alemania hay 44.000 panaderías, y la variedad es inmensa, como vemos. Un artículo que he encontrado señala que el oficio de panadero no se aprende como profesión en España, que no hay titulación para ello. Aquí sí, ya que cualquiera no puede hacer pan.

Al aprender alemán llama la atención la de palabras que contienen la palabra pan: el Abendbrot, el 'pan de la tarde', que no es más que la cena, aunque se coma una sopa; el Frühstücksbrot, el del desayuno, el Pausenbrot, el del recreo Yo no le he dado mucha importancia a lo largo de mis muchos años en Alemania, pero a través de mis hijas, sobre todo la mayor, que tras una semana en España empieza a protestar y querer pan integral "decente", me he dado cuenta del mendrugo de patria que es para los alemanes que el pan sea de buena calidad y variado.

La gente se queja a veces del precio del pan, aquí también, pero 3 o 4 € por un pan, de buena calidad, no lo es tanto, si pensamos en los ingredientes, en la elaboración. No tenemos problema en gastarnos esa cantidad a veces en una bebida en un bar o en un capuccino, y el pan nos da para más de un rato.

Y con la visita de mi amiga de Madrid, he aprendido de todo: sobre la "masa madre", que aquí es normalísimo que lo lleven los panes, y yo no lo había apreciado. El viernes por la mañana lo dedicamos a turismo culinario: de panadería en panadería, con una selección que yo había hecho con ayuda de internet y un amigo mío alemán. El éxito fue total, en vista a como iba el maletero de mi coche. Tras otros tours de compras mi maletero está llena de cosas más fashion que de panes...
El olor que llevábamos en el coche fue espectacular. Gracias a mi amigo, descubrimos una panadería "de cristal", es decir, transparente, en la que se ve la elaboración, el molino de piedra, y al panadero que decora las bolsas de papel en las que te lo meten, el mismo que elabora y te vende el pan. Luego fuimos a un sitio cerca de mi casa, en el campo, donde elaboran pan con una receta de hace 200 años, sin cambiarla y donde hornean pan de miércoles a sábado, y lo venden de 11 a 13 h. Te lo dan calentito, un pedazo de pan de kilo y medio o dos. A mí amiga le hacían chiribitas los ojos de la emoción y yo me he dado cuenta de lo que no he apreciado durante años. El pan de buena calidad aguanta 4 semanas, leo ahora. Piensen entonces en esas barras que al día siguiente están incomibles.

Mi amiga va ahora de camino a Madrid, con una maleta llena de panes y algún ingrediente que otro. Yo me lo he pasado pipa, y no solo por los panes, pero ha sido interesante ver esta tierra en la que vivo con ojos de "panarra". Sigan haciendo reservas de vacaciones en mi casa, cuéntenme previamente de sus aficiones e intereses, y habrá rutas guiadas especializadas. Es un placer aprender de cosas que uno da por normales y poco importantes.

lunes, 29 de octubre de 2012

Por unos caracolillos

Mirar aquí los titulares de prensa significa a menudo reírse. Miro los del día y me encuentro con la noticia cabecera del periódico local Hamburger Abendblatt de ahora mismo "Caracoles mini contra proyecto de construcción: primeros animales reubicados". La noticia explica que 60 ejemplares de esta especie están siendo trasladados a su nuevo hogar cerca de la zona donde estaban hasta ahora. Los biólogos y peritos observarán como se desarrollan los animales, y si su nuevo hábitat les es propicio. En la construcción de un parque tecnológico descubrieron en el verano de 2011 a estos caracolillos que miden 5 milímetros, y los expertos confirmaron que era la mayor población alemana de estas criaturitas. Se calcula que hay hasta 2500 en la zona. Si trasladan a todos, dependerá de esos 60 caracolillos de Indias, si se adaptan bien o no. Pero los resultados estarán listos en 2016, y mientras tanto esperará la obra del parque logístico. De momento se van preparando los terrenos de la obra donde no viven los caracoles, pero si tuviesen que seguir viviendo donde han estado hasta ahora, entonces habría que planificar otra entrada al complejo. De esta manera el proyecto planificado en 100 millones de euros y que debía estar listo en 2013 se retrasa 3 años y hay que sumarle los 120.000 que ha costado la inspección y dictamen sobre la zona y los 140.000 euros que cuesta el traslado de los 60 animalitos y su observación futura.

Noticias así me hacen mirar la fecha del día. ¿No estaremos en el día de los Santos Inocentes?, pienso siempre. Ahora me imagino cuántas obras se habrán parado en España por encontrar especies raras o protegidas. Eurovegas no lo paran ni aunque encuentren un mamut o una especie "alcorconensis" única, ni aunque haya que derribar parajes naturales, ni nada. Aquí es el otro extremo y por eso a mí me espantan tanto los extremos, de un lado y de otro. El sentido común parece faltar en cosas básicas. En fin, estoy en ascuas de si los caracoles serán felices en su nuevo paraje. No es fácil, de eso estoy segura. Pobrecillos.

Y hoy a las diez y media de la mañana me ha llamado mi hija para decirme que por no funcionar la calefacción en el instituto, que los mandaban a todos a casa. Tal cual; nada de 60 ejemplares, y el resto a aguantarse. Y aquí se ha presentado a los tres cuartos de hora. El resto del día en casa. Y digo yo si no podrían haberse puesto los abrigos y haber dado alguna hora de clase más. Pero aquí no se sacrifica nadie, y menos en los colegios, y enseguida se toman decisiones así. Para qué complicarse. Total, la madre no tiene otra cosa que hacer probablemente.

Si ya he mencionado aquí alguna vez que en mi próxima vida quiero ser un niño alemán, añado ahora que también me vale ser cualquier bichito o bacteria alemana. Me sentiré más protegida como especie que la que soy ahora.

miércoles, 6 de junio de 2012

Regalar los oídos es gratis

Qué pocas veces nos reconocen nuestro trabajo. Y por eso, cuando lo hacen, nos sabe a gloria, a veces con toques amargos, cuando nos parece que lo venden caro. Da igual que sean tus hijos los que te digan que eres la mejor madre del mundo (eso sabe mejor que a gloria), o tus compañeros, subalternos, clientes, o si es el jefe más aún, pues ésos venden caros los halagos. Y lo digo en una semana en la que parecen haberse puesto mis alumnos de acuerdo para reconocerme mi trabajo, y alguno lo ha hecho en público, en plena clase, algo que a mis casi 43 años ya no me hace sonrojar sino llenarme de orgullo. Y me acuerdo de lo que dice una amiga mía, que si te alaba un alemán no es lo mismo que si lo hace un sevillano. Pues sí, a los primeros les cuesta más, y por eso, sabe muy bien.

Pero no quiero jactarme, sino simplemente lo tomo como una compensación a los momentos duros, en los que no sabes si le llegas a la gente, si lo estás haciendo bien, u oyes algún comentario que te deja algo patidifusa y que te vas con él mascullándolo a casa. Es muy fácil poner pegas y criticar, pero cuesta mucho comentar lo que nos gusta y parece bien. No debería ser así, pues esa inyección de moral haría que mucha gente trabajase con más ganas, y no con la sensación que tienes de que siempre te exigen y exigen y parece que nunca das la talla.

Por eso, hoy para terminar una de mis clases, me he preparado una actividad de piropos y cumplidos. Esto es extensivo no solo al trabajo sino a nuestras vidas privadas. Cuántas veces deberíamos decirles a las personas que queremos lo que significan para nosotros. Un "oye, qué guapa estás" a tu mujer o a tu novia, o "qué guapo, qué bien te sienta eso", a tu chico, o un "ay, que te como con tomate", como yo les digo a mis hijas a menudo, o un reconocimiento a la labor de nuestros padres cuando nos críaron, que ahora estando en la situación vemos que no es nada fácil.

Los latinos somos más propensos a darlos. El "qué joven estás, por ti no pasan años", y la respuesta, "ay no, por ti sí que no pasan los años". En el libro de español explican que se les quita importancia o se devuelven. Y es cierto. Tenemos a veces problemas los españoles en aceptar los cumplidos. Yo abogo porque a todos esos cumplidos digamos "gracias" y nos alegremos, porque si nos lo dicen será por algo. Yo desde luego que me quedo con todos los que he oído esta semana. Porque me los he ganado. Porque para eso miles de otras veces me he quedado con la sensación de que debo ser imbécil y que en este mundo en el que nos hemos terminado de creer que se logra algo por meritocracia, la realidad es otra muy distinta, y no están los que más son, si no los que conocen a, y pisan cabezas en muchos casos, o los que para su éxito personal se benefician del trabajo de los demás, que es a menudo más importante que el suyo propio. Yo ahora mismo me voy a trabajar. Y muy contenta.

viernes, 23 de marzo de 2012

Salvando las distancias...?

Hay momentos en los que puedo sacar todas mis artes para dar compasión, y de ellos me aprovecho. Me ocurre a menudo cuando alguien ha estado en España de vacaciones y me cuenta de sus experiencias para terminar diciendo "¿Pero qué haces aquí?". Por supuesto que le veo muchos aspectos positivos a mi vida en el extranjero, que ya no lo es para mí, pero sí que es cierto que esa pregunta que me hace la gente a menudo entraña muchos momentos duros que he tenido a lo largo de 22 años.

Tampoco quiero parecer una de esas emigrantes que está suspirando por su patria, porque no es mi caso, pues además trato de verle los lados positivos a cada lugar, aunque a veces me cueste, porque lo bueno se ignora por asumido, y lo malo es lo que te chirría. Es simplemente que si alguien te viene y te hace la pregunta anterior, o te dice  "si yo fuera tú me iba ya mismo", te ríes y le dices, "razón tienes, pero...". Sin embargo aquí no voy a entrar en los "peros" sino en que la gente tiene razón al decirme eso. Por supuesto que tampoco soy una ingenua y que un alemán vaya de vacaciones a Andalucía, o a la costa, y vea la España monumental y preciosísima estando libre y de vacaciones no tiene nada que ver con el "romanticismo" de la vida diaria en cualquier parte. Pero justo eso: la rutina es muy diaria en todo el mundo, y por contra es el marco, el trasfondo de tus vivencias o tú alrededor el que le da un aspecto u otro a tu vida. Y por ahí voy: si estás jodido, con sol te sentirás mejor que si te levantas y el día está tan triste como tú, gris, sin luz, y no acaba de despegar; si no paras y estás agobiado, si al menos puedes estar un rato con los tuyos, eso te lo llevas por delante también, y no si te das cuenta miles de veces que en realidad estás bastante solo, luchando en todos los sentidos.

La persona que me dijo eso el otro día me hablaba de sus maravillosas vacaciones en Andalucía, y de lo distinta que es la vida con sol. Que se dio cuenta de que en España la gente parece disfrutar más de las pequeñas cosas, que se nota que los niños forman parte de la vida diaria en cualquier sitio público, y no como aquí, y que si pudiera, se iban. Le dije que en España las cosas no son tan fáciles, pero que sí que es cierto que la gente en general tiene menos que aquí, y disfruta más de la vida. Y ahí si que cumple el clima un buen papel, por ejemplo. Cuantas mañanas de domingos tétricos me he acordado del paseíto matutino de los domingos que uno puede realizar en España simplemente con la excusa de ir a por el pan o por el periódico. Aquí ni se te ocurre, pues para empezar no hay quioscos de prensa, y tienes que ir algo más lejos, y si sales, te recoges lo antes posible pues muchos días no animan a nada. O en España ves mucho más a tu familia, los niños juegan más con sus primos, se ven, simplemente. Aseguro que aquí no es el caso, o por la distancia física o, peor aún, porque aquí se marcan los límites de las relaciones familiares desde un comienzo. Y ahí sí que puedo hablar de haberme perdido mucho a lo largo de los años. Pasé de una relación relajada y normal con los míos, que aunque no somos perfectos ninguno, o precisamente por eso, hablamos y dialogamos y si es necesario nos decimos nuestra opinión, a una relación familiar con mi familia política, tan políticamente correcta que ya es incorrecta, pues se trata de mantener la compostura con la taza de café en la mano, y encima tener que sonreír ante lo que te están diciendo. Y cuántas cosas bonitas me he perdido: fiestas, nacimientos de mis sobrinos, bautizos, bodas, encuentros. Esos son los momentos duros, o cuando mis hijas me dicen que les gustaría ir al cumpleaños del primo, pues aquí tienen dos primas con las que ni se tratan.

Hoy es primavera en Hamburgo, y no sabemos lo que nos durará. Y disfruto de ese cielo raso, como se ve bien poco aquí y me doy cuenta de que aquí la gente con este tiempo parece otra. El marco de tu vida es importante, vaya si lo es.

viernes, 9 de marzo de 2012

Duelo infinito

Día duro. Muy duro. Ir a un entierro no es agradable, pero si encima es de un chico de 18 años peor aún. Resulta muy doloroso pensar en esa vida truncada antes de empezarla prácticamente, o al menos a vivirla de forma autónoma, rompe el alma ver a esos padres destrozados, a los abuelos del chico, a los amigos, a todos los que lo conocían a él, o trataban a los padres. Entierro protestante, con una mujer como pastora oficiante. Música moderna. Canciones que le gustaban al chico. Una urna, pues le habían incinerado. Una vida que se acaba, y unos padres cuya vida no volverá a ser jamás como hasta el día en que comenzó su nueva vida, huérfanos de su hijo. Una hermana que ha perdido a su único hermano, y se queda sola. Muchas promesas de la oficiante de que ahora el chico está bien, en otro lugar, más allá, bien acompañado. Duro creérselo cuando ha sido arrancado así de la vida.

El dolor ante la muerte es universal; no los ritos y las formas. En Alemania no se entierra al día siguiente, sino hasta dos semanas después. No hay tanatorios. Los entierros son menos multitudinarios, pues solo va quien se sienta vinculado de verdad con la familia. Suele haber tarjeta de invitación con la fecha y hora del entierro. Suele haber una comida después, costumbre antigua de los pueblos o para dar de comer a los que venían de lejos. Y aquí, al enterrar, cada persona presente, echa algo de tierra sobre el ataúd o la urna, flores o pétalos, uno a uno. Reina un silencio absoluto. En Alemania no se habla del dolor, aunque duele igual. Muchos abrazos, gestos, pero pocas palabras, o ninguna, con la parquitud típica de la cultura. Pero en momentos así se siente igual la cercanía. Me gusta que no se pasa lista por si alguien no va. No se toman en cuenta esas cosas. Pero sí necesitan una cierta solemnidad y sensación de que hasta ese último paso ha sido perfecto: las palabras perfectas en la ceremonia, un libro en el que todos los que han ido firman, para que luego la familia sepa quién ha estado. Y luego en silencio, cada uno a su casa, a nuestros quehaceres, con mal cuerpo, pero pudiendo abrazar a tus propios hijos al llegar a casa, y volver a pensar que para unos padres, eso es lo peor que les puede pasar. En Alemania y en el resto del mundo. Cada ser es irremplazable y en eso no importa la edad. Lo malo de la muerte es que es demasiado definitiva. Perder a las personas que más quieres es una cadena perpetua. Y el duelo en algunos casos infinito.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Los desabrigados

Desde que he vuelto de Edimburgo pienso en los desabrigados, que son especie. Se trata de esos seres británicos que van por la calle en invierno vestidos de verano, prácticamente. Mi amiga y yo no podíamos dar crédito a lo que veíamos. En la isla no estábamos a bajo cero, pero casi, y nosotras íbamos equipadas de ropa de abrigo, botas calentitas, calcetines térmicos, y aún así se nos quedaba la cara acartonada y calor ninguno. Era viernes noche y grupos de jóvenes salían por ahí, y a mí me daba frío de ver a las chicas, pues ellos son más inteligentes y deben ligar si van abrigados también, pues si no no me lo explico. Las chicas llevaban vestidos finos, de gasa, cortos, sin mangas, y las piernas sin medias!, zapatos de taconazos imposibles o sandalias, todo a pelo, y muchas daban la impresión de pasar frío, pero daba igual, ya que debe ser el uniforme de salir. Entiendo, tras media vida abrigada, que la ropa de abrigo no es la más sexy que hay, y que con unas botas gore tex no te comes un colín en la discoteca, ni con un jersey de cuello vuelto, pero no sé no sé...

Yo me dejé nieve aquí cuando salí el viernes, y las temperaturas al volver eran más gélidas aún. Se nos ha instalado un frente siberiano que nos durará, y en Edimburgo hará también un frío que pela, y por eso ando hoy y ayer muy preocupada por todos esos desabrigados yendo de fiesta en fiesta, por la que se van a coger. Los 10 grados bajo cero que tenemos los siento como -20°C ó -30°C y estos días a mí en la calle me van a ver poco el pelo, salvo lo justo y necesario entre los desplazamientos.

Recuerdo otras visitas invernales al Reino Unido que hice hace mucho tiempo, en las que me sorprendió lo mismo. No han evolucionado los ingleses/escoceses, y mientras yo voy en plan cebolla estos días, con capitas y más capitas de ropa, y lana, mucha lana, me acuerdo de todos ellos. Qué harán. Es curioso el tema del frío y la ropa. Los alemanes no tienen ningún inconveniente en ponerse la ropa que haga falta, y aunque en las noches de marcha se ven a chavalas con tacones y medias finas, al menos las llevan. Pero en general la gente lleva siempre la ropa adecuada. Será por el dicho hamburgués que a mí me da mucho por saco que dice que no existe el tiempo inadecuado sino la ropa inadecuada. Y ahora leo que mañana en un colegio de Hamburgo no habrá clase, pues se ha estropeado la calefacción. Lo bueno del sistema inglés es que eso no sería ningún problema...

Pero si yo fuese madre en Inglaterra o Escocia, sufriría mucho de ver a mis hijas así por la calle, con lo friolera que yo soy. No me pongo refajo de lana porque aún queda mi sentido de la estética, que el frío no ha terminado de aniquilar, pero con lo abrigadita que voy yo siempre, y lo exagerada que dicen mis hijas que soy, me dan ganas de en mi próxima visita ponerme a repartirles ropas calentitas a todos esos desabrigados. Sé que hay mundos peores, como el lugar más frío del mundo del que trató un programa de TVE que vi en Navidad en Madrid y que me hizo mucha gracia, que mostraba la vida a -50°C y -60°C en Siberia, pero a esos solo se les veía los ojos, y la ropa, por ejemplo, se quedaba tiesa en el tendedero, como una tabla. A mí me consoló mucho, pues lo de aquí no es nada, pero lo del Reino Unido es peor.

jueves, 12 de enero de 2012

A la vejez viruelas

Me desconciertan y a la vez me encantan los momentos en los que la realidad es muy distinta a las conclusiones que sacamos al presenciar una situación u observar a una persona en un determinado momento. Mientras mi hija pequeña tiene clase de violonchelo, me quedo los tres cuartos de hora dentro del coche esperando, pues no merece la pena ir y venir, por el tráfico y la distancia. Hoy he pensado que debería hacer el cálculo del tiempo que llevo esperando a la puerta, semana tras semana, ya por tercer año. A las madres no se nos paga con dinero, que lo digo yo, y hoy pensaba también que cuando ella sea mayor le podré decir: "me pasé 18 horas al año metida en el coche haciendo que leía [en realidad medio dormitando], para que aprendieses a tocar", y año tras año, digamos diez si no se cansa antes, serían 180! horas de mi vida. Y estaba yo con todos estos pensamientos, cuando llegó un señor mayor, con un violonchelo en la mano. Mi primer pensamiento fue que vendría a por un nieto, pero me di cuenta de que no tenía lógica, pues si el nieto estaba en clase, tendría el violonchelo consigo. "Lo trae porque el nieto vendrá de otro sitio, y no puede cargar con él", fue mi segundo pensamiento. Pero cuando entré al terminar la clase de mi hija, la profesora dijo "y ahora mi nuevo alumno, en su primera lección", y entró el abuelete con el violonchelo a cuestas.

Nunca es tarde para aprender a tocar un instrumento, eso está claro, pero me hizo gracia que no se me ocurrió esa posibilidad. En un país donde los jubilados se atreven con todo, no debería haberme sorprendido. En mis clases de español tengo a abuelos o abuelas que un día deciden aprender español y cuyo único problema es que no tienen tiempo de venir a clase por los múltiples viajes que realizan. Yo quiero ser como una abuela en una clase mía, jubilada, de casi 80 años, antigua traumatóloga, y que parece que tiene 65, y que nada más empezar el curso, desapareció durante tres semanas para irse a Namibia, luego hace poco volvió a faltar por estar en Suiza, y ahora en Navidad ha estado en Madeira. Por supuesto que el nivel ($$$$) de muchos jubilados alemanes no lo tienen muchos de otros países, pero en España, mucha gente mayor que tiene dinero no es tan marchosa ni con viajes, ni lanzándose a aventuras nuevas de aprendizaje en su tercera edad. En España los jubilados buscan el contacto con otros de su edad, y por eso hay tantos hogares del pensionista, y se trata más de no aislarse que de vivir experiencias nuevas y hacer todo lo que quisieron hacer siempre. Aquí no he visto ningún centro de esos, y los jubilados, o están solos (muy triste en muchos casos, pues muchos no tienen el apoyo familiar que hay en los países mediterráneos), o son hiperactivos en esos años en los que pueden hacer lo que les plazca. Por lo visto el tocar un instrumento en la edad (bien) adulta previene la demencia senil. Yo sigo sin saber solfeo, pero me consuela saber que tengo mucho tiempo todavía, o al menos eso espero. Y cuando tenga esas 18 horas anuales para mí (que conste que las doy encantada para el aprendizaje de mis hijas, no piensen las malaslenguas), más las que me paso conduciendo de un lado para otro, podría aprender hasta chino, ruso, japonés o árabe, algo que siempre he querido hacer, pues me sobrarán horas. Está bien tener planes de futuro, pero lo mejor es vivir ubicado en tu realidad, o de anciano o mediana edad, y tratando de sacarle el mayor partido posible al (escaso) tiempo que tenemos de ocio. Porque las posibilidades para aprender son infinitas.

martes, 6 de septiembre de 2011

Ayer sí

Ayer, a las 10 de la mañana no sabía que iba a estar en un concierto por la noche. El concierto de Wir sind Helden que fue interrumpido tras media hora por la lluvia fue repetido ayer. Habían anunciado que mirásemos en la página web, que pondrían algo anunciando algún tipo de compensación. Yo miré varias veces mientras no ponía nada, y los últimos días ya ni me acordé. Por suerte ayer miré, y estupefacta me quedé al ver que el concierto era ayer mismo, y que si miro un día más tarde, me lo hubiese perdido. Además, me había levantado "de lunes", pero por qué no. Les anuncié al mediodía a mis hijas que ayer tocaba recuperar la experiencia del primer concierto para ellas y llevarla a cabo, "¿hoy?", me dijeron, "¿pero si mañana hay que madrugar?". Y qué más da. Tocaba y punto.

Había menos gente que hace 10 días, pero un ambientazo impresionante. La cantante, Judith Holofernes, preguntó si éramos los mismos del otro día, y la gente gritó que sí. El concierto tuvo lugar bajo un cielo azul, buena temperatura, y sin embargo, a las nueve de la noche nos pareció surrealista cuando cayeron unas gotas, unos 5 minutillos, y eso que hacía buen tiempo en realidad. Pero estamos en Hamburgo, y no había que emocionarse, pues peor fue por la tarde, unas horas antes del concierto, y hoy tenemos otra vez lluvia y aires huracanados, así que lo de ayer fue como la lotería, o un espejismo. Curioso fue ver llegar a cantidad de gente con botas de goma, y todos íbamos provistos de chubasqueros, que todos sacaron cuando cayó ese chaparroncillo, que fue poca cosa, ya que aquí estamos curados de espanto. Hasta la cantante dijo: "Pero si está lloviendo", toda incrédula; al comenzar el concierto había dicho también que se resarcirían por el trauma (eso lo dramatizo yo) tocando cinco horas seguidas... lo cual no fue el caso, por supuesto.

El concierto fue magnífico, con mejor sonido que el interrumpido, pues no hacía tanto viento, y la banda hizo repaso a sus 10 años de quehacer en la música. Canciones desde sus irrupción en el panorama de la música alemana hasta el último álbum: Bring mich nach Hause. Es un grupo que retransmite buen humor; incluso en sus canciones más pesimistas se ve un rayo de luz. Encantadora me resulta la canción Aurélie, que me divierte mucho, un estudio cultural donde los haya: va de una chica francesa que se pregunta que por qué en Alemania no liga, que en Francia los hombres comen de su mano y pierden el sentido a su paso, y aquí nada, nadie se enamora de ella. La canción le explica que "en Alemania el amor necesita tiempo", que "los alemanes ligan sutilmente...", que primero se habla y se tantea uno antes de quedar a solas, y que ella no se da cuenta de que en realidad les gusta a los hombres igual porque no le silban por la calle, y si ella silbase, ellos saldrían corriendo. Aquí menos es más, sentencia la canción, puesto que incluso los que le hablan de fútbol están interesados en ella.

Hay otras muchas canciones que me gustan, pero, por estar en mi blog, me quedo con ésta que rebosa simpatía y buen humor y que es todo un estudio sociológico de algo que quería comentar alguna vez y que hasta ahora no he atacado, y eso que es un tema muy divertido, pero peliagudo ;-). Aquí se liga de otra manera, más sutilmente, que es de la misma forma en la que se vive, deslizándonos de una tormenta a un huracán y disfrutando de conciertos al aire libre cuando nos dejan y si nos dejan.

viernes, 12 de agosto de 2011

El menú de cumpleaños o meriendas

No es que me haya roto la cabeza, pues tampoco hace falta. Qué le da una a 10 niñas de comer para celebrar un cumpleaños. Se trata de una celebración posterior, como se llaman aquí, Nachfeier, pero comer han de comer igual. Una de las invitadas es vegetariana, y ésa no comerá carne ni ningún animal, como dice siempre. Otras no comerán las ensaladas, por verdes, otras dirán que aunque les gusten, hoy no las comen. Otras dirán que les gustan más otro tipo de salchichas. A mi hija la he amenazado y le he dicho que si quiere les hago un cocido y listo, a lo que se ha tenido que reír. No lo comería ninguna, estoy segura, porque no lo conocen, simplemente.

La comida es, en el caso de los críos, algo tan cultural, como que los niños alemanes celebren sus cumpleaños con salchichas, y los españoles con choricito y jamón. El Kuchen, el pastel, no ha de faltar, y le he dicho a mi hija que si compro uno, a lo que me ha dicho escandalizada que no, que lo hace ella. Tienen que ser de fabricación casera, pues si no quedas mal, por muy exquisita o cara que sea la tarta que compres. Otra opción es escandalizarlas a todas las invitadas culturalmente y no con cocido. Bastaría servirles pan con chocolate, como lo comíamos nosotros para merendar. Aquí, para empezar, no existe el término merienda, y no se merienda jamás. La cena es más temprana, así que no hace falta, y como a veces se hacen comidas/cenas o cena/merienda, no existen. Los horarios de comer son de lo más anárquico en Alemania. Lo bueno de esto es la libertad: ¿comemos el Kuchen a las tres o las cuatro de la tarde, como se hace aquí, o primero comemos el menú y luego el pastel? Podría hacer bocadillos para todas, pero sí que me mirarían raro: unos bocadillos de chorizo de Pamplona, pan con chocolate, y otros de jamón. Me dirían "¿pero esto qué es?", y así podría introducir el término "merienda de cumpleaños", que aquí no existe, como las que se montan en España, incluso con todos de pie alrededor de la mesa.  A todo esto ahora recuerdo que jamás celebré mi cumple de niña con amigas. Pero qué poco se complicaba la gente antes... y lo bien que hacían.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Un momento alemán

Existen momentos alemanes, como existen los españoles. Uno español es que te vociferen bajo tu ventana o en el patio de tu casa, que nunca es particular, por mucho que diga la canción. En España lo particular es a menudo no frenar en nada mi entidad como ser humano, y poner la música a todo meter a la hora que me plazca, o incluso en un pueblo "tranquilo", que unos jóvenes de la casa de al lado a las tres de la mañana estén gritando "hijo de puuuuta" y me despierten con tan agradables palabras a mitad de la noche. Un momento alemán es el que me pasó a mí ayer, en mi primer día tras las vacaciones. Cita en el médico. Toso como una descosida en la sala de espera, de acuerdo, pero tratando de hacerlo hacia mi lado izquierdo, donde no había nadie sentado por ser un rincón de la sala. El señor de mi derecha, habla con su mujer cada vez que toso, y yo prefiero no afinar el oído, pues sé perfectamente lo que le dice, y no me quiero hacer mala sangre, que para eso vengo toda relajada (incluso estando enferma) de las vacaciones. En una de las toses, se levanta, y se va lejos de mí, a una silla que quedó libre, algo muy normal aquí, pues no se cortan nada. A todo esto, yo, como soy española con mucha experiencia alemana, cuando entra una pareja que al ver que no hay dos sitios juntos, se quedan de pie, yo, que tengo mi sitio al lado libre, y al lado del señor que huyó de mí hay uno libre, me levanto y les digo que se sienten en mi sitio y el de al lado. Que yo me muevo sin problema al otro libre. El señor se quedó mudo al tenerme al lado otra vez, y al borde del infarto, pues su mujer no hacía más que decirle "Tranquilo, todo irá bien".

Además de la solemnidad y del silencio de la sala de espera, donde nadie habla con nadie, la lluvia constante fuera (y ya es el tercer día de lluvia seguida, en agosto), la situación era tan típica, que esta vez hasta me reí y lucí "mi experiencia" en este país. Antes esas cosas me amargaban, pero hoy día me ponen en "modo ataque". O como una vez, en la que hablando con una amiga que vino de España a visitarme, en la cola de un bar de zumos, antes de pedirnos uno, la señora delante de nosotros se tapó los oidos y nos miró con desprecio, por no poder soportar lo alto que hablábamos. Aseguro que no chillábamos. A la gente aquí habría que meternas en urnas de cristal y exponerlos como piezas perfectas de museo.

Momentos alemanes, en los que aunque no supieras dónde estás, yo lo sabría, como otras muchas situaciones aquí y allí. Como comer tortilla de patatas o jamoncito en España, o esto hoy aquí:
Una estupenda salchicha al curry con patatas, en el lugar de Hamburgo donde más me gusta comérmela: el mercado en el barrio de al lado del mío. Para allá que me fui hoy, con toda la prole, y ni la tos lo impidió. La mejor Currywurst es la que me como siempre a la vuelta de mis vacaciones, uno de mis ritos. Por mucho que tosa una, o por mucho que llueva en pleno agosto, es una deliciosa manera de reubicarse, y no con esos otros momentos...

lunes, 20 de junio de 2011

Descalzos para todo

En el método de español con el que enseño hay una lección muy divertida que a mí me ha dado mucho juego en mis clases. Va sobre las diferencias culturales, esas situaciones en las que actúas como tú estás acostumbrado pero que en otro país está fuera de contexto y lugar. Yo vivo esas situaciones día a día, y no por ello me dejan de llamar la atención. Una de ellas era una imagen en la que alguien entra en una casa y hace el ademán de quitarse los zapatos y la dueña le dice que no hace falta. Parecerá rara la situación, pero no lo es. La situación se puede dar con diversas lecturas, dependiendo de quiénes la realicen. Es muy normal quitarte los zapatos nada más entrar en una casa alemana, y si llegas y te los quitas, ningún alemán te dirá que no hace falta, pues es lo que se espera. Tabú es entrar con zapatos a cualquier suelo que no sea de baldosa y más aún adentrarte en la casa con los zapatos puestos. Si la situación se da entre un alemán y un español, ante el ademán del que entra en tu casa y se quiere quitar los zapatos, tú, si eres español, le dices que no, que se los puede dejar puestos, como la de la imagen del libro. Ésa soy yo muchas veces, que considera desnudar a la gente el esperar de ellos que se los quiten. Muchas veces me he sentido yo desnuda yendo bien arregladita y llegar a una casa y tener que descalzarme. Además de arruinarte cualquier modelito, es dejarte, en mi opinión, demasiado expuesta. Hay casas en las que tienen zapatillas para las visitas, o en las que te dan unos calcetines de lana gordos para que no se te enfríen los pies, y se quedan tan anchos. El modelito da igual. Este lado japonés de los alemanes está tan extendido, que es muy raro ver a la gente en zapatillas de estar en casa, pues prefieren ir descalzos. Y los críos crecen así. Yo hace años que dejé de comprar zapatillas de estar en casa, pues se quedaban pequeñas sin haberlas usado.

Ayer volví a pensar en todas estas cosas mientras veía a mis hijas actuar en calcetines. De 11 niñas que tocaron en el concierto en el que participaron, solamente dos se quedaron con su calzado puesto; las demás tocaron todas en calcetines. Para mí esto le quita el toque serio al asunto. Por supuesto que en la ópera o en la sala de conciertos los músicos van calzados, pero por muy infantil que sea el concierto, y en casa de la profesora, debería ser posible guardar ese toquecito final que dan los zapatos a cualquier artista, pues no es lo mismo ver a 10 violinistas y una violonchelista en calcetines, que me perdonen. Incluso la mayor del grupo, una chica de 18 años que iba con medias finas y una falda corta, tocó descalza.

Pero entre el público había además una señora cargada de 4 hijos bastante pequeños, que iba descalza y ni siquiera con calcetines o medias y que en el posterior café y tarta se movía con toda confianza por la casa con sus pies descalzos.

Por supuesto que hay momentos en los que yo le veo la lógica a descalzarse: aquí hay días que diluvia tanto o que los montones de nieve hacen que entres en las casas con los zapatos llenos de pegotes de hielo y no es plan de arruinarle el parqué a la gente o las moquetas que todavía muchos tienen. Esos son los días en los que yo agradezco que los que entran a mi casa se los quiten. Pero de ahí a dar un concierto clásico en calcetines va una gran diferencia y si el concierto hubiese sido en mi casa yo hubiese dicho "sí, si hace falta llevarlos".