Crecer en España es un buen entrenamiento para la vida, créanme. Nos hace más tolerantes, y no tan tiquismiquis con muchas cosas cotidianas. Que el vecino hace fiesta, nos quedamos tan panchos, sin que nos moleste nada, ni se tenga que sentir mal el susodicho, y menos cuando lo que organiza es una fiesta como las de aquí, prácticamente silenciosas.
Mi vecina de arriba puso ayer un papel en la escalera anunciando que hoy celebraría su cumpleaños, algo que se se suele hacer cuando se hace una fiesta en un piso. Tocó incluso el timbre de mi casa y le dijo a mi hija que tratarían de no meter ruido, y que si fuese muy alto todo, que podríamos subir y darles un toque.
Hoy la vi y la tranquilicé. Y efectivamente, no está siendo para nada la cosa. He oido algunas risas a través de los muros de la casa, alguna voz en la escalera al llegar los invitados, la puerta quizá, que se abre más de lo acostumbrado. Ahora mismo baja alguno que se irá... Pero tampoco son las cinco de la mañana.
Triste que en Alemania haya que avisar tanto de lo que se avecina, cuando siempre pienso que es más la que lías previniendo, que la que se organiza en sí por la fiesta. Pero es la idiosincrasia de la cultura alemana. Todo el mundo tiene asumido que no es normal meter ruido a partir de las ocho de la tarde, como tampoco puedes taladrar, ni clavar clavos, ni hacer nada que moleste a los demás, acústicamente hablando.
Si pienso en los jolgorios familiares que montamos en España cualquier tarde, o domingo, o en un cumpleaños cualquiera, sin avisar, y nadie protesta, me parece que se vive mucho más relajado allí que con tanto control social aquí. Por otra parte en España vale todo a veces, y si alguno se pasa y algún vecino le dice que tiene que levantarse a las seis para ir a trabajar, muchos se reirán de él.
Ay los extremos. Qué poco me gustan, ni unos ni otros. Con lo fácil que sería si todos llevásemos puesto un dispositivo de civismo de lo que es normal, sin pecar de estruendo, ni de chafarte la fiesta mandando hablar bajo a tus invitados.
Por eso no voy a celebrar ya nada gordo en mi casa. Para qué. Pero le voy a decir a la vecina en cuanto la vea, que no les he oido ni cantar el "feliz cumpleaños", ni tampoco música ni nada. Vaya guateque. Mis hijas se han dormido como si tal cosa, y eso que la fiesta era justo arriba de las habitaciones. La próxima vez que ponga carteles más grandes aún en la escalera y que avise con más días de antelación. Para que sea más sonado aún.
jueves, 20 de febrero de 2014
martes, 18 de febrero de 2014
Sobre la palabra amar
Pasó San Valentín. No es un día que me importe por lo que significa sino por otras cosas, entre ellas el lenguaje. Me llama la atención en mis clases de español la confusión que les producen nuestros términos para expresar amor o afinidad a algo. Creo que se les quedan cortos. A ver, nosotros decimos que algo nos gusta; si nos gusta mucho mucho, que nos encanta, y si nos apasiona, diremos quizá que lo amamos. En alemán algo te puede gustar (gefallen, mögen), pero si te gusta mucho muchísimo, directamente lo amas (lieben). Puedes decir que "amas la paella" (que en realidad significa que te encanta), o que amas a tus hijos, y eso sí que es amor. Antes explicaba en clase que nosotros, si decimos "te quiero", estamos ya en el top de sentimientos. Por supuesto que podemos decir "te amo", les expliqué, pero eso nos suena a algo más cursi y nos lo reservamos para las películas tipo "Lo que el viento se llevó", y "Romeo y Julieta". Claro que "amamos" también, por ejemplo la música y las artes, y entonces queremos decir que estamos sentimos con el corazón con ellas, o amamos la tierra que nos vio nacer, o el aire que respiramos. Pero decirle a alguien "te amo", o menos aún decir que "amo nadar" nos suena a demasiado.
Me resulta curioso toparme con tanto carácter nuestro en la lengua. Precisamente los alemanes, que parecen más distanciados de todo, son los que "aman" tanto y nosotros nos conformamos con "querer". Para el caso es lo mismo, efectivamente, pero es que ellos no se lo acaban de creer. También tenemos el verbo "adorar", para amar, pero nuestro favorito sigue siendo un simple "Te quiero". Por qué decir más cuando con lo simple el mensaje llega igual, clarito, sencillo, y el resto de cosas nos encantan, pues el amor también es un proceso de encantamiento y embrujo, mismamente si es por la tortilla de patata o los churros.
Me resulta curioso toparme con tanto carácter nuestro en la lengua. Precisamente los alemanes, que parecen más distanciados de todo, son los que "aman" tanto y nosotros nos conformamos con "querer". Para el caso es lo mismo, efectivamente, pero es que ellos no se lo acaban de creer. También tenemos el verbo "adorar", para amar, pero nuestro favorito sigue siendo un simple "Te quiero". Por qué decir más cuando con lo simple el mensaje llega igual, clarito, sencillo, y el resto de cosas nos encantan, pues el amor también es un proceso de encantamiento y embrujo, mismamente si es por la tortilla de patata o los churros.
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miércoles, 12 de febrero de 2014
Las consecuencias de los impulsos
Cuando pasan los días sin que haya escrito ni una línea, pienso, como ya he comentado en alguna ocasión, en las entradas no escritas. Me siento como si se me perdiesen las ideas por el camino, pues las tengo, las hilo en la cabeza, pero ahí se quedan. Y como una de ellas sigue ahí todavía, la tengo que sacar, pues se trata de algo que no se puede olvidar fácilmente.
Aunque haya ocurrido hace una semana, es un hecho horrendo que ocurrió en Hamburgo la semana pasada, y no me quiero quedar sin contarlo. A comienzos de semana nos despertamos con la noticia de que una madre y sus dos hijos murieron por un incendio en su casa. Los niños tenían 6 y 7 años, y la madre 33. El padre no se encontraba en casa. Al ser una familia paquistaní, enseguida se pensó que era un ataque contra extranjeros como los que por desgracia han ocurrido en alguna ocasión en Alemania. Sin embargo, el viernes supimos que fue un niño de 13 años el que lo provocó. No puedo describir el estupor que sentí al leer la noticia y el escalofrío que me recorrió el cuerpo.
Para más inri el chico trabajaba de voluntario con los bomberos, algo muy común en Alemania. Además del cuerpo profesional, en Alemania existen en muchos barrios grupos de bomberos voluntarios, de adultos, y es muy normal que muchos chavales dediquen su tiempo libre a estos grupos. El chico ya ha confesado haber provocado el fuego, aunque dice que su intención no fue matar a nadie: simplemente siguió un impulso de prender fuego a unos papeles y los metió en un portal, pero el fuego se propagó rápidamte a los cables, y toda la casa ardió demasiado rápido. Hubo varios heridos.
Parece un mundo de locos en el que un chico de 13 años haga algo así y acabe con la vida de tres personas. Ahora está en la psiquiatría y como es menor los médicos pretenden hacerle salir del trauma sin que le quede sentimiento de culpa de por vida. Yo pienso que puede y debe quedarle esa culpa, pues con 13 años no se puede jugar con fuego y menos alguien que en su tiempo libre juega a apagar fuegos o por lo menos a comprender la fuerza de los mismos. En casos así pienso en los padres también. Yo no quiero vivir como madre una cosa así. Por supuesto que no podemos evitar lo que hagan nuestros hijos cuando no estamos con ellos, pero a muchos chavales de hoy día no les inculcan ningún tipo de responsabilidad frente a sus actos. Puede que actuase por un impulso, como dice, pero precisamente educar es frenar muchos impulsos, desde que nacen hasta que crecen. No es fácil, yo soy la primera que lo firma. Pero no tomemos la vía cómoda y no produzcamos egocéntricos que actúen a todas horas siguiendo sus impulsos.
Aunque haya ocurrido hace una semana, es un hecho horrendo que ocurrió en Hamburgo la semana pasada, y no me quiero quedar sin contarlo. A comienzos de semana nos despertamos con la noticia de que una madre y sus dos hijos murieron por un incendio en su casa. Los niños tenían 6 y 7 años, y la madre 33. El padre no se encontraba en casa. Al ser una familia paquistaní, enseguida se pensó que era un ataque contra extranjeros como los que por desgracia han ocurrido en alguna ocasión en Alemania. Sin embargo, el viernes supimos que fue un niño de 13 años el que lo provocó. No puedo describir el estupor que sentí al leer la noticia y el escalofrío que me recorrió el cuerpo.
Para más inri el chico trabajaba de voluntario con los bomberos, algo muy común en Alemania. Además del cuerpo profesional, en Alemania existen en muchos barrios grupos de bomberos voluntarios, de adultos, y es muy normal que muchos chavales dediquen su tiempo libre a estos grupos. El chico ya ha confesado haber provocado el fuego, aunque dice que su intención no fue matar a nadie: simplemente siguió un impulso de prender fuego a unos papeles y los metió en un portal, pero el fuego se propagó rápidamte a los cables, y toda la casa ardió demasiado rápido. Hubo varios heridos.
Parece un mundo de locos en el que un chico de 13 años haga algo así y acabe con la vida de tres personas. Ahora está en la psiquiatría y como es menor los médicos pretenden hacerle salir del trauma sin que le quede sentimiento de culpa de por vida. Yo pienso que puede y debe quedarle esa culpa, pues con 13 años no se puede jugar con fuego y menos alguien que en su tiempo libre juega a apagar fuegos o por lo menos a comprender la fuerza de los mismos. En casos así pienso en los padres también. Yo no quiero vivir como madre una cosa así. Por supuesto que no podemos evitar lo que hagan nuestros hijos cuando no estamos con ellos, pero a muchos chavales de hoy día no les inculcan ningún tipo de responsabilidad frente a sus actos. Puede que actuase por un impulso, como dice, pero precisamente educar es frenar muchos impulsos, desde que nacen hasta que crecen. No es fácil, yo soy la primera que lo firma. Pero no tomemos la vía cómoda y no produzcamos egocéntricos que actúen a todas horas siguiendo sus impulsos.
domingo, 9 de febrero de 2014
¡Sorpresa!
España sigue siendo para los alemanes el destino número uno en el extranjero para sus vacaciones. Esto lo han confirmado cifras oficiales esta semana. La mayoría pasa sus vacaciones en la propia Alemania, pero de salir al extranjero, a España no la desbanca ni Italia, ni Turquía ni otro destino con sol. Eso deberíamos apreciarlo y aseguro, como he hecho otras veces, qque no solo van los turistas que solo quieren sol y emborracharse, sino que hay mucho interés por conocer otras regiones.
Por eso cuidemos nuestro patrimonio y todo lo bueno que tenemos, pues lo malo ya es conocido.
La imputación de la infanta es ya un éxito, y un lavado de imagen también hacia el exterior. Si acabase entre rejas más aún. A mí, como a la mayoría me da rabia que siga diciendo que "no sabía nada". También me subleva que los miembros de la corona hayan tenido a los medios de comunicación tan manipulados y controlados durante tantos años, y que hayan vendido una imagen tan falsa dentro y fuera del país. Por eso, la declaración ante el juez era más que necesaria para mostrar que por todo lo mucho que ha pasado en los últimos años, la sociedad española ha cambiado y mucho. No queremos representantes que siguen actuando como si de un sistema feudal se tratara y mientras no den pasos más claros aún, la desconfianza de la ciudadanía no va a mejorar nada, sino todo lo contrario. Debería abolirse la monarquía como sistema absurdo y fuera de contexto en el mundo actual. No entiendo por qué si las bodas de esa gente fue retransmitida con todo lujo de detalles, ahora muestran tan poca transparencia para algo que es más importante, pues ya no se trata de su vida privada, sino de la apropiación indebida de dinero público, y de aprovechamiento de su posición para creerse impune a todo. Ese es ya un grave delito, en mi opinión, y algo con lo que hay que acabar para siempre.
Los alemanes segurirán eligiendo España como su país favorito, salga lo que salga de la imputación, pues el sol, nuestras playas y nuestro patrimonio artístico no nos lo pueden robar los chorizos de turno, pero está en juego muchísimo. Hemos pasado de estar en estado de gracia a ser un país con muy mala imagen en cuanto a sus gobernantes y a sus representantes, los votados y los que no. Y aunque no nos creamos que la infanta va a acabar en la cárcel, es lo que deseamos como muestra de que la justicia es igual para todos; y vamos, que ni en el extranjero se lo creerían... Ojalá les demos una sorpresa. Vendrán más aún entonces si cabe.
martes, 4 de febrero de 2014
Paren que me bajo
Supongo que no seré la única a la que de vez en cuando le gustaría apostatar de la humanidad. Gritar "paren que me bajo". Entre la reforma judicial que quiere aplicar el PP a la manera que tienen de quitar derechos por que sí, sin debate previo, y que deja demasiadas lagunas para la impunidad, por no hablar de la ley del aborto, de la que no se quiere apear Gallardón, o porque ahora de repente la casa Real pretenda ser transparente fijando sueldos a sus "representantes, o dando a conocer gastos de más de cien mil euros en la remodelación de la página web de la corona o de 165.000 por las tres hospitalizaciones del Rey.
Sigo pensando que la gente se comporta de acuerdo al linaje que le da su estirpe. No se trata de tener ni títulos ni poder, ni de ser un ministro, ni un millonario, sino de la ética personal y social de cada uno. Las personas son o actúan correctamente si se desligan de sus intereses propios. O como me decía antes mi hija cuando he vuelto a las tantas de trabajar tras un día que mejor olvidar, ella metidita en su cama, que su frase favorita es que no hay que tomar el camino más fácil sino el mejor, y mejor en el sentido de correcto para los demás. Con sus 10 años me contaba del abuelo de una compañera suya de clase, que se salvó luchando en la guerra pero no de que le delataran sus vecinos. Mi hija me decía con su lógica que tampoco en una época así era necesario ponerse en peligro sabiendo que tenías las de perder, que entendía que la gente lo hiciese tanto que no. Pero lo que no entiende es que hubiese gente que delatase a otros ni por qué beneficio personal.
Y esto se da en todos los niveles, simplemente con la educación o civismo de la gente. Cada vez nos gusta exigir más pero sin reconocer el trabajo de los demás; los que más demandan son los que no tienen ningún decoro en dejarte tirado a la primera. Falta coraje para exigir pero a la vez compremeterse uno a algo poniendo de nuestra parte. Ayer participé en una visita guiada en una casa Art Nouveau en Bruselas. La señora mayor que hizo la visita explicó todo con el cariño del que ama su trabajo y lo que está mostrando a todo el que lo quiera ver. La visita se prolongaba pero era tan interesante todo lo que decía que mereció la pena desde el comienzo hasta el final. Y de los participantes, la señora que más interrumpía y mas tonterías decía fue la que se largó antes de que terminase la guía y sin despedirse de ella ni darle las gracias. Falta el respeto en todos los niveles, al trabajo individual de la gente y al de todos como colectivo. Se trata de llego, consumo y me voy. Cuando yo quiera, como yo quiera y sin importarme quién en mi camino.
viernes, 31 de enero de 2014
Qué práctico todo
La ventaja de estar a 5 grados bajo cero es que te parece que cuando hacía 10 bajo cero, como el sábado pasado, era mucho peor. También que cuando suban las temperaturas a un grado o dos sobre cero, me parecerá que no hace nada de frío. En temporadas así no me apetece nada salir a la calle y entro en mi letargo invernal. Por suerte o por desgracia mis tareas me hacen salir de casa más de lo que quisiera, pero es que hay que hacer como si estar a bajo cero fuese lo norma en inviernol. Yo me cubro más aún de capas de ropa, cual cebolla y a soñar mientras tanto con días suaves y soleados, pues aquí somos modestos en cuanto a pedirle mucho a las temperaturas.
No entiendo por qué en Alemania, si no tienen días así, les parece que no ha habido invierno. Es como lo que tenemos los españoles con el verano, que si no hace calor de verdad y estamos, por ejemplo, a 28 grados, nos parece que no es un verano normal. Yo estos días estoy conduciendo con guantes y el gorro no me lo quito. Hace poco leí un comentario de alguien que decía que por vivir en el Mediterraneo no puede ponerse gorros de lana en invierno, con lo que le gustan... Mujer, visto así, yo tengo ya unos cuantos, para combinar colores y estilos, para darle color al cielo gris y el blanquecino del hielo y la nieve. Debe ser un lujo poderme ponérmelos todos, sí, pero lo malo es que yo no me había dado cuenta. Y desde que he descubierto esos guantes de lana que van sin dedos, ya no me los quito en cuanto salgo a la calle. Otra prenda que no necesitan otros en otras latitudes.
Lo malo de todo esto es que hasta que sale uno de casa con todo lo que hay que ponerse, se tarda. Luego, con tanta ropa va uno acartonado y yo en estas circunstancias pierdo cosas, se me caen y voy en plan torpe por la calle pensando en lo fácil que es plantarse ropa ligera, unas gafas de sol y hala... Pero es lo que toca, dicen muchos. Así que yo miro el calendario, y por suerte termina enero, que no es que lo odie pero es un mes muy soso. Al menos febrero con lo de los 28 días tiene su gracia, y marzo, aunque aquí se hace pesado por la sensación de estar rozando la primavera pero siguiendo todavía en el invierno, me llena de emoción. Yo el otro día sucumbí, y eso tras 24 años en Alemania y me compré un anorak de esos con los que efectivamente no se pasa frío. Importado de Escandinavia, me está resultando maravilloso estos días. Si no me lo compré antes es porque soy una agarrada para pagar por prendas que son solo funcionales pero para nada mi estilo, pero es que tras 24 años aquí he terminado por darme cuenta de que el estilo es algo secudario con estas temperaturas y ante ese viento que te corta en dos. La alternativa es salir aún menos a la calle.
domingo, 26 de enero de 2014
El camino a ninguna parte
Ayer vi una película que me gustó mucho, Hannas Reise, "El viaje de Hanna". Va de una chica berlinesa que quiere un trabajo, pero que para ganar frente a la competencia de otros candidatos al puesto, quiere ofrecer algo especial. Se va a hacer unas prácticas a Israel, a trabajar en un centro de minusválidos. Como ella dice, trabajar con judíos y encima minusválidos, solo puede ser beneficioso para su currículum. Además su madre trabaja en un proyecto alemán en Israel, con supervivientes del Holocausto, y prácticamente va obligada por las circunstancias.
Hanna se va a Tel Aviv y comienza su trabajo. Chica fina que es, tiene problemas con sus caóticos compañeros de piso. Choca desde el comienzo por los prejuicios contra los alemanes por su pasado. El humor es en algunos comentarios de los israelíes muy negro y agudo, y ella lucha contra que traten de hacerla sentir culpable por las barbaries cometidas por los alemanes. Ella dice que nació en 1986 y que no tiene nada que ver con el pasado alemán.
Pero "su" superviviente del Holocausto, como ella la llama, le cuenta de su madre, con la que Hanna no se lleva nada bien. La madre estuvo muy ausente cuando Hanna era pequeña, pues andaba por el mundo (Cuba, Nicaragua...) solucionando conflictos. También estuvo en Israel trabajando, como Hanna ahora.
Y a raíz de un apellido, Hirsch, que le menciona la superviviente que le ha sido asignada, Hanna conoce el secreto de su madre, y lo que le hizo rebelarse contra su mundo. La familia judía Hirsch regentaba una relojería en Heidelberg, cuando vinieron a por ellos. Los padres de Hanna se quedaron con su piso y sus cosas. Cuando la hija se enteró, se fue. Por eso desde entonces trabaja en proyectos y guerras para redimirse a ella y quizá a sus padres y a todos los que acataron y callaron, e incluso se beneficiaron.
Me gustó mucho la ironía fina de la película con todos: con los que quieren redimirse o sacar provecho del pasado; con los que seguirán toda su vida recordando que fueron víctimas, sin haberlo vivido ellos mismos; con los judíos alemanes que siguen echando de menos la tierra que abandonaron y que saben que con ellos acaba un eslabón.
Y al final, cuando sale a relucir que ella está en Israel por querer ensalzar su currículum aderezándolo con una buena labor de conciencia histórica, se avergüenza porque en esa estancia se ha conocido a sí misma, a su madre, y su pasado.
Les recomendaría la película si supiera que la van a echar en España, pero me temo que no llegará. Pero la idea es para reflexionar. A mí una vez chica mexicana me echó en cara los crímenes de los españoles de hace 500 años. Lo de los alemanes está mucho más reciente, y tanto ni unos crímenes ni los otros se deben olvidar. Lo malo es que las verdaderas víctimas son las que llevan el pasado con dignidad y que muchas veces son los que no lo han vivido los que alimentan el odio. Algo así ocurre con la aversión que sienten los holandeses por los alemanes, y a veces muchos sorprendente jóvenes los que hablan con mucho desprecio de los alemanes. Nadie va a redimir crímenes contra la humanidad, pero juzgar y atacar a los que no tienen la culpa tampoco lleva a ninguna parte.
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