Estos robos se dieron, esas intromisiones en las casas de los famosos, que son tan descabezados como los jóvenes, pues anuncian a bombo y platillo en las redes sociales que no están en casa por acudir a tal y cual fiesta, y hoy día es fácil averiguar direcciones y ver en Google Earth los accesos a la casas. Como al final de lo que se trata es de la fama, los chavales cuelgan fotos en las redes sociales con los bolsos o las prendas robadas, y eso, junto con los videos de seguridad de las casas, llevó a la cárcel a algunos de ellos.
En la película, salvo el chaval, las chicas no asumen su culpa y piensan que no han hecho nada malo. No sé cómo sería en los casos verdaderos, pero todo esto me recuerda a Urdangarín y la Infanta. ¿Por qué los que más tienen son los que más roban? E individuos así encima al conocerse sus delitos hablan de que probarán su inocencia. La infanta estaba al 50% como socia de su marido en Aizoón y gastó muchos de los beneficios en asuntos privados. Y ha pretendido no saber. Todos sabemos el dinero que tenemos a disposición cada mes, y ella nunca frenó a su marido al ver que las cuentas engordaban desmesuradamente.
Tampoco esos padres tan consternados en las película cuando pillan a sus hijos se preguntan qué hacían sus hijos ni de dónde salían esas piezas tan caras. Es más fácil no ver nada, y seguir sintiéndose tan guay. Mi hija contaba hoy que hace poco en el metro presenció una cosa que la llenó de tristeza: un chico joven, de unos 30 años, entró en el vagón y pidió algo de comer porque tenía mucha hambre (y eso en el rico Hamburgo). Una señora le dio una naranja de las que llevaba y se disculpó de no llevar nada más. El chico se la comió muy agradecido.
Aunque no les importe nada, a todos esos chorizos que roban sin necesitarlo, debería avergonzarles haber perdido toda la noción de la realidad. Pero con la vergüenza no se hace uno rico, eso está claro.







